La Anjana Enamorada (VI)

6. La Hechicera

Laro llegó a lo alto de su colina cuando el sol brillaba tras las montañas, y se sentó bajo su árbol para esperar a Noibe, pero como estaba muy nervioso, no paró quieto ni un instante.

A cada momento, el Roblón abría su enorme boca todo lo que podía para comerse de un bocado al pobre pastor, pero cuando iba a arrojarse sobre él, Laro cambiaba de sitio. “¡Este humano me está volviendo loco!” pensaba el gigantesco árbol. “Y encima Messorina quiere que me lo coma. ¡Con el asco que me dan a mí los hombres! ¡Yo lo que quiero es una muchacha tierna y
jugosa!”

La moza del agua, que en ese momento vio lo que estaba a punto de ocurrir, hizo que la superficie del lago refulgiera como si fuera plata líquida y elevó una gran columna de agua hacia el cielo, para atraer la atención del pastor. Laro se acercó y observó maravillado el espectáculo y la muchacha asomó la cabeza fuera del agua y le llamó muy bajito, para que el Roblón no les oyera.

– Laro, pssst, Laro, ven aquí.

– ¿Quién eres? – preguntó el joven.

– ¡Chssst! Habla más bajo, no debe oírnos.

– ¿Quién?

– Ese árbol.

– ¿El árbol?- dijo riéndose Laro- ¿Y cómo va a oírnos un árbol?

– Escucha atentamente y disimula, pastor: Noibe no va a venir a la cita.

– ¿Por qué? – se alarmó el pobre pastor.

– Una malvada bruja, Messorina, la ha transformado en agua.- el pobre Laro sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos.

– ¿Noibe embrujada? ¿Por qué?

– Por envidia. Pero no te preocupes, está aquí, conmigo, en mi lago encantado, y yo voy a protegerla para que no le ocurra nada. Pero debes buscar una solución… si es que aún la amas, claro.

– Con toda mi alma. Haré lo que sea para salvarla.

– Pues entonces escúchame con atención y cree todo lo que te diga: la malvada bruja, antes de irse, arrancó el árbol bajo cuya sombra siempre te cobijas, y, a cambio, ese otro ocupó su lugar: es el Roblón, un árbol maldito que hace mucho tiempo, más de doscientos años, devoró a una muchacha, atrapándola en ese hueco de su tronco que ves. Absorbió su sustancia y gracias a ello cobró vida. Creció y creció, matando con sus raíces a todas las demás plantas que vivían a su alrededor, y así logró ser más fuerte y se fue transformando. ¿Ves que parece tener rostro? Sus ojos cerrados son los de la primera doncella que engulló. Ha seguido devorando muchachas, pobres infortunadas que se perdían de noche en el bosque, y así ha logrado ser cada vez más semejante a un hombre: sólo le falta comerse a una última víctima y se convertirá del todo en un ser humano. Y tú vas a
ser esa víctima.

Laro la miró un poco incrédulo. ¿Noibe hechizada? ¿Una malvada bruja? ¿Un árbol caníbal? Era todo demasiado extraño.

– ¿Por qué me cuentas todo esto?- le preguntó a la moza.

– Porque durante un tiempo me regalaste pan y miel, y golosinas que traías de tu casa. Porque sé que eres bueno y generoso, y porque el amor que sentís Noibe y tú es un amor que no se ve todos los días: es puro y es verdadero. Y por eso yo, ninfa de este río encantado, voy a ayudaros en todo lo que pueda. ¿No me crees? Coge tu hacha y clávala una sola vez en el tronco del Roblón. Y estáte preparado para talarle por entero, o se lanzará sobre ti y te matará.

Laro se acercó al Roblón, se sentó de nuevo bajo su sombra y disimuló, haciendo como que se dormía. Confiado, el malvado árbol abrió su bocaza para engullir al pobre pastor de un solo bocado, pues le daba tanto asquito que había decidido no masticarle, y se inclinó sobre él muy despacio. Pero como Laro estaba alerta, en cuanto sintió el aliento del Roblón en la espalda, se levantó de un salto con su hacha en la mano, y le asestó un golpe en el tronco. El Roblón soltó un alarido y se agarró la herida con las manos, que eran como ramas. Intentó sacar las raíces del suelo, pero el pastor le volvió a dar un hachazo, y otro, y otro, hasta que el malvado Roblón salió corriendo.

Atónito, el pastor se volvió hacia la mozuca del agua, que lo había observado todo desde su lago.- ¿Me crees ahora, Laro? – le preguntó la ninfa.

– Sí, por supuesto… ¿Cómo está Noibe?- dijo muy apenado.

– Está aquí, pero está muy triste.

– ¿Puedo verla?

– Ya te he dicho que está convertida en agua… Aunque…

– ¿Sí?- preguntó esperanzado Laro.

– Bueno, yo no tengo muchos poderes… pero dicen que no hay nada que el amor no logre. Pon tus manos en el agua.- Le ordenó. Laro así lo hizo. El agua del río estaba un poco fría, a pesar de que ya era primavera.- Ahora, abre tu corazón, Laro, y demuestra todo lo que quieres a Noibe.

Laro cerró los ojos e imaginó a Noibe tal y como la había conocido. En ese momento, una columna de agua con la figura de la Anjana se elevó y se sostuvo en el aire. Laro la miró, sorprendido. Noibe le sonrió, pero su sonrisa era triste.

– ¿Cómo estás, amor mío? – preguntó el pastorcillo, pero la Anjana le respondió con una leve inclinación de cabeza.- ¿No me hablas?-se extrañó el joven.

– No puede hablar, Laro, ahora sólo es agua. Pero sí puede sentir, y te sigue amando.

– Te salvaré, Noibe. Haré lo que sea, no no me detendré hasta devolverte tu apariencia.- la Anjana extendió suavemente su mano para acariciar la mejilla del pastor y éste, muy triste, se levantó para abrazarla, pero en el momento en que sacó las manos del agua, Noibe desapareció en la apacible corriente del río.- ¡No! ¡No te vayas!- gritó el pobre pastorcillo.- Mozuca, ayúdame.-Gritó el pastorcillo volviendo a meter las manos en el arroyo.- Tengo que decirle tantas cosas…

– Lo sé, y ella también lo sabe. Yo no puedo ayudarte. Es tu amor lo que le ha hecho aparecer, no obstante este hechizo sólo puede usarse una vez. No te preocupes, Laro. Noibe sabe lo mucho que la quieres, pero lo que necesita ahora es tu ayuda, necesita que le devuelvas su forma anterior.

– Pero ¿cómo voy a hacerlo?- se lamentó el pobre chico- yo no soy un brujo. No entiendo nada de esto…

– Conozco a una hechicera que vive en las montañas. Nadie la ha visto, y dicen que tiene mal genio, pero es buena, y sólo hace hechizos para ayudar a la gente que se lo merece. Creo que te ayudará.

– Dime dónde puedo encontrarla.

– ¿Ves esas montañas en el horizonte?- le señaló allí donde el sol se ocultaba cada día.

– Sí.

– En la más alta, aquella que siempre está cubierta de nieve, arriba de todo, en la cumbre, hay una cueva, donde mora la hechicera. Para probar tu bondad te pondrá alguna prueba. Realízala con el corazón y saldrás victorioso. Pero eso sí, debes estar dispuesto a darlo todo por Noibe, quizás incluso la vida…

– Cualquier cosa, lo que sea.

– Bien, entonces no te entretengas. Corre. Sube a la montaña y vuelve deprisa, no hay tiempo que perder. Es posible que Messorina encuentre un filtro adecuado para matar a tu Noibe, y entonces ya no habrá solución.

Pero antes de que la mozuca acabara de hablar, Laro ya se había puesto en marcha, dejando sus ovejitas a cargo de la ninfa.

Anduvo todo el día con Neco, su fiel perro pastor, pegado a los talones. Ascendieron por la ladera de la montaña despacio, sin mirar abajo para no marearse del vértigo, porque la cueva estaba muy, pero que muy alta, y al finalizar el día, cuando las sombras se alargaban en el suelo y el cielo se teñía de púrpura, llegaron a la cueva de la hechicera.

La entrada era pequeña, y Laro tuvo que agacharse un poco para no golpearse la cabeza con el techo. Además estaba muy oscuro, y el pastor se lamentó de no haber llevado consigo una vela o un farol.

– ¡Hola!- gritó Laro, esperando que alguien le respondiera.

Pero sólo el eco, rebotando contra las paredes de piedra, le devolvió el saludo.

Aunque estaba muy asustado, el pastorcillo cogió aire y entró en la cueva. Extendió ante sí las manos hasta encontrar una de las paredes y, a tientas, avanzó hacia el corazón de la montaña. La pared estaba húmeda y el suelo resbalaba tanto que el muchacho estuvo a punto de caer un par de veces. Cuando eso ocurría, Neco se ponía junto a él ofreciéndole su fuerte lomo como apoyo. Y así, juntos, continuaron la marcha.

Al cabo de un rato, Laro sintió que el suelo se inclinaba un poco, como si estuvieran descendiendo, y la temperatura empezó a subir lentamente. Entonces, el camino torció hacia la izquierda y allí, al fondo, muy pequeñita y temblorosa, vio una luz amarillenta. Y por fin pudieron ver el suelo y anduvieron un poco más deprisa.

-¿Hola?- Gritó de nuevo el pastor, esperando que la hechicera respondiera, si es que estaba allí, claro. Pero de nuevo tan sólo el eco de su llamada le respondió. -¡Eh…! ¿Hay alguien?

Llegó a una zona en la que la cueva se ensanchaba formando una especie de sala, que era justo el lugar del que provenía la luz. Una vela brillaba, agitada su llama por una suave corriente de aire, sobre una mesa de madera. Junto a la luz había un libro muy viejo, abierto hacia la mitad y cubierto por una capa de polvo. Laro se acercó y trató de leer las sucias páginas, pero debía de estar escrito en otro idioma, puesto que el pobre no entendió nada. Miró a su alrededor sin ver nada de interés, salvo un gato de sedoso pelaje negro como la noche y brillantes ojos verdes.

Neco, que era muy cariñoso, se acercó para olisquear al felino, que al punto se erizó, bufó y, sacando las uñas, le arañó en el hocico. El perro se echó hacia atrás, tratando de esquivar las garras del animal, pero como era tan grande, sus movimientos fueron torpes y lentos, y las zarpas, finas como agujas, se hundieron en la tierna carne de su nariz. Neco lloriqueó y se escondió tras el pastor, que intentó tranquilizarle acariciándole la cabezota.

En ese momento apareció otro gatito, de color amarillo y ojos azules, casi tanto como los de Noibe, que empezó a frotar sus mejillas contra el dolorido hocico de Neco mientras ronroneaba cariñosamente.

– ¡Irián, deja a ese animal! ¡Viene de fuera!

Laro miró a su alrededor. Era la voz de una mujer, sin duda de la hechicera a la que había venido a ver… pero allí sólo había dos gatos…

– Vamos, Acuana, pobrecito. Le duele el hocico… esta vez te has pasado un poco, ¿no crees? Él sólo quería jugar contigo.

Y ante los atónitos ojos de Neco y de Laro, el gatito se convirtió, con un “poff” y una nube de humo, en un muchacho de unos trece o catorce años, rubio y muy delgado.

– No debemos relacionarnos con los del exterior, y lo sabes, Irián. Son las normas.

El otro gato se transformó suavemente en una anciana con los cabellos blancos tan largos que los arrastraba por el suelo y cubrían casi por completo su túnica, del color de las hojas en otoño.

– ¿Eres la hechicera?- Le preguntó Laro a la mujer.

Pero ésta, sin contestar, clavó en él una mirada tan profunda que pareció llegarle hasta lo más hondo de su alma. El pobre pastor se encogió, temeroso, y trató de apartar su mirada, pero, como si le hubieran hechizado, no pudo moverse. La anciana se acercó mucho a él y aproximó su rostro al del joven hasta que sus frentes casi se tocaron. Y siguió mirándole tan fijamente a los ojos, que Laro sintió que se mareaba.

– ¿Quién eres tú, humano, que te atreves a hablarme así, a mí, la mayor hechicera de las montañas? Oye bien, chico, porque estás ante el espíritu más viejo de Cantabria. Yo nací con el mundo, mucho antes de que existiera el sol. Fui reina de los hombres que habitaban las cavernas antes de que supieran que eran humanos, diosa de tu pueblo hace más de dos mil años, y por fin desterrada, humillada, condenada a vivir este encierro en la montaña sagrada antes llamada Vindio y nombrada bruja y hechicera y rechazada por los hombres que ya no creen en la magia…

-Me llamo Laro, señora, y soy tan solo un pobre pastor…

– ¿Y qué puede querer un pastor de mí?

– Ayuda.

– Yo no ayudo a los humanos. Hace tiempo que me abandonaron.

– Señora, necesito de vuestra sabiduría… Me han dicho que sólo vos podéis ayudarme.

– Durante años muchos han precisado de mis poderes, pero jamás he aceptado. Ningún humano vale el esfuerzo.

– Señora, aunque algunos os hayan abandonado, ahí fuera hay mucha gente que vale la pena. Es gente que daría su vida por ayudar a otros, que sacrificarían cualquier cosa por aquello que aman…

– ¿Amor?- le interrumpió la hechicera y volvió a mirarle con esos extraños ojos suyos, verdes como dos esmeraldas. Le cogió el mentón con una mano huesuda y guardó silencio, pensativa. – ¿Qué sabes tú de amor?

– Sé que daría mi vida entera por salvar la de mi Noibe.

– Vaya, vaya…Así de profundo es tu amor, ¿eh?

– Aún más de lo que creéis.

– Muy bien. Pues si es tu vida lo que ofreces, acepto. La tuya por la de ella.- Se giró hacia su joven ayudante, que jugaba con Neco- Irián, llévale a la cueva del dragón.

El niño miró asustado a Laro.

– ¿A la cueva?

– Sí. ¿Acaso estás sordo? Acaba de cambiar su vida por la de otra persona.

– Pero, Acuana…

– O le llevas ahora, o el dragón hoy tendrá ración doble…- y le miró con intención. Irián tragó saliva con dificultad, cogió la vela y le indicó a Laro que le siguiera por un pequeño túnel que se hundía aún más en las profundidades de la gruta.

No habían caminado mucho cuando llegaron a una pequeña explanada. A la luz de la vela, grandes estalactitas y estalagmitas brillaban, como si fueran de plata. El aire se había vuelto cálido y enrarecido y nubes de gases brotaban de las grietas del suelo.

– Esta es la boca del dragón.- le indicó Irián.- Ahora has de ser valiente: si decides seguir adelante, el monstruo te devorará y tu amada se salvará. Si te echas atrás… Bueno, nadie ha regresado jamás de esta cueva.- El niño le indicó con una mano que pasara, y Laro, con un suspiro de miedo, entró en las fauces de piedra.

Y volvió a quedar a oscuras. Aguardó, tembloroso, el momento en que el dragón cerrara los dientes, sin duda aplastándolo y engulléndolo, pero durante un rato no pasó nada, así que Laro avanzó un poco más.

Una luz se encendió entonces unos metros más allá, al fondo del túnel, y el pastorcillo se encaminó hacia ella.

Cuando llegó, entró en una especie de estancia, similar a esa en la que hallara a la hechicera, a diferencia de que aquí no había ningún mueble, tan solo las paredes desnudas que brillaban, titilantes, como llenas de diminutas estrellas.

Entonces apareció el monstruo. Era grande; más que eso, era enorme, tanto, que su cabeza rozaba el techo de la cueva. Sus dientes eran puntiagudos y volutas de humo salían de los orificios de su hocico. Sus ojos estaban inyectados en sangre y miraban con odio a Laro, y sus garras, afiladas como las de una pantera, se extendían hacia el pastor, prestas a atraparle.

El muchacho cerró los ojos, dispuesto a afrontar su destino con entereza, y pensó en Noibe. Si le salvaba la vida, el sacrificio valía la pena, se decía el pobre joven. Pero el ser se detuvo frente a él y lo observó, inmóvil, sin dejar de resoplar y echar humo por las fauces. El pastor abrió un ojo y le devolvió la mirada aterrado. Ahora el aire olía a azufre y a inmundicia. El dragón acercó sus fauces al rostro de Laro mirándole con sus ojos verdes y penetrantes con tal intensidad que parecía como si quisiera leer su alma.

– ¿A qué esperas, dragón?- le increpó el pastor – ¡Devórame ya y acabemos con esto de una vez!

El monstruo siguió observándole, sin moverse. De pronto, cogió aire profundamente y exhaló una gran bocanada de fuego que rodeó al joven. Pero éste siguió desafiante, plantado frente al dragón, sin apartarse.

De nuevo el dragón le miró, como si esperara a que Laro hiciera algo. Como el muchacho no se moviera, el horrible ser abrió de muevo sus fauces y una bocanada de aire que apestaba a azufre envolvió al pastor mientras las poderosas mandíbulas se cerraban sobre él. Laro cerró los ojos y se dispuso a ser masticado y engullido, pero, al no sentir dolor alguno, volvió a abrirlos despacito y vio al dragón, frente a él, mirándolo. Y él seguía en la cueva, de pie. Intacto.

– ¿Por qué juegas conmigo, monstruo?- le preguntó, a punto de llorar.- Mientras tú te entretienes, la bruja Messorina busca la manera de matar a Noibe… ¡Vamos, devórame de un bocado!- pero el espantoso ser continuó mirándole sin hacer nada.

Laro se lanzó contra él y comenzó a golpearle con lo puños, pensando que quizás así el monstruo le atacaría, enfadado, pero el monstruo se apartó y le dio la espalda.

– ¿Tanto la amas, Laro?- Le preguntó el dragón mientras se convertía lentamente en la hechicera. -¿Puede un humano ser capaz de querer tanto a alguien como para enfrentarse a mi dragón y prestarse a morir, por devolverle la vida al ser amado?- volvió a mirarle, pero esta vez había comprensión en sus maravillosos ojos verdes.- Cuando los hombres dejaron de creer en mí, me vi encerrada en esta cueva, a la que ya nadie viene a traerme ofrendas, o a pedirme que le cuente historias de los magníficos hombres que poblaron estas tierras. El olvido, Laro, es la peor de las muertes. Recuerda esto: pase lo que pase, no olvides a tu Noibe, así la mantendrás con vida, aunque la malvada Messorina encuentre un potente veneno.

– ¿Tú…te mueres?

– Cada día un poco más, porque cada día los humanos creen un poco menos en mí, y en el resto de los seres del bosque. Por eso ya no nos pueden ver. Con sus máquinas y sus inventos nos han relegado a todos al olvido, antes éramos dioses, ahora simples cuentos de hadas que se usan para asustar a los niños traviesos, o para entretener las frías tardes de invierno. Y pronto no seremos nada. Y tampoco lo será tu Noibe. ¿Recuerdas el libro que has visto en mi cueva?-Laro asintió.- ¿Recuerdas que no entendiste nada? Ese libro está escrito en la lengua de los antiguos cántabros. Es la historia de estos bosques y de aquellos que alguna vez habitamos en ellos. Es lo único que me queda para poder salvarnos. Algún día, quizás cuando todos hayamos desaparecido, alguien llegará a esta cueva , será alguien como tú, capaz de amar y entregarlo todo sin pedir nada a cambio, y ese alguien encontrará el libro y será capaz de descifrar su contenido, y entonces todos volveremos a existir. Eres el único que ha pasado mi prueba, y por ello, mereces ser ayudado. Toma- le entregó un frasquito de cristal que contenía en su interior un líquido ambarino.- Vierte su contenido en el lago donde se halla presa tu amada y no dejes de pensar en cómo era cuando la conociste. Al cabo de tres días, tu Noibe acudirá a ti libre de maleficios.

Laro cogió el frasquito emocionado. Sonriendo, le dio las gracias a la hechicera y salió de la cueva corriendo, con Neco trotando tras él.

La hechicera le vio marchar y una lágrima rodó por sus blancas mejillas. Ya no era una anciana, sino una mujer joven, bellísima, de cabellos negros como la noche sin estrellas y ojos verdes como dos esmeraldas. Y poco a poco se fue transformando en una estatua de piedra.

Irián la miró tristemente.

– Buenas noches, mi dulce maestra. Dormiré contigo este sueño del que, quizás, algún día despierte.- y se transformó en un gatito de color amarillo, que poco a poco se fue transformando también en piedra.

Capítulo 5. El Hechizo
Capítulo 7. El contrahechizo

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