Cuando llega el olvido

Estas dos últimas semanas, coincidiendo con el buen tiempo del que hemos podido disfrutar, me he decidido a cambiar el metro por el autobús. Y es que realmente me apetece poder disfrutar un poquito de la maravillosa luz solar que las largas jornadas laborales de nuestro país me ocultan.

El viaje es bastante rápido, veinte minutos por autopista y prácticamente me apeo en la puerta de mi casa.  Y en general no pasa nada digno de reseñar: espero obediente en la cola, subo cuando se abre la puerta y me siento junto a las ventanillas que quedan a la izquierda del vehículo. Esa es mi pequeña manía, ocupar siempre el mismo asiento.

El caso es que hoy he llegado a la estación antes que de costumbre y, en lugar de un autobús, he visto detenido un coche de policía del que se ha bajado un hombrecillo de aspecto confuso.

La cosa no habría ido a más de no haber sido porque el anciano ha sido conducido por un guardia de seguridad que le ha dicho al conductor que debía bajarse en la Residencia Las Camelias. Como mi asiento está cerca de la puerta de entrada y es bastante espacioso, el pobre hombre se ha sentado frente a mí. El autobús ha arrancado en ese mismo momento y el anciano ha empezado a girar la cabeza para observar la carretera, ya que iba de espaldas al conductor. Viendo algo de angustia en sus gestos, no he podido más que ofrecerle mi asiento para que pudiera ver el camino sin retorcerse, con el riesgo de caerse o incluso hacerse daño en el cuello o en la espalda. Pero, en lugar de cederle el asiento e irme, me he quedado a su lado. No sé muy bien por qué.

Francisco es un viejecito más. Un hombrecillo pequeño, arrugado, que camina ayudado por un bastón de madera, casi tan viejo como él, en el que lleva enrolladas un montón de gomitas elásticas.  Me ha explicado que iba a la residencia para pedir una habitación, que venía desde Plaza de Castilla, él solo, y que se había perdido, se había bajado en Plaza de España en lugar de en Príncipe Pío, donde debía coger el autobús en el que ahora estaba, y hasta allí había bajado, despacito, caminando.

– Salí de mi casa a las dos de la tarde, señorita- me ha comentado con una vocecita débil y algo rota por la tristeza.- Y mire dónde estoy todavía… ¡Me he perdido! Y nadie ha sido capaz de traerme a la estación, ¿sabe usted? Sólo los policías, que han sido muy amables, la verdad.

Sus ojos, de un azul desvaído, algo opacos por la edad, me miraban sin fijarse en mí, porque probablemente Francisco ya no ve bien.

Intentando tranquilizarle, le he hablado con suavidad, diciéndole que no tenía que preocuparse, que ya estaba en el autobús correcto y que pronto llegaría a su destino. He apoyado mi mano en su bracito, flaco como un hueso, cubierto por un anorak azul como sus ojos.

De pronto, el hombrecillo se ha echado a llorar.

Hemos continaudo hablando, bueno, más bien él hablaba y yo le escuchaba, y me ha contado la historia de su vida, eso sí, abreviada en 20 minutos. Conoció a su mujer y se casó con ella “cuando la guerra, fíjese, señorita”. Pronto concibieron un hijo, un varoncito que murió al año de edad. “Eran tiempos muy duros”. Luego tuvieron una hija, que sobrevivió. Francisco y su mujer intentaron entonces tener un niño, “el chico, que a mí me hacía mucha ilusión”, pero esta vez también tuvieron una niña. Su mujer murió hace un año, a los 90. Francisco tiene hoy 92. “Los he perdido a todos” me ha dicho, con la barbilla temblorosa, mientras se enjugaba las lágrimas de sus ojillos legañosos con un pañuelito todo arrugado. “Mis padres, que murieron hace mucho, mi hijito, mi mujer… y a mis dos hijas. Porque ellas están vivas, ¿sabe, señorita? ¡Si ya son abuelas! Pero no quieren saber nada de mí. Y a los nietos y bisnietos, ni les conozco. Estoy solo. Cada día me hago mi puré, porque ya no puedo comer otra cosa… a mi edad… no se puede comer como cuando uno era joven. Y trato de apañarme solo, pero ya sabe usted…” en ese momento se ha dado unos golpecitos con el dedo en la frente. “Es que ya se me olvidan las cosas. Por eso quiero ir a la residencia. Me cobrarán 14oo leuros, ¿sabe, señorita? ¡Más IVA! Porque ahora  el IVA, está en todas partes… Pero me da igual. Si es que me tengo que dar las inyecciones solo y ya hasta se me olvida… Y mis hijas… Bueno, lo poco que tengo es para ellas, claro. Pero no querrán verme. No me queda nadie que me quiera. Por eso tengo que venir solo, y por eso me he perdido… ¡Qué mal lo he pasado! Fíjese, señorita, que yo soy de Madrid de nacimiento, y he salido de casa y en Plaza de España… ¡no reconocía nada! Y el metro… ¡Uuuuuuh! Tantas estaciones, tantas escaleras… ya no reconocía nada… Yo antes sabía ir… a Embajadores… a Tribunal, a Noviciado… pero ahora ya…”

Hemos conversado un poquito más, pero yo ya tenía que bajarme del autobús. Un chico entonces me ha dicho que él acompañaría al bueno de Francisco hasta la residencia, que vivía muy cerca y no le suponía ninguna carga, ya que se bajaría en esa misma parada.

– Bueno, tanto rato charlando, y no sé cómo se llama.- Le he dicho con una sonrisa.

– Francisco XXXXX XXXX, para servirla a usted en lo que necesite… ¿y usted?

– Yo soy Victoria, Victoria Vázquez.

-Qué nombre tan bonito… es como de reina…

– Bueno, Francisco, tengo que bajarme, pero ese chico de ahí ha dicho que le acompañará a la residencia, ¿de acuerdo?

– Gracias, gracias, señorita… qué buena ha sido usted conmigo… lo que necesite, recuerde que vivo en C/XXXX, nºXXXX, en el tercer piso derecha. Lo que quiera, ahi tiene un servidor- Ha vuelto a echarse a llorar.- Que nadie me haya ayudado salvo usted… qué amable ha sido… qué pena, Dios mío, qué pena…

Le he dejado con el joven que se ha ofrecido a continuar el viaje con él y me he apeado con el corazón en un puño.

Y es que el pobre Francisco es uno de esos olvidados por todos los que vivimos con tantas prisas. Los ancianos  no son bellos, al menos no de la forma que nos venden el cine y la publicidad, están arrugados, sus cuerpos ya no se mantienen erguidos, son torpes, se despistan, repiten sus historias hasta la saciedad, incluso huelen raro, así como a… bueno, como a viejo. Puede ser.

Pero una vez fueron jóvenes, niños incluso, aunque nos parezca extraño. Muchos incluso fueron guapos. Desde luego, hubo un tiempo en el que se valían solos, como cualquier joven, y su mente y sus articulaciones eran, sin duda, mucho más ágiles. ¡Qué malo es el olvido! Pero no el de los ancianos, que olvidan lo que han almorzado ese mismo día pero recuerdan el olor del perfume de su madre, la sonrisa de su primera novia y el sabor de su primer beso.

No, me refiero al olvido que nos borra la memoria, que nos hace despreocuparnos de los demás, ignorarlos en cualquier lugar, esperando que otro, con menos lagunas de memoria se ocupe de aquellos por nosotros olvidados. Y es que no debemos olvidar que nosotros, algún día, seremos como ellos: viejecillos arrugados y contrahechos, con lagunas de memoria y rodillas rígidas, y necesitaremos de los demás. Quizás un día nos perdamos a medio camino entre Plaza de España y Príncipe Pío y necesitemos de la compasión de un extraño que nos ponga de nuevo en el camino correcto.

No conozco a Francisco, no sé por qué está tan solo ni cómo, a sus 92 años no tiene a nadie que le haga ni un  poco de compañía. No sé cuáles han podido ser sus circunstancias, si ha sido una buena o una mala persona, si ha tenido una vida plena o la ha echado a perder… Y no me importa. Sólo sé que es verdad, es muy triste llegar a esa edad, solo, y tener que recorrer la ciudad entera, perdido, angustiado, subiendo y bajando escaleras con su cachava llena de gomitas y sus rodillas esqueléticas, sin que nadie le ayude salvo la policía, que tenga que pincharse, como él dice, solo y que no tenga a nadie que vaya con él a ver esa residencia en la que, probablemente, pase el resto del tiempo que aún le quede.

No le conozco, como digo, pero espero que le acepten, que le den pronto una habitación y que durante el tiempo que Francisco aún esté entre nosotros, su vida sea un poquito más feliz.

Para todos los Franciscos del mundo, para los olvidados por los demás

Victoria.

White Creek Manor, el secreto de los Hawkins

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16 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Davicillo dice:

    Es la primera vez que me dejo caer por aquí desde que me facilitaste el link… y me ha gustao… sí, sí. La próxima vez pasaré sin sentir el peso de la obligación… es bromaaa! Me ha encantado.
    Realmente quería echar un vistazo a ver que te contabas… y sinceramente, me voy con buen sabor de boca… como cuando te metes entre pecho y espalda esas magdalenas de pocholate, jeje!
    Te veo, compi. Un besote.

    1. Uuuuf, es que mis magdalenas de pocholate son mini bombas de felicidad (vaya eslogan, ¿eh?), y si no pregúntale a Marta…😄
      Pues me alegro de que te haya gustado, si es que ya se sabe que entrar le cuesta más a propios que a extraños, y que en casa del herrero cuchillo de palo y todos esos refranes estupendos con que nos habrán regalado nuestras abuelas alguna vez😛

      Nos vemos
      Besazos

  2. 3 claveles dice:

    yo creo que tus historias son lo mejor de lo mejor y estan muy bien argumentadas olle cual es esa en la que sale el colegio san jose

    1. Hola, 3 claveles
      Muchas gracias por tu comentario. Me alegro de que te gusten mis historias. En cuanto a tu pregunta, creo que te refieres a esta entrada Presentación de White Creek Manor en Librería Gil, Santander 27 noviembre 2010 en la que hablo del sábado en el que presenté la novela en Santander y donde me reencontré como María Ángel, la que fuera una de mis profes del colegio San José.
      El viernes 15 estaré en ese centro charlando con los alumnos de primaria y secundaria y después escribiré una crónica del evento que colgaré en este mismo blog. Si eres alumno/a del colegio, allí te veré😉

      Un beso

      1. Maria Jesús dice:

        Hola Vicky¡
        Que vas a ir al Colegio San José este próximo viernes 15? Pues en secundaria (4º ESO) esta mi hijo, alli te vera. Enhorabuena por tu libro, le compraré y me le leere.
        Un beso

      2. ¡Qué bien! Oye, pues que me diga quién es, y así le conozco.
        Muchas gracias, guapa y un besote súper especial para ti también

  3. ¡hola! yo también llevo un tiempo sin pasarme por tu blog (y no por falta de ganas) pero ahora tengo unos minutos libres y voy a ponerme al día.
    Me ha encantado el relato, es maravilloso.
    ¡Saludos!

    1. Hola, Deborah
      Pues bienvenida de nuevo a mi espacio y, por supuesto, tómate el tiempo que desees en él.
      Me alegro de que te haya gustado el post, gracias por tu comentario.

      Un beso

  4. pipermenta dice:

    Hola Victoria hace mucho tiempo que no paso por aquí, en realidad tengo mi propio espacio un poco olvidado y no por falta de ganas. Hoy me he dedicado un poco a pasear por las casas de los vecinos blogueros hasta llegar a la tuya. Como hacía tanto tiempo que no curioseaba en tu espacio tenía perdidas varias entradas. Sinceramente, eres un sol. Entré a verte y me he llevado una preciosa sorpresa. Te diré que me han emocionado tus palabras al mencionarme en tus presentaciones. Se me saltaron las lágrimas y todo. Muchas gracias, guapa. Tuve la sensación de que ya te conocía antes de verte en los vídeos, como si me fueras familiar, no sé, algo muy raro. También he disfrutado mucho con tu entrevista en la cadena SER. Te lo mereces. Te mereces todo lo bueno que te pase en esta vida. Ha sido todo un placer estar contigo al tiempo en el que escribías tu historia y me siento muy orgullosa de ti.
    Tengo que comentarte también que la muerte real de un vecino bloguero me ha dejado un poco conmocionada. Es bastante curioso esto de las relaciones a través de internet. Los lazos que se llegan a materializar me asombran. Se llamaba Ernesto y su blog Testigo. Un hombre caballeroso y siempre atento y educado en todos sus comentarios.
    Bueno, querida amiga, solo quería que tuvieras constancia de que no te olvido. Las buenas experiencias de la vida, siempre dejan huella y como verás, tú la dejaste en mi.
    Espero que seas muy feliz con tu nuevas experiencias y que este no sea el último de tus libros por editar. Yo estoy segura de que no lo será.
    Un besote muy grande y cuídate mucho, mi niña.

    1. Hola, Piper
      Caramba, pues sí, sí que hace mucho que no nos hablamos. Lamento oir de la desaparición de un compañero bloguero, y comprendo que estés conmocionada, ya que aunque los miembros de estas comunidades no nos conozcamos en persona sí que establecemos una serie de lazos que hace que nos sintamos cerca, unidos, aunque sólo sea por nuestra común afición literaria.
      Sé que no te olvidas de mí, y que andarás muy liada, igual que yo, que no escribo mucho no porque no me apetezca, sino por la falta de tiempo y energía provocada por las jornadas laborales extremadamente largas y agotadoras que nos impone la sociedad. Me alegra que te hayan gustado las presentaciones. Al César lo que es del César, que dicen por ahí, y es que me parecía justo mencionar a la persona que estuvo ahí desde el primer post de la novela, la primera que me dejó un comentario haciéndome saber que no estaba sola en el frío espacio virtual y que mis palabras no se perdían en la inmensidad de la red. Me motivaste y me animaste de principio a fin, y eso, para mí, significa mucho.
      Quizás algún día podamos librarnos un rato de nuestras habituales obligaciones para conocernos aunque sea delante de una taza de café.

      Un besote enorme, Piper

  5. Carolina dice:

    Victoria que hermoso tu escrito, me gusto mucho porque yo siempre he sido del parecer de que las personas mayores debemos quererlas, tenia una tia abuela que un dia me dijo: “lo unico que necesita una vieja como yo es que la quieran y que la visiten”, me fascinaba ir alla y escuchar sus historias, cuando murio me senti contenta, porque yo le di lo que ella necesitaba: amor y un poco de atencion al final de su vida. Finalmente eso de que todos vamos a llegar ahi es lo mas importante que has dicho.

    1. Hola, Carolina
      Sí, es cierto que, de todos los ancianos con los que he hablado, he extraído siempre las mismas conclusiones. A cierta edad las ambiciones de juventud quedan muy atrás, y lo único que realmente desean, como bien has diho, es compañía. Pasar el tiempo con personas que les regalen la calidez de su cariño y un poquito de conversación. Y eso es algo que todos deberíamos tener presente.
      Me alegro de que te haya gustado.

      Un besazo

  6. Narayani dice:

    La verdad es que tienes mucha razón en lo que dices. Mi abuela tiene 93 años y está perfectamente, pero aún así alguna vez ha tenido algún problemilla como el de Francisco. Un día se perdió y la verdad es que la pobre lo pasó fatal para volver a casa. Sabía dónde vivía y a dónde tenía que ir pero se desorientó y comenzó a andar hacia el lado que no era y la pobre dio más vueltas que un tiovivo… Da gusto saber que aunque pocos, aún quedan gente como tú y como esos policías que han sido tan amables (seguramente por llevar el uniforme puesto, no sé) con Francisco.
    Buen fin de semana!

    1. Te entiendo perfectamente, Fani.
      Yo ya no tengo abuelillos, hace unos años que nos dejaron, pero pasaron de los 90 y al final nos necesitaban, y mucho, a su lado. Siempre quise especialmente a mi abuelo Eliseo, un escritor frustrado al que he dedicado mi novela, y supongo que por eso la historia de Francisco me ha llegado tan adentro.

      Buen fin de semana para ti también, guapísima

  7. Peonia dice:

    Sin comentarios
    Realmente conmovida, gracias por recordarnos a algunos, que no somos el centro del universo y que nuestras preocupaciones, no son tan terribles como las pintan. Hay que mirar mas alrededor. Buscando a las personas, no traspasandolas con la mirada, como cuerpos trasparentes, sin personalidad. Algun dia, todos seremos Francisco y querré una Victoria a mi lado.

    1. Bueno, qué te voy a contar a ti, si eres de las mías😉
      Siempre tendrás a una Victoria a tu lado, guapa… ¡A mí! >.< Gente como tú bien que lo merece.

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