Indignada

Indignada

El día amaneció caluroso y húmedo en la gran plaza. Elena, Leni para sus amigos, se estiró, observando a sus compañeros de acampada. Se sentía entumecida y le dolían los huesos de dormir en la colchoneta. Realmente la cama del piso de sus padres era mucho más cómoda, y en su casa podría disfrutar de un maravilloso desayuno antes de acudir a la universidad, pero allí no se sentiría tan plena, puesto que no estaría cumpliendo con su deber como persona: protestar ante lo que no es justo.

De pronto, sorprendida, Leni vio al otro lado de la plaza un grupo de figuras negras. Llevaban escudos y porras, algunos incluso unas escopetas de bolas. Sus rostros estaban cubiertos por oscuros pasamontañas y les observaban en silencio. Leni reprimió un escalofrío.

–Ya están aquí– susurró Anton a su lado.

Todos los acampados se reunieron. No pensaban plantar cara ni hacer nada que pudiera confundirse con un acto de violencia. Uno de los portavoces tomó un megáfono y les dijo a todos que se congregaran en el centro, se sentaran y aguardaran. Así lo hicieron.

Anton cogió de la mano a Leni, que temblaba, a pesar del calor. Estaba muy asustada.

–Tú no te preocupes, que no va a pasar nada.

–¿Y si deciden cargar?–Le miró con el miedo asomado a sus enormes ojos azules.

–No va a pasarte nada. Estoy contigo.– Sonrió él, fingiendo una confianza que, obviamente, no sentía.

–Vale– ella le devolvió la sonrisa, apretando su mano.

Se habían conocido en el campamento, él le había contado de qué iba todo aquel jaleo y en ese mismo momento ella había decidido quedarse allí, luchando junto a él y todos los demás por lo que era justo: una sociedad mejor, un sistema más justo. Era una gran causa.

Se sentaron en un gran grupo en el centro de la plaza y observaron las maniobras. Leni vio ambulancias apostadas en la calle principal. Le parecieron una mala señal. El corazón le latía tan fuerte que parecía que le atravesaría el pecho de un momento a otro y la sangre se le agolpaba en las sienes. De alguna forma intuía que algo iba a pasar. Una chica a su lado repartió unos claveles entre los que estaban más cerca y Leni cogió uno. Era rojo y su fragancia le resultó algo mareante. Todos alzaron las flores hacia los policías, ofreciéndoselos. Trataban de demostrar que eran pacíficos, que no harían nada violento.

En ese momento, alguien gritó que les estaban incautando sus cosas. Todos se volvieron hacia la voz para ver cómo los servicios de limpieza estaban desmantelando el lugar. Cargaban mesas, sillas, menaje y… ¡los ordenadores! Leni y Anton se incorporaron. Sus equipos informáticos, aquellos que estaban usando para contar a los de fuera lo que ocurría allí, estaban siendo desmontados, cargados en camiones.

Muchos corrieron hacia allí, pidiendo que no se llevaran sus pertenencias. Las cosas se fueron calentando.

–Esto pinta feo–dijo Anton–Leni, vete de aquí, corre.

–No, me quedo contigo.

El tono de las protestas aumentó. Los miembros del equipo de limpieza hicieron caso omiso y continuaron con su tarea. Leni percibió movimiento entre los policías. Se estaban preparando para cargar.

–Leni, vete, por favor

–No.–La joven separó los pies, dispuesta a aguantar lo que fuera.–Me quedo.

Alguien rajó una de las ruedas del camión de limpieza.

Entonces comenzó la carga.

Leni y Anton aguantaron el primer envite. Los mossos no llegaron hasta ellos, ya que había más manifestantes delante. La muchacha vio con horror cómo algunos de sus compañeros recibían violentos golpes en la espalda y las piernas. Los gritos de indignación se convirtieron en gritos de dolor. Pudo ver sangre en salpicando la ropa, la calle, los escudos de los policías.

Leni y Anton corrieron, aunque no sabían hacia dónde. Las pelotas de goma y los proyectiles volaban a su alrededor, impactando contra los que corrían junto a ellos. Muchos cayeron al suelo entre gritos entrecortados de dolor. Leni sabía que un golpe de una bola de goma podía fracturar un hueso.

Anton, que podía correr mucho más deprisa, tiraba de su brazo, conduciéndola hacia una de las salidas que parecía despejada. Leni jadeaba, corriendo todo lo rápido que podía. No lograba pensar con claridad. A su alrededor todo era caos y dolor.

Un muchacho, sentado en una silla de ruedas, sufrió la violencia de uno de los policías. Sin dar crédito a sus ojos, la joven se detuvo en seco, se soltó de la mano de Anton y corrió en su ayuda mientras su compañero gritaba algo que no logró entender.

Al llegar al lado del guardia sólo se le ocurrió empujarle. Como llegaba a la carrera, su maniobra tuvo la fuerza suficiente como para apartarle lo justo. luego, empuñó los asideros de la silla y trató de apartarla. Anton llegó a su lado y trató de ayudarla.

Entonces sintió un terrible dolor en el costado. Un dolor que le atenazó la espalda, ascendiendo hasta la base de su nuca. Le costaba respirar, se mareó y cayó al suelo. Vio la pelota blanca junto a ella.

Anton se lanzó sobre ella y trató de incorporarla. Entonces unos agentes se lanzaron sobre él, descargando golpes con las porras sobre su cuerpo desprotegido. Luego, Leni no vio nada más, pues perdió el conocimiento.

Esta ha sido mi crónica de lo que ocurrió ayer, viernes 27 de mayo, en Barcelona.

No soy periodista, soy escritora, y Leni y Anton no son personajes reales, aunque bien podrían serlo y llamarse Ana y David, o Marta y Javier… dos de los más de 60 ciudadanos heridos en la barcelonesa Plaza de Cataluña, pero las fotos sí son reales y podéis ver el álbum completo en el diario 20 minutos. Esta mañana a duras penas pude contener las lágrimas al ver lo que había ocurrido, al ver que la clase política, esa contra la que los congregados protestan, afirman con descaro e hipocresía que la actuación fue proporcionada (todos sabemos que los claveles y las sillas de ruedas son objetos peligrosísimos que rompen huesos y quiebran escudos), pero aún más al ver que después de esto la gente, esa que se había enfriado, ha vuelto a echarse a la calle y que las asambleas han reunido a más personas de las que se esperaban, personas que, si no sabían qué ocurría, ahora quieren saberlo e indignarse con todos nosotros.

Sólo puedo despedirme con una frase que resume a la perfección lo que siento hoy:

“Primero te ignoran, luego se ríen de ti, luego te atacan. Entonces ganas.”

Ghandi

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. David dice:

    La palabra “indignación” se queda corta. Gracias por tu aporte en todo esto, Vicky. Un beso.

    1. Te doy toda la razón, David.
      Gracias a ti por seguirme. ¡Nos vemos mañana!

      Un besazo

  2. Elena94:) dice:

    Es la realidad, yo tenía el presentimiento de que iba a pasar. Sabía que la policía de cualquier ciudad iba a hacerlo.
    Entiendo que la gente se eche a la calle, porque viendo como está el panorama, no me extraña que lo hagan.
    Pienso que si los políticos hubiesen hecho las cosas bien, no habríamos llegado hasta estos extremos.

    1. Aquí en Madrid, al parecer, la orden fue dada ya para este fin de semana, pero imagino que al ver el efecto llamada que ha tenido lo ocurrido en Barcelona lo han contenido. La verdad es que estamos viviendo una situación muy difícil y por desgracia es un tema complicado y de difícil solución, pero está claro que si no hacemos algo, no cambiaremos nada. Cada uno de nosotros podemos aportar algo, así que ahí va lo que mejor puedo hacer: informar y convocar. Y quién sabe hasta dónde llegaremos…

      Un besazo enorme, Elena, y gracias por seguir ahí.

  3. Diego dice:

    Pero qué asco me dan aquellas fotografías, desde el otro lado del océano nos espantamos frente a lo que vemos, aunque no sé de qué, después de todo, aquí en Chile el estado está actuando de la misma forma, tildando a los manifestantes de “violentistas”, cuando todos sabemos que son ellos quienes inician la violencia. Qué pena lo que sucede, pero sabido es que el pueblo unido puede más que cualquier partido.
    Ánimos. Mucha suerte.
    D.G.

    1. Hola, Diego
      Me sorprende y alegra a la vez ver que seguís este tema tan terrible desde lugares tan lejanos geográficamente hablando. La represión y la violencia, por desgracia, son comunes en todas partes, ya que van atados al ser humano. Yo también creo que todos juntos podemos, así que ahí seguiremos.

      Muchísimas gracias por tus palabras de aliento.
      Un besazo

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