Noche de San Juan (VII)

7. El pelo de las brujas

El trastolillo se acercó a las brujas, ocultándose tras un matorral. ¡Clac, clac, clac! le seguían haciendo los dientes. Él ya había visto a las brujas otras veces y sabía que eran feas, pero así, tan de cerca… ¡Eran en verdad horribles!

– ¡Qué rollo!- se quejaba Sarmentia- sin poderes no puedo hacer nada… ¡Me aburro!

– ¡Y yo!- se quejó la rolliza Saucina, a la que ya se le habían pasado las ganas de cantar.

– Bueno, vale ya, ¿no?

Las reprendió Abedulia, la mayor de las tres, que seguía preocupada por el desenlace de su plan.

– La noche ya llega a su fin, y con el primer rayo de sol, recuperaremos nuestros poderes y la Anjana morirá… y el Culebre también, de paso. Así aprenderán todos a respetar a las hermanas brujas…

Las tres se encontraban de espaldas al trastolillo, que las observaba esperando la oportunidad de salir y robarles un pelo.

En ese momento llegó el pequeño ventolín, revoloteando con sus alas emplumadas, y se escondió junto al animalito.

– No te preocupes, trastolillo- le tranquilizó- Estoy aquí para ayudarte. Vengo de parte de Lauri. Voy a distraer a las brujas, y así tú puedes arrancarles un pelo y salir corriendo, ¿vale?

El bichito asintió con la cabeza y cuando estuvo preparado, le hizo una señal al ventolín, que salió de su escondrijo y se enfrentó a las brujas, soplando y soplando, alborotándoles el pelo.

-¡Descarado!- le gritó Sarmentia, agitando amenazadora su puño.

– ¡Sinvergüenza!- añadió Saucina.

Y Abedulia, que era la más malvada de todas, cogió una piedra y se la arrojó al ventolín. Pero éste, que era mucho más listo, sopló con tal fuerza, que la piedra cambió de rumbo y fue a darle a la bruja en toda la cabezota.

¡Clong! sonó.

Y la bruja empezó a ver todas las estrellas del cielo girando en torno a ella. ¡Gle, gle, gle! decía, mientras daba vueltas, mareada por el golpe.

Justo en ese momento, el trastolillo salió de su escondite, agarró a Abedulia por los pelos, y dio un tremendo tirón. ¡Zas!, y se quedó con todo un mechón de cabellos en la mano. Y claro, con el tirón, la bruja dejó de estar mareada, se volvió y se enfrentó con el trastolillo, que al ver la horrible cara de la mujer tan cerca, casi se hizo pis del susto.

– ¡Corre, trastolillo!

Le gritó el ventolín mientras soplaba fuertes bocanadas de aire para evitar que las brujas pudieran seguir al peludo ladrón. Pero en realidad no hacía falta que le dijeran al trastolillo lo que tenía que hacer, pues ya hacía rato que había empezado a correr. Y corría tanto, que las pequeñas zarpitas que tenía por pies le daban en el trasero.

Cuando el ventolín vio que su compañero huía, le siguió, batiendo las alas como un pájaro. No obstante, las brujas les seguían muy de cerca. Tanto, que Abedulia ya alargaba sus enormes brazos para atrapar al ladrón…

El ventolín entonces descendió en picado y, con un gran esfuerzo (los trastolillos están un poco gorditos) le levantó y le llevó por los aires a salvo, porque las escobas de las brujas tampoco funcionan en la Noche de San Juan y las malvadas no podrían seguirles en ellas.

El pobre trastolillo llevaba los pelos de la bruja en alto como si fueran una banderola, y trataba de cubrirse los ojos con la otra mano, porque tenía un vértigo terrible.

En cuanto llegaron a la cueva, Lauri echó el pelo al caldero, cuyo contenido empezaba ya a hervir con furia.

– Corred, hermanos, soplad- les instó el pobre ventolín, que venía cansadísimo de volar con el trastolillo entre los brazos- Las brujas se acercan, ¡No hay tiempo!

Y los ventolines soplaron suavemente sobre la poción, que explotó con una luz azulada.

Lauri miró dentro del caldero: en el fondo había un polvillo brillante, como si alguien hubiera metido estrellas dentro. – Corre, niña, coge un puñado del sol y que lo bañe la luz de la luna. El sol está comenzando a salir y la Anjana debe antes despertar…- le dijo otro de los ventolines.

Lauri cogió un puñado de polvo, que estaba tan frío como el pobre Culebre, y salió corriendo todo lo que le daban las piernas. Por el camino, abrió las manos lo justo para que la luz de la luna las iluminara y el polvo mágico pareció calentarse un poquito y latir contra la piel de su palma.

Las brujas, que en ese momento estaban llegando a la cueva, la vieron y la siguieron sin detenerse, pero de nuevo los ventolines soplaron y soplaron y el trastolillo les hizo una zancadilla para que no alcanzaran a la niña.

Ésta llegó al claro de la Anjanuca justo cuando el cielo se volvía ligeramente rosado, y vio con horror que a la hermosa hada se le estaba apagando el aura de luz que la rodeaba, y su figura parecía volverse transparente, como de cristal. Con el aliento entrecortado por la carrera, extendió el puño bajo la nariz del hada y abrió la mano.

– Vamos, Anjanuca, despierta… despierta…- susurró la niña.

Las brujas se acercaban cada vez más, y los ventolines, agotados por el esfuerzo de tanto soplar, apenas podían cortarles ya el
paso.

– Vamos, Anjanuca- le animó de nuevo Lauri, al borde de las lágrimas.

No podía ser que después de todos sus esfuerzos su misión fracasara.- Tienes que despertar… ¡Vamos!- Por un
momento imaginó el bosque sin la Anjana, bajo el dominio de esas horribles brujas… ¡No podía ser! ¿Qué pasaría con el pobre abuelo Manolo, que vivía justo al borde del bosque? No podía permitirlo, la Anjana debía vivir… y así lo deseó con todas sus fuerzas: por los seres buenos del bosque, por el pequeño trastolillo, por el abuelo Manolo…

Y justo entonces, en el momento en que Abedulia estaba a punto de alcanzar a Laurita, la luz de la Anjana brilló con tanta fuerza, que la niña sintió que miraba de frente al sol, salvo que los ojos no le dolían.

Y dentro de ese gran resplandor vio los ojos de la Anjana, azules como el cielo de verano, mirándola con dulzura. Las brujas se detuvieron, asustadas, mientras el sol asomaba por el horizonte, tiñendo de rosa y lavanda el cielo, y trataron de escapar a hurtadillas, pero la Anjana las vio.

– Hermanas brujas… ¿Por qué os vais tan deprisa?- las tres se detuvieron en seco y miraron a la Anjana, que ya se había puesto
en pie, asustadas.

– No queremos molestarte, querida Anjana…

– Habéis sido malvadas,- les regañó el hada con una voz que sonaba melodiosa como una campanita de plata- lo cual no es nuevo, pues sois brujas, pero habéis hecho algo que está prohibido. Habéis querido alterar el orden natural del bosque, y eso es muy grave… así que merecéis un escarmiento…

– Pero, Anjanuca bonita, tú eres buena…- trató de engatusarla Saucina.

– Sí, pero habéis atentado contra todos los seres del bosque…

– Y además, han congelado al Culebre- interrumpió uno de los ventolines, que aún jadeaba, tratando de recuperar el aliento.

– ¿De veras?- Se sorprendió la Anjana- Bien, pondré remedio de inmediato a eso. Puede que el Culebre no sea muy bueno, pero no se merece que lo congelen: últimamente tan sólo intenta asustar a los incautos, hace mucho que no se come a ninguna persona. Desde este momento, el Culebre queda libre del maleficio. – Y su varita, que era como una flor con un tallo muy largo, brilló aún más y luego volvió a su resplandor habitual.- En cuanto a vosotras, brujas…

Comenzó a decirles; pero la interrumpió la llegada del Culebre, que venía constipado y con la nariz tapada.

– ¡Atchússsssssss!- estornudó- Perdón, hermosa señora- se inclinó respetuoso ante la Anjana- y disculpad que llegue de esta manera y tan poco presentable, de saber que os iba a ver aquí me hubiera hecho la manicura… pero bueno, lo que quiero deciros es que protesto por la manera en que me han tratado estas tres brujas… ¡Me han congelado! ¡En mi propia cueva!¡Qué desfachatez!

– No te preocupes, culebre- le dijo la Anjana- Acabo de descubrir cuál es el mejor castigo para ellas: hasta la próxima noche de San Juan, trabajarán para ti. Te limpiarán la cueva, cocinarán… en fin, todo eso. ¿Estás de acuerdo?

– ¡De acuerdísimo!- exclamó el dragón dando un salto de alegría.

– En cuanto a ti, Lauri…- La Anjana se volvió hacia la niña.

– ¿Sabes cómo me llamo, Anjana?- se sorprendió la niña.

– Yo lo sé todo. Y sé lo mucho que me has ayudado esta noche, a mí y, por lo tanto, al resto de los seres del bosque, y por ello mereces un premio….

– Bueno, no creo que sea para tanto…-se disculpó Lauri, que de pronto se sentía un tanto avergonzada.

– Toma, pequeña- La Anjana le dio un trébol de cuatro hojas – con él te acompañará siempre la fortuna y, además, cuando
regreses al bosque podrás vernos de nuevo. Sólo tendrás que llamarnos por nuestros nombres y acudiremos a tu encuentro.

– Gracias, señora.- Sonrió la niña, haciendo un reverencia. Pero luego se puso derecha, porque algo la preocupaba-  Ahora debo irme. Si al levantarse mi abuelo no me ve en la cama se dará un buen susto…

– El abuelo Manolo es un hombre muy bueno. Alguna vez también nos ha ayudado… no le des ningún disgusto, pues no se lo merece.

– Descuida, Anjana. Adiós. Lauri se despidió de todos, salvo de las brujas, claro,  y echó a andar hacia su casa algo apenada  con el trébol apretado en la manita. El trastolillo la siguió, lloriqueando.

– ¿Qué te pasa, trastolillo?- le preguntó.

No obstante, no hacía falta que la respondiera. El bichito se había encariñado tanto con ella que no quería que se fuera. Lauri pensó un momento, y luego tuvo una idea.

– Toma- le dio su mascota virtual- Cuando estés triste, mira la pantalla y piensa en mí, ¿vale?

El trastolillo asintió y luego le dio un beso en la mejilla y se quedó observando entre los matorrales cómo su amiga se alejaba a través del bosque hacia las humildes casitas del pueblo.

Capítulo 6. Los ventolines

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Cuento Los Tres Sabios
Tres sabios que han dedicado su vida buscando a Dios se enfrentan a la muerte, que les concede tres días para encontrarlo antes de regresar y rendirles cuentas. El que demuestre una mayor sabiduría conseguirá una prórroga de tres años. ¿Lo conseguirá el sabio del bosque, el de la montaña o el de la caverna?
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Cuento El Robo de las Sombras
En una pequeña aldea todos los habitantes despiertan un día y descubren que alguien ha robado sus sombras. Una niña se lanzará a la aventura para recuperarlas. ¿Lo logrará?
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Cuento El Pirata y la sirena
El pirata Morgan, tras muchos años de pillaje y correrías, se enamora de una bella sirena. ¿Logrará conquistar su corazón, frío como las aguas del inmenso océano?
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Cuento Más Allá del Séptimo Mar
Una joven emprende un peligroso viaje en busca de un remedio para la misteriosa enfermedad de su enamorado. ¿Logrará hallar la cura y regresar a tiempo de salvarle la vida?
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Cuento La Perla Más Grande del Mundo
Dos hermanos se enfrentan a una extraña búsqueda por conseguir la herencia de su padre. ¿Cuán de los dos logrará su objetivo?
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Cuento El Abrazo del Mar
Mi cuento favorito, no os cuento más.

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Cuento La Anjana Enamorada
Laro, un joven y bondadoso pastor, se enamora de Noibe, la Anjana más bella del bosque. Corroída por la envidia, la bruja Messorina la convertirá en agua. ¿Podrá Laro descubrir la forma de romper el malvado embrujo y salvar así a su amada?
Cuento dividido en 8 capítulos

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