Malos augurios

Vampirates

Como esta noche celebramos Halloween, he decidido regalaros un nuevo relato. Esta vez, me he permitido el capricho de homenajear a Lovecraft. ¡¡Espero que os guste!!

 

La singladura había comenzado con los augurios más funestos. Por un lado, al firmar el contrato, la punta de la pluma se había quebrado contra el papel, dejando un feo roto y un manchurrón de tinta negra como la pez.

Además, la noche anterior los cielos se habían cubierto de densos nubarrones grises preñados de lluvia que aún en aquella mañana de lunes dejaban caer gruesos goterones en los tablones de cubierta mientras los truenos restallaban en lo alto de la oscura bóveda celeste.

Mientras zarpaban, Derrick pudo escuchar repicar las campanas de una iglesia. Era un sonido solemne, funesto. Tocaban a muerto. Y, sin embargo, el ansia por hallar un inusitado tesoro, las promesas de fama y riquezas, habían calado más profundamente en su alma que la suave vocecita en su interior que le instaba a abandonar, a bajarse de aquel barco que le conducía hacia algún desastre y regresar a la cálida y humilde casita en la que vivía junto a su esposa.

Aquello había pasado hacía casi una semana, durante la cual el mal tiempo y la marejada habían sido sus sombríos compañeros. Todo por buscar aquel maldito pecio.

En ese momento, Derrick se encontraba en proa, alumbrando con su fanal las oscuras aguas que se batían contra el casco de su nave y que parecían penetrar en el esqueleto, cubierto de algas y conchas, del barco abandonado. Las cuadernas descompuestas se alzaban hacia el cielo como el costillar de un cadáver, incrustadas casi contra el gran arrecife en el cual había encallado, largo tiempo atrás. A la vista de los restos, la funesta sensación de un desastre inminente se hacía aún mayor.

—¡Señor Derrick! —llamó el capitán desde el puente de mando—. ¡Es hora de bajar, muchacho!

—Sí, señor Kutter —respondió. Aunque al volver a mirar hacia el pecio, un escalofrío le recorrió la espalda, dejándole una inquietud que se clavó con agujas de hielo a la boca de su estómago.

Se encaminó hacia la escala de babor manteniendo la lámpara en alto y descendió despacio hasta la pequeña barca, a bordo de la cual le aguardaban cuatro marineros de adusto aspecto. La lluvia dificultaba la visión, les calaba hasta los huesos y chorreaba por sus cabellos y sus rostros de mejillas hirsutas. En la tormentosa penumbra sus ojos se habían convertido en brillantes pozos negros que se clavaban en algún punto indefinido frente a ellos. Contemplándoles a la mortecina luz de la bujía, parecían siniestros carontes que le condujeran, a través del negro río, hacia las profundidades mismas del terrible Tártaro.

A medida que bogaban, los restos del pecio medio hundido fueron haciéndose más y más grandes.

Detuvieron la barca junto a un enorme agujero abierto en la cuaderna maestra del lado de estribor. Derrick se encaramó con esfuerzo, apoyando las manos en las podridas maderas, y sintió cómo agudas astillas se clavaban en la curtida piel de sus manos. Una vez hubo conseguido una postura más o menos estable en el borde de la abertura, se inclinó para recoger la linterna de la barca y trató de alumbrar el vientre del buque encallado, pero la diminuta llama tan solo le devolvió un gran pozo de sombras que a duras penas se retiraban, huidizas, devolviendo tinieblas aún más densas que las anteriores. Estaba claro que tendría que entrar en aquel siniestro abismo si quería ver el contenido de la bodega de carga.

Se sentó a horcajadas en la madera y tentó con el pie, buscando algún asidero cuando, inesperadamente, su bota resbaló sobre algún resto de légamo, haciéndole perder el equilibrio. En su caída, soltó la linterna, que rodó por el fondo, alejándose de él e iluminando a su paso incontables restos de cajas y barriles de todo tipo mientras arrojaba sobre las paredes fantasmales sombras danzantes.

La bodega del buque estaba llena de un agua cenagosa que apestaba a descomposición. Derrick chapoteó ligeramente, buscando un asidero o una zona menos resbaladiza mientras se acercaba con los brazos extendidos para mantener el precario equilibrio, tambaleándose como un borracho, hacia su lámpara. Escuchó distante, ahogada  por el fragor de las olas que castigaban el casco, la voz del capitán y supuso que los marineros de la barca acudirían en cualquier momento a su encuentro. Aún así, alzó la bujía frente a su rostro y recorrió con la mirada el insólito cargamento. Algunas de las cajas se habían roto, posiblemente durante el naufragio, y yacían diseminadas por toda la bodega, cuyos límites no puedo discernir. De entre los astillados listones, por doquier, llegaba el amarillo relumbrar del oro. Con la respiración entrecortada, el señor Derrick se acercó a la caja que tenía más cerca, metió la mano dentro y sacó un puñado de cadenas, anillos, monedas… tan solo ese pequeño montón contenía ya riquezas suficientes como para vivir el resto de sus días junto a su bella esposa, felices y despreocupados.

Con gesto ansioso ocultó entre sus ropas aquel modesto tesoro y continuó caminando, comprobando el lujoso cargamento.

De pronto, el sonido de un roce le sobresaltó. Apuntó con la lámpara hacia la zona en tinieblas de la cual provenía el misterioso ruido. Por un momento pensó que quizás alguno de los marineros había bajado por la abertura del casco, pero sin duda entonces habría escuchado el chapoteo de sus pies en el légamo del fondo. Una vez más, escuchó el extraño ruido, como si algo se arrastrara por el suelo inundado. El sonido llegaba desde detrás de unas cajas, unos metros más allá de donde él se encontraba. Estremecido, se dio cuenta de que no estaba solo en el podrido vientre del pecio.

Con el cuerpo tenso por el temor, echó mano al cinto y, de su interior, sacó el cuchillo que siempre llevaba consigo. Luego, se aproximó lo más silenciosamente que pudo, sin percatarse de que la misma luz que portaba le delataría a lo que fuera que se ocultaba en la penumbra de la bodega. Al llegar junto a las cajas, se asomó ligeramente por encima del borde. Ajena a él, en el suelo agazapada, sentada sobre las cuadernas inundadas, había una pequeña silueta cubierta con lo que parecía un vestido infantil, de un extraño color que alguna vez pudo haber sido blanco, del que colgaban unos lazos oscurecidos de moho, deshilachados. El cabello de aquella niña era largo, níveo, aunque amarilleaba en algunas zonas, y tan escaso que dejaba al descubierto partes del cuero cabelludo manchado de verrugas, costras y heridas sin cicatrizar.

Derrick contuvo su repugnancia y se acercó a la pequeña figura. ¿Cómo podía haber una niña en aquel lugar? El barco sin duda llevaba años encallado en el gran arrecife, muy lejos de la costa, lejos de cualquier lugar que no fuera el mismo infierno. Escuchó un sonido líquido, como si la pálida figura estuviera masticando algo.

En un fugaz instante, ella pareció percibir su presencia y se volvió, rápida como un animal salvaje, clavando en sus ojos sus pupilas súbitamente fulgurantes como las de un gato.

Derrick se echó hacia atrás, perdió el equilibrio y cayó al suelo sin dejar de mirar a aquello que se acercaba a él, con la cabeza ladeada, masticando con unas encías purulentas un trozo de carne sanguinolento de lo que debía ser un roedor. A pesar de su pequeña estatura, aquello no era una niña. Su piel estaba arrugada, era pálida y casi translúcida, como el vientre de un pescado. Sus ojos, prácticamente ciegos a la luz, parecían en ese momento cubiertos por una película lechosa y sus dedos eran como garras, largos, delgados, de uñas quebradas y sucias.

Derrick se incorporó raudo y la mujer se detuvo a un par de metros frente a él.

–¿Está bien, señora?– preguntó, retrocediendo un paso–. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Está usted sola?

La mujer ladeó aún más la cabeza, observándole como si no comprendiera sus palabras mientras movía los dedos grotescamente ante sí. Derrick lanzó una rápida ojeada hacia la abertura del casco. Quedaba lo suficientemente alejada y elevada del suelo como para no ofrecer una buena vía de escape, y no parecía que ninguno de sus compañeros hubiera intentado seguirle.

–La ciudad se alzará de los abismos, la ciudad se alzará de los abismos, la ciudad se alzará de los abismos, la ciudad se alzará de los abismos…

Derrick miró a la mujer, que parecía repetir una salmodia en susurros, con su voz quebrada y chirriante, mientras le observaba con aquellos ojos lechosos, moviendo la cabeza como un ave de rapiña.

– ¿Cómo… cómo dice?

–La ciudad se alzará de los abismos, la ciudad se alzará de los abismos, la ciudad se alzará de los abismos, la ciudad se alzará de los abismos… ¡La ciudad se alzará de los abismos!

Con un alarido, la mujer se lanzó sobre él. Derrick, que se encontraba completamente aterrado y con los músculos en tensión, se apartó de un salto y corrió hacia delante. Escuchó un chapoteo tras él y supo que la mujer le seguía muy de cerca. Alzó la lámpara, sin detenerse, y buscó con la mirada una salida que no fuera la elevada grieta del casco. Encontró entonces una puerta. Supuso que sería la salida de la bodega, así que se arrojó con fuerza, golpeándola con el hombro. Sintió un dolor centelleante pero la madera, podrida por la humedad, cedió dejándole salir. Una vaharada a algas podridas y a moho le inundó las fosas nasales, produciéndole una leve arcada, sin embargo no se detuvo. Encontró unas escaleras que ascendían a cubierta y las subió a zancadas, de tres en tres, apoyando una mano en la áspera barandilla para darse impulso. Salió al exterior y recorrió el buque apresuradamente, buscando con la mirada la barca donde le aguardaba la tripulación de la Kharon. El silencio reinante, roto tan solo por el ruido del oleaje y la lluvia, le indicó que la anciana, sin duda agotada, había interrumpido su carrera. Oteó la penumbra sin encontrar rastro alguno de ella.

De nuevo se asomó por la baranda de estribor, buscando a sus compañeros, que sin duda estarían aguardándolo, temerosos de su suerte. Un rayo hendió los grises nubarrones y allí, bajo él, Derrick pudo ver la barca. Los marineros yacían en el fondo de la misma, con las ropas destrozadas y la carne desgarrada, cubiertos de sangre, observándolo con los ojos vacíos propios de los muertos, las bocas abiertas en silenciosos gritos. El capitán aún vivía y volvió ligeramente el rostro, pálido como la cera de una vela, en el que resaltaba todavía más el líquido carmesí. Casi sin fuerzas, alzó una mano yerta para señalarle algo… algo que estaba justo detrás de él.

Derrick se volvió en el momento justo en el que la mujer empujaba su cuchillo, clavándoselo en el estómago, sin prisa, sin dejar de mirarle a los ojos con sus pupilas lechosas, sonriendo dulcemente, ladeando la cabeza como una siniestra ave de presa. Derrick se estremeció al sentir el gélido filo del arma penetrando en sus entrañas. El dolor punzante le recorrió el vientre, atenazándole los nervios de la espalda. Perdió el aliento y un chorro de sangre caliente brotó de la herida, empapándole las manos mientras la mujer retorcía el cuchillo, ese mismo cuchillo que él había perdido en su carrera, mientras canturreaba, con una siniestra voz infantil:

–La ciudad se alzará de los abismos… En la Ciudad de R´lyeh… el difunto… espera soñando…

Derrick cayó al suelo, sujetándose el estómago desgarrado. Ella se arrodilló a su lado, empapó sus dedos con la sangre aún caliente que los tablones de madera bebían ávidamente, y dibujó sobre ellos una extraña filigrana.

–Sangre inocente…­ –dijo ella, sonriendo distraída–. Sangre para el que ha de despertar…

Aún Derrick pudo vivir lo suficiente como para ver el océano convulsionándose, agitándose, abriéndose para dar paso a una extraña construcción que no parecía hecha por mano humana. Luego, un horror viscoso, los ojos amarillentos, la maldad… y al final, la ardiente oscuridad.

¡¡Feliz Halloween 2013!!

12 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Diego Gutiérrez dice:

    Estimada Victoria, acabo de leer tu relato y vaya que lo disfruté. Si bien me recordó a Lovecraft, creo que puedo apreciar “tu sello” en él. Me alegra mucho haber dado con este espacio, creo que eres una escritora muy talentosa y una gran inspiración. Un saludo y espero que nos sigas deleitando con más de tus obras.

    1. Me alegro mucho de que te haya gustado, Diego. Un escritor no es nada sin sus lectores, y saber que me seguís y que disfrutáis con mis historias me hace realmente feliz.

      Un besote🙂

  2. Llego tarde pero llego. Y he disfrutado… ¿Disfrutado he dicho? Si me has hecho pasar un miedito… Me ha gustado mucho la historia y la ambientación, que está perfecta. Me has hecho sentir completamente la historia.
    Besotes!!! Y gracias!!!

    1. Pues me alegro mucho, Margari… Esa era exactamente la idea: que disfrutárais pasando miedito… Y esta vez he sido buena y no he descolgado el cuento😉 Besotes!!!!!

  3. Manolo dice:

    Fíjate como será, que a tu madre la tiembla los huesos de santo que esta elaborando para este día, pero aun así,
    creo que van a estar, ¡¡¡ riiiquiiisiiimos!!!

    1. Jajaja, pero los huesitos de santo temblones son los más ricos, ¿no?
      Seguro que van a estar exquisitos, porque todo lo que hace la mami es para chuparse los dedos😉

  4. Carolina dice:

    Muy bien Victoria, me gustó, lograste que me asustara… ese era el objetivo.

    1. Me alegro mucho, Carolina… Efectivamente, ese era el objetivo…😉 Feliz Halloween!!!

  5. Narayani dice:

    Me ha gustado mucho, Vichy aunque no me ha enganchado tanto como otros relatos tuyos. ¡Por favor qué mal rollo dan las figuras infantiles! ¡Y las ancianas también! jajaja

    Me gusta también el cambio de look del blog🙂

    Besos y gracias por regalarnos otro relato!

    1. El cambio de look es mágico, por lo que pasado este finde, volverá a su ser natural… En cuanto al relato, te prometí uno inédito, así que…😉
      Me alegro de que te haya gustado, Fani.
      ¡¡¡Feliz Halloween!!!🙂

  6. Elena Ramos. dice:

    Ya te lo puse vía FB, pero te vuelvo a decir que me ha encantado.
    Es tan, como decirlo, genial…
    Un besazo, Madrina.

    1. Muchas gracias, Elena, me alegro muchísimo de que te haya gustado🙂

      ¡¡¡Feliz Halloween!!!

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