La Anjana Enamorada (III)

3. Un sueño misterioso

Pasaron dos meses, y cada vez que Laro subía a la colina y dejaba junto a su árbol un presente, al día siguiente encontraba una joya. Pero como era muy bueno y tenía un gran corazón, no gastó esas riquezas en tonterías sino que, tal y como había dicho que haría, arregló su humilde casita para que su madre, que estaba muy enferma, no pasara frío. Y además construyó un establo para sus ovejitas que era la envidia de muchos.

Y como encima le sobró dinero, lo repartió entre sus vecinos más necesitados, y así se lo dio a Miranda, una niña tan pobre que no tenía ni zapatitos para poder caminar por el pueblo, y por eso siempre tenía heridas en los pies.

A cambio la niña, que era muy trabajadora, le ayudó a limpiar su casita para que María, la mamá de Laro, estuviera siempre cómoda.

Y como Miranda no tenía papá ni mamá, se quedó a vivir en casa del pastorcillo.

Y empezó a correrse la voz de que Laro era rico.

Y todas las mozas casaderas empezaron a interesarse en el joven pastor.

Pero Laro tenía un secreto que sólo conocían su mamá y Miranda: hacía un par de semanas que había empezado a soñar con una muchacha misteriosa, de la cual no sabía ni su nombre, ni dónde vivía.

– Pero ¿es guapa?- le preguntaba Miranda por las noches, acurrucada  junto a la mamá de Laro en la gran butaca que había junto a la chimenea.

– La más guapa de todas -decía el pastorcillo- su cabello es del color del sol de la mañana, y sus ojos son  tan azules como el cielo de verano, y su piel es blanca y sedosa como las primeras nieves del invierno… Pero sin duda es una princesa- continuaba diciendo el muchacho, con una voz un poco triste- porque sus ropas están bordadas con oro y plata, y lleva en la mano una vara que brilla como si estuviera cuajada también de virutitas de oro.

– Pero… si es una princesa y te casas con ella- decía entonces la niña- … tú también serás un príncipe, ¿no?

– Ojalá no sea una princesa – se lamentaba el chico.

– ¿Por qué?

– Porque las princesas no se casan con los pastores. Por eso.

– Las princesas de los cuentos sí lo hacen…

– De todos modos, no creo que exista nadie como ella.

– ¿Y por qué no habría de existir, hijo?- le animaba su mamá.- Si puedes soñar con alguien así, entonces es que puede existir. Y si existe, créeme que la encontrarás.

– Sólo es un sueño, mamá….

– A veces, hijo, para las personas buenas de verdad, los sueños se convierten en realidad. Y si hay alguien en este pueblo cuyo corazón es tan puro que merece una recompensa semejante, ése eres tú.

Y entonces las dos, Miranda y la mamá del pastorcillo, se iban a dormir.

Laro aún se quedaba despierto un poco más, sentado junto a la chimenea, oyendo cómo crepitaban los troncos en el fuego. ¡Trac, trac! Y viendo subir las chispas que se desprendían de la madera, brillantes como los cabellos de la princesa de sus sueños, y a menudo se quedaba dormido en la mecedora, y soñaba…

Soñaba que estaba de nuevo en su colina, con su rebaño, tumbado bajo la sombra de su árbol. Neco correteaba, persiguiendo mariposas, y Alia, la única ovejita negra, husmeaba entre unas zarzas, y de pronto encontraba algo y, metiendo el hociquito entre las púas del arbusto, mordía un trocito de tela azul, como el cielo y tiraba de ella… Y entonces aparecía la princesa. Lo que Alia había agarrado con sus dientecitos era un pedacito de su manto, y tironeaba, juguetona, haciéndola salir de su escondrijo. Laro entonces se acercaba, despacio, con miedo… y ella le miraba con esos ojos tan azules, sonriéndole… y cuando iba a decirle algo…

… Cuando iba a decirle algo, el pobre Laro siempre se despertaba. Y le daba una rabia… porque en su sueño, quería preguntarle cómo se llamaba y qué hacía allí, pero nunca le daba tiempo, pues en ese momento los rayos del sol de la mañana entraban por la ventana, acariciándole en la cara y desvelándole.

Pero esta última vez había sido un poco distinta.

Esta vez ella le había dicho su nombre: Noibe.
Capítulo 2. Laro

Capítulo 4. Noibe

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