Puerto Príncipe, 1925

La algarabía del puerto le sobresaltó. Apenas había podido dormir debido a todos los ruidos extraños que poblaban la noche del navío y tenía profundas manchas oscuras bajo los ojos, lo que hacía que aún pareciera más frágil y demacrada. A su lado, su madre se abanicaba con una mano mientras con la otra le aferraba los dedos, temerosa de que pudiera soltarse y perderse. Delante de ambas, su padre, altísimo y esbelto, con el porte de un caballero, observaba impasible la orilla esmeralda que se acercaba perezosamente a ellos. Modisqueaba suavemente la boquilla de su pipa, ya apagada, sumido en sus pensamientos, sin apenas percatarse de la profunda mirada que su hija clavaba en su recta espalda. Al otro lado, la bahía de Puerto Príncipe brillaba como una maravillosa gema.

Anita cambió el peso de su cuerpo de pie, aburrida. Aunque iban a arribar a puerto, aún les quedaba un largo viaje hasta el poblado en el que vivirían durante, al menos, un año. Y, aunque no entendía demasiado bien cuál iba a ser el trabajo de su padre, sabía que, concluidos esos doce meses, regresarían a su casa, en España, con más dinero del que podrían soñar conseguir en la pequeña ciudad costera en la que vivían.

Una mezcla de extraños olores les llegó desde la otra orilla, haciendo que se le revolviese el estómago. Tuvo otro acceso de náuseas y se acercó a la borda, inclinándose sobre ella.

– Cuida de tu hija, Adela, no se vaya a caer al mar y tengamos una desgracia.

La mujer, vestida de negro y con los botones de su sobrio vestido abrochados hasta el cuello, apretó los labios con gesto amargado, se acercó a la niña, le sujetó la frente y el pelo y le susurró con cierta dulzura lastimera.

– Tranquila, Anita, que ya llegamos, hija. Aguanta un poquito, que se te pasará muy pronto…

– Es que hace mucho calor…

– Lo sé, niña, lo sé. Pero una señorita aguanta sin perder la compostura.

La niña asintió y se incorporó, lentamente. Su madre siempre le decía lo mismo, las señoritas esto, las señoritas lo otro… y ella trataba de hacerle caso en todo. Nunca corría, pues una dama no se apresura y corretea como una cualquiera,  procuraba no mancharse las manos ni el vestido ni los delicados zapatitos que tanto les había costado pagar. Por supuesto, nunca se despeinaba, y procuraba que el lazo de satén rosa estuviera siempre en su sitio, en lo alto de su repeinada cabecita. A los siete años, Anita había dejado de ser una niña y parecía una copia a tamaño reducido de su triste y amargada madre. Miró a su alrededor con el ceño fruncido. Una señorita nunca arrugaba la frente, pero la chiquilla encontraba bastante complicado no sentir una punzada de resquemor hacia su padre, que las había arrastrado a ambas a aquel lugar, alejado, caluroso y desconocido, simplemente porque no era capaz de mantener ningún trabajo en su ciudad natal.

El hombre sacó del bolsillo de su chaleco un pequeño reloj dorado, abrió la tapa pulsando un pequeña resorte en lo alto de la cebolleta y consultó la hora. A pesar de rondar los cuarenta años, don Isidoro mantenía un porte elegante, de señor de gran ciudad. Medía casi dos metros, pero lejos de ser desmañado, se movía con fluidez. Su cabello, dorado tiempo atrás, tenía el color de las cenizas, pero era espeso y sedoso, ligeramente ondulado y sus ojos, grises y penetrantes, su nariz afilada y recta y sus pómulos altos lograban centrar toda la atención de sus interlocutores en su rostro, altivo severo, de una extraña y gélida belleza. “Como cincelado en hielo” solía decir Adela, su madre. Y, aunque la niña aún no sabía muy bien qué quería decir su madre cuando pronunciaba aquella frase, impregnándola de rencor, sí que se sentía sobrecogida por aquel hombre al que debía llamar siempre señor o padre, y del cual nunca había recibido ni una sola muestra de cariño en su corta vida.

Unas jóvenes se pavonearon por delante de él, lanzándole miradas atrevidas y el hombre, divertido, se llevó la punta de los dedos al ala del sombrero, como muestra de un respeto que, obviamente, no sentía. Las muchachas ocultaron tras sus guantes unas risitas coquetas y Anita sintió las manos de su madre, clavadas en sus hombros como las garras de un enorme pájaro.

Odiaba a su padre porque hacía daño a su madre con su comportamiento casquivano y desconsiderado.

Y odiaba a su madre por dejarse lastimar por aquel hombre que, para ella, era poco más que un desconocido que vivía en su casa.

Poco a poco, el barco había llegado a puerto y los primeros pasajeros habían comenzado a desembarcar. Sin prisa, Isidoro cogió su maletín y le indicó a un muchachito negro que cargara con el resto de las maletas de la familia y le siguiera, enseñándole una enorme y reluciente moneda. El chico se apresuró a coger todas las bolsas y le lanzó una sonrisa a Anita, que volvió el rostro con aire de suficiencia.

Una señorita no alternaba con los criados.

Este es un extracto de la novela El Umbral.

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¡Gracias!

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