En la Casa de Tía Mae

[…] Queeney frenó el carruaje a la puerta de una casa de ladrillo rojo sin apenas ventanas.

La acera estaba llena de desperdicios, perros sarnosos se peleaban por los restos de la basura y mendigos de todo tipo deambulaban sin rumbo fijo. La calle apestaba a una mezcla de comida pasada, orines y desechos rancios.

– ¡Tía Mae!- gritó Queeney hacia una de las ventanas de cristales empañados por la suciedad. Un rostro mugriento se asomó y les observó con curiosidad.

– ¡Potts! ¡Baja aquí!

La cara se alejó de la ventana y, momento después aparecía en la puerta un mozalbete de unos doce o trece años. Vestía unos pantalones de pana marrón, desgastados y sujetos a la cintura con un cordel, y una camisa con las mangas remendadas que un día seguro que había sido blanca.

Queeney le dio un golpe con la mano abierta en la nuca.

– ¡Ponte derecho, muchacho! ¿Quieres que el nuevo se piense que aquí no se os educa?

El adolescente se irguió y miró a Henry con cara de pocos amigos.

– ¿Dónde está Dobe?

– No lo sé, señor. Salió esta mañana temprano a trabajar y aún no ha vuelto…

– Bueno, no pasa nada. Ya regresará… Vamos a enseñarle a Henry su habitación.

Se encaminaron al interior del edificio, seguidos por la silenciosa Alice. Queeney había posado su mano en el hombro del niño como la noche anterior, pero esta vez sus dedos presionaban sus delicados huesos como las garras de un ave de presa. Estaba claro que esperaba que el chiquillo tratara de salir corriendo y no estaba dispuesto a permitirlo.

– ¿Y tía Mae? ¿Dónde está?

– Ha salido con un cliente, creo…

– ¡Ja! ¿Esa vieja aún tiene clientes? ¡No me lo creo!- rió Queeney.

Comenzaron a subir unas desvencijadas escaleras. A su paso, los niños con los que se topaban se apartaban contra las paredes pegándose a ellas como si quisieran fundirse con el yeso y los restos de pintura. Todos inclinaban la cabeza y saludaban con un hilillo de voz, asustados.

Queeney se comportaba como un gran señor ante la servidumbre mientras charlaba con nadie en concreto acerca de las extrañas costumbres de la tal tía Mae.

– Ya verás como os lleváis bien, muchacho. Es una mujer muy interesante… sobre todo cuando está sobria, claro… aunque borracha es mucho más locuaz. Y tiene buenas historias que contar, no sé si me entiendes… Claro que también tiene un genio de mil demonios, así que yo que tú me andaría con cuidado con lo que dices… Ha trabajado mucho y sus manos son duras como troncos de árbol…

Llegaron al piso de arriba. Un último niño de unos seis años se incorporó de sopetón, saludó y salió corriendo escaleras abajo.

– Como eres un niño muy especial, Henry, vas a quedarte con la cama bajo la ventana. Así respirarás aire fresco y no esta peste…
Potts comenzó a protestar, pero una mirada de Queeney le hizo callar al punto.

– Pero… ¿No iba a trabajar para un hombre rico, señor Queeney?- preguntó Henry algo confuso.

– ¡Oh, pero claro que sí, muchachito! Pero no vivirás con él… Tiene una reputación que mantener, no sé si me entiendes…

– Sí, pero…

– Ya, ya, chico. Vivirás con tía Mae, y cada día acudirás a tu trabajo. Si te portas bien y te esfuerzas, podrás ver a tu madre este domingo…

– Pero…

– Nada de peros. Potts, le acompañarás mañana por la mañana a mi casa. Explícale cómo funcionan aquí las cosas. Sé un buen anfitrión.- se inclinó, poniendo su cara a la altura de la de Henry.- Y tú no me decepciones, jovencito, no olvides que sé dónde viven tu madre y tu hermanita… juntos velaremos por que no les ocurra ninguna desgracia, ¿verdad? Porque quieres volver a verlas, ¿verdad?

– Sí, claro…- El miedo y la aprensión comenzaron a hacer mella en su ánimo. Y es que aquellas palabras le recordaban demasiado a una amenaza, más que a una promesa de protección.

– Pues entonces sé obediente y esforzado. Aprende rápido, sé discreto, no hagas demasiadas preguntas y nos llevaremos muy bien tú y yo… Siempre quise tener un hijo, un chico… no sé si me entiendes…

– Sí, señor…

– Estupendo. Veo que aprendes deprisa. Eso te va a venir muy bien, créeme. Bien. Alice y yo nos vamos. Despídete, querida. Muchacho, mañana a las ocho te quiero en mi casa.

Alice le tendió la mano a Henry, que se la estrechó. Potts hizo una reverencia y luego miró al niño con odio mal disimulado.

Ambos observaron a Queeney y a Alice salir de la habitación.

De pronto, Potts le lanzó un tremendo puñetazo a Henry en el pómulo. El golpe le pilló desprevenido y el niño cayó al suelo.

– ¿Por qué has hecho eso?

– Yo soy aquí el jefe, niñato. No pienses que es tía Mae, ni Queeney, sólo yo, ¿entendido?

– Pues…

– El viejo te quiere para algo, eso está claro, pero aquí yo soy el mejor, y tú no me vas a hacer sombra…

– ¿El mejor? ¿El mejor en qué?

Potts esgrimió una fiera sonrisa.

– Administrando bienes, idiota, ¿o qué te creías?

Henry le miró sin acabar de comprender. La cabeza aún le daba vueltas por el tremendo golpe que había recibido y el pómulo se le empezaba a hinchar y le dolía tremendamente. Pero, aún así, comprendía que se había metido en un lío.

En ese momento entró otro chiquillo. Era menudo, casi escuálido, pero con una mirada inteligente. Sus huesos eran delicados y se movía con una gran agilidad, como un gato, aunque su aspecto era más bien el de un roedor.

– Ah, ¿Estás aquí, Dobe? El viejo ha preguntado por ti.

El niño se encogió de hombros y sorbió ruidosamente por la nariz.

– ¿Y qué?- se rascó la cabeza y luego se miró las uñas mugrientas, buscando liendres en ellas.- ¿Y quién es este?

– El nuevo. Lo ha traído el viejo en persona…

– ¿El viejo solo? ¿O ha venido quien yo me sé con él?

Potts no contestó, pero su sonrisa confirmó lo que pensaba Dobe.

– Vale. ¿Y qué hacemos con este?

– Enseñarle. Mañana, cuando le lleves a casa del viejo, va a estar muy aprendido…

Acto seguido comenzó a descargar golpes por todo el cuerpo de Henry, que se protegía como podía. Dobe se sentó de un salto en la cama y les observó.

Unos gritos estridentes, ruido de carreras por las escaleras y el piso inferior y el llanto histérico de unos niños les avisaron de que tía Mae había llegado.

– Oh, oh, Potts…- canturreó el chiquillo- Ya está aquí. Yo que tú dejaba al nuevo…

Una mujer robusta, con el pelo teñido de alheña se plantó en el dintel de la puerta poniendo los brazos en jarras.

– ¡Potts! ¿Qué estás haciendo?- Le gritó. El muchacho se detuvo, pero ni se envaró ni saludó, sino que se limitó a mirar a la mujer con gesto hosco. -¡Fuera de la habitación! ¡No son horas para estar aquí!

Potts se encaminó hacia la puerta. La mujer seguía ocupando todo el espacio, así que el muchacho se detuvo frente a ella y la miró desafiante. La corpulenta mujer mantuvo su mirada, luego dio un paso a un lado, dejándole sitio y, cuando pasó junto a ella, le lanzó un golpe en la nuca que resonó como un mazazo.

El chiquillo ni se inmutó, sino que continuó su camino escaleras abajo sin apresurar la marcha ni volverse siquiera.

Henry gemía en el suelo, hecho un ovillo. Le dolía todo el cuerpo como si le hubiera pasado por encima un carromato.

Dobe le ayudó a incorporarse con dificultad, ya que no era muy fuerte y le llegaba por el hombro.

La mujer avanzó hacia ellos y, tomando con una mano el rostro de Henry, le miró con atención. Por lo que él pudo observar, ella tenía el rostro maquillado y el carmín, de un rojo chillón, se le filtraba entre las arrugas de alrededor de los labios. Llevaba demasiado kohl en los ojos y advirtió grandes bolsas bajo ellos. El colorete era casi del mismo color que los labios, el cabello anaranjado y con raíces oscuras se le escapaba del moño en mechones ásperos y sin brillo y toda ella exhalaba un aroma dulzón y decadente. Sus manos eran ásperas y duras como las de un hombre, pero sus ojos le observaban con una expresión de lástima apenas disimulada.

– Vaya, te ha dejado la cara hecha un mapa, ¿eh? Bueno, ya aprenderás a defenderte o a escapar de él, como hace Dobe.

– ¿Por qué me ha pegado?

– Por algo que has hecho o dicho, o por algo que no has hecho o dicho… Con ese chico nunca se sabe. Cuando nació algo debió de rompérsele dentro. El caso es que siempre busca alguien con quien pelear. Si eres listo, aprenderás a esquivarle. Si no, es posible que te mate o que os hagáis amigos, como Dobe.

– No es mi amigo, tía Mae.

– Ya, lo que tú digas. Bueno. No hay nada que no cure mi Remedio-Cúralo-Todo.

Sacó de entre el vestido una botella rectangular, le quitó el tapón de corcho y le dio a beber un trago. El líquido, de color ambarino, corrió por la garganta de Henry como fuego líquido, y el muchacho acabó tosiendo, con los ojos llenos de lágrimas, mientras boqueaba entre tos y tos, tratando de respirar.

La mujer se rió y, por un momento, Eel niño pudo ver tras los rasgos ajados a la mujer joven y hermosa que una vez debió de ser.

– Bueno, a esto también te acostumbrarás, muchacho. Y, con el tiempo, hasta te gustará…

– Permítame que lo dude, señora…- logró articular con la voz rota.

La mujer dejó de reír y adoptó un gesto serio y distante.

– Bueno, Dobe, enséñale todo esto a nuestro nuevo compañero. Yo me voy a acostar. He tenido un día muy duro.

Se incorporó con dificultad y salió de la habitación, no sin antes darle ella misma un par de largos tragos a su Remedio-Cúralo-Todo.

Ambos niños permanecieron en silencio, Henry aún tratando de recuperar el resuello, el otro sumido en sus pensamientos.

– ¿A ti también te pega?

– De vez en cuando- el niño con cara de ratón se encogió de hombros.

– ¿Y no haces nada?

– He aprendido a esquivarle, como te ha dicho tía Mae. Cuando tiene esa mirada, sé que no debo ponerme a su alcance, eso es todo. Pero, aun así, a veces me pilla y me pega un rato, hasta que se cansa…

– Pero… ¿no te defiendes?

– Al principio lo intenté, pero no soy suficientemente grande ni fuerte. Bah, no te preocupes. Te acostumbras al dolor y luego ya no es para tanto, ¿sabes? Porque al final siempre acaba parando. Sólo tienes que aguantar un rato. Luego se cansa y te deja en paz un tiempo.

– Hasta que vuelve a pillarte…

– Ah, sí. Claro.

– Alguien debería pararle los pies…

– Pues tú mismo. Si lo logras te felicitaré. Pero no pienses que nadie va a ayudarte aquí. Todos le tememos más a Potts que a tía Mae o al viejo. Incluso más que a la policía.

– ¿La policía?

Henry se sorprendió. Dobe le miró extrañado.

– Claro. Si te cogen te llevan a la cárcel o algo peor. Y ellos también dan buenos chuches con las porras, no te creas…- Instintivamente, Henry se llevó la mano a los puntos de la cabeza.

– Pero… ¿Por qué habrían de llevarnos a la cárcel?

– ¿Es que no te han contado nada?

– ¿De qué?

– De lo que hacemos aquí, hombre…

– No…

– Ah. Ya. Entiendo.

Le miró detenidamente, en silencio. Henry estaba pálido, más por la idea que se estaba abriendo paso en su mente que por los golpes recibidos.

– Aquí todos somos ladrones, ¿sabes?

– ¿Qué?

– Claro. Esto es un orfanato. Nadie nos quiere, hombre. Tía Mae nos da de comer y nos cobija. El viejo nos enseña los trucos y Potts nos enseña por qué no debemos intentar escapar…

– Pero yo no quiero robar…

– Ya, pues mala suerte, hombre. Tranquilo, al principio es duro, pero luego te acostumbras…

– ¿Como a los golpes?

– Sí, hombre, como a los golpes. Bueno, de algo hay que comer, y a tía Mae nadie le paga por mantenernos aquí salvo el Gobierno, que le da una miseria, y el viejo, así que supongo que somos los que, de alguna forma, conseguimos el dinero que él le pasa cada semana. De ahí salen nuestros gastos, hombre…

Henry se pasó una mano temblorosa por los ojos. No se lo podía creer. Había caído en las manos de un hombre malvado de la forma más tonta. Tanto su madre como él habían creído cada palabra de Queeney. Y el comportamiento de Alice, tan educado, tan dulce, había ayudado a sembrar el engaño.

– Consuélate al menos, porque eres el primero al que trae directamente el viejo, hombre… Aquí todos llegamos porque nos traen los policías o los señores del Gobierno. Debe de pensar que eres algo especial. A lo mejor eso te beneficie en algo… aunque de momento tan sólo te haya traído los golpes de Potts… ¿Sabes que el viejo le llama Pott “Post”? Es porque suele hacer de correo para él. Y Alice le llama “Potty” para hacerle rabiar. Potts el Orinal. Es ingenioso, ¿no?

Henry le miraba consternado. El niño semejante a un roedor se reía como si no hubiera pasado nada, como si el muchacho del que hablaban no fuera un ser violento y miserable, como si el viejo no fuera el jefe de un grupo organizado de pequeños ladrones, como si la dulce y hermosa Alice no fuera el gancho consciente de aquella siniestra trama.

– Bueno, ya es suficiente. Me largo de aquí…

– ¡No puedes hacer eso!

Dobe le sujetó por la manga, asustado.

– ¿Y por qué no?

– Pues porque saben dónde vivís tú y tu familia… Oye, pueden hacerles daño. Lo harán, hombre, ya ha pasado antes… el viejo y sus hombres pueden hacerles mucho daño…y tú no querrás que pase algo así, ¿verdad?

Henry guardó silencio. ¿De veras podrían hacerle daño a su pobre madre enferma, a su hermanita pequeña que aún no sabía ni hablar? ¿Cómo podía existir gente tan ruin en el mundo?

Se cubrió la cara con las manos, desesperado. ¿Qué iba a hacer?

– Venga, hombre. Si llegas a los veintiuno te librarás de todo esto. Es decir, si no quieres ser ascendido, claro…

– ¿Ascendido?

– A los que llegan a la mayoría de edad, si quieren, el viejo les convierte en sus guardaespaldas, sus cobradores de deudas… ya sabes. Es lo que quiere Potts.

– ¿Convertirse en matón?

– Claro. Así podrá pegar a todo el mundo sin que nadie le eche la bronca. Y además, está Alice.

– ¿Alice?

– Claro. Potts está enamorado de ella, a su modo, desde luego, porque yo creo que Potts no puede querer a nadie. No lo cuenta por ahí, pero la sigue con los ojos siempre que aparece, le ríe todas las tonterías que dice y se comporta de forma educada. Si casi hasta empina el meñique para tomar té cuando está ella presente…

– ¿Toman el té juntos?

– Sí, a veces vienen por aquí y charlan en la salita con tía Mae. Potts procura estar siempre presente y contar sus proezas de la calle. Y mientras, tía Mae se echa un chorrito de su Remedio-Cúralo-Todo en su té a escondidas. Es whisky, ¿sabes? Dicen que se aficionó a él de joven, cuando perdió a su hijita… desde entonces lo bebe a todas horas, como si fuera agua. Pasa muchos ratos en la cama, a veces sola y a veces con algún cliente. Por eso Potts puede hacer lo que le viene en gana. Y algún día tía Mae será demasiado vieja y ya no pegará esas collejas tan fuertes y él la matará.

Henry le miró más horrorizado aún si cabía. Empezaba a pensar que estaba viviendo una pesadilla.

Dobe le hablaba como quien le enseña la lección a un niño.

– Lo único que no entiendo muy bien es por qué el viejo te ha mandado ir a su casa… sólo Potts y tía Mae han estado allí. Bueno, y yo, a veces. Es todo un privilegio. Seguro que quiere enseñarte cosas importantes…

– Me da igual. No quiero ser un ladrón. Ni tampoco un matón…

Dobe se encogió de hombros.

– Tú mismo, es mejor que te hagas a la idea. Te guste o no vas a tener que hacerlo, así que acéptalo y hazlo lo mejor que puedas. Con un poco de suerte el viejo te encontrará útil y vivirás bien. O quizás te maten antes de que llegues a los veintiuno. Según como lo mires, puede ser una solución en tu caso…- Sonrió con tristeza.

– ¿Cómo dices?

– Aquí pocos pasan de los dieciocho. Yo no creo ni que llegue…

– ¿Cuántos años tienes?

– Ocho.

– ¿Y tus padres?

– Ni idea. No conocí a mi padre, y de mi madre casi ni me acuerdo. Supongo que era muy pequeño cuando me trajeron aquí… Recuerdo que tenía una sonrisa bonita, así que me gusta pensar que era buena y amable. A veces sueño con ella, ¿sabes? Pero como no me acuerdo de su cara tan sólo veo su sonrisa, tan grande que ocupa el cielo entero, como una luna. Es muy raro.

– Mi padre murió en el astillero. Un incendio fortuito, o algo así. Murieron otras 35 personas más. Mi madre está enferma y tengo una hermanita que nació al poco de morir mi padre.

– ¿Te trata bien tu madre?

– Sí. Es muy buena y cariñosa. Y aunque está enferma, nos cuenta siempre un cuento por la noche.

Al recordar su casa, Henry sintió un nudo en la garganta.

– Qué suerte. A lo mejor algún domingo puedo acompañarte a tu casa.

– A lo mejor.

– Si quieres, podemos ser amigos. Un amigo puede ser muy útil aquí dentro. Yo puedo enseñarte a evitar las palizas de Potts y a escapar de la policía. Y tú puedes contarme esos cuentos de tu madre… me gustan las historias, pero no tengo a nadie que me los cuente.

– Vale.

– Estupendo.- Se escupió en la palma y le tendió la mano a su nuevo amigo. El niño le miró, confuso.- Tenemos un trato y tenemos que sellarlo. Escupe y dame la mano. Así sabré que no vas a engañarme.

Henry se escupió en la palma y le estrechó la mano a Dobe con firmeza.

– Bien. Pues ya está- dijo el niño- Ya tienes un amigo. Y te voy a regalar la primera lección.

[…]

Este es un extracto de la novela Los niños Perdidos.

Si te ha gustado y quieres leer más, participa en la encuesta. La novela que reciba más votos comenzará a publicarse en el blog a partir de septiembre.

¡Gracias!

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. angela dice:

    Querida Victoria,
    acabo casi de volver de las vacaciones, y he podido deleitarme en los retratos que no había visto hasta ahora. Me he sobresaltado con el retrato de Samuel, porque… mi hija es muy parecida, sólo que niña.
    ¡Mira que eres cruel! Lo digo por la encuesta: ¿Cómo elegir cuál de las dos quiero leer?: El Umbral… Los niños perdidos… ¡yo quiero leer las dos!. Los niños…pues porque no estaría mal empaparme de ese ambiente de crueldad, real, siempre presente aún en nuestra sociedad, y que aún así siempre me sorprende, me alerta, y para la que pese a todo no sé si estoy lo suficiente preparada, defendida, y además en personajes tan significativos por ser niños, en plena infancia.
    Y en cuanto al Umbral por el tema en sí mismo, aunque ¿tú crees que podré dormir por las noches?. Lo siento: no puedo elegir, aunque si es necesario…. no, no puedo elegir.

    1. Ah, jajaja, sí, a lo mejor soy un poquillo cruel, pero tranquila, que por ser tú podrás leer las dos, pero una antes que la otra, claro.
      La de los Niños Perdidos a mí, personalmente, me encanta, pero hay escenas muy duras, ya que al fin y al cabo trata de la violencia y de cómo nos cambia tanto ejercerla como la que se ejerce sobre cada uno de nosotros, es una novela acerca de la fortaleza de espíritu y la pérdida de la inocencia, por lo que tiene escenas que incluso a mí me dolió escribir (cuando quieres a tus personajes… y el mundo de la infancia también me es muy cercano, aunque no tenga niños). Tiene personajes memorables, tanto entre los adultos (me encanta Tía Mae, una mujer compleja que ha sufrido todo lo posible y más aún si cabe) como entre los niños (Lagartija es mi favorito, y con el tiempo comprenderás por qué). También es una novela acerca de las buenas personas que nos rodean, aunque no nos demos cuenta, por lo que, a pesar de todo, en la oscuridad, podrá apreciarse una pequeña luz.

      Por otro lado, El Umbral es una historia de fantasmas y vudú, en la que aparecen pocos personajes, pero muy intensos, como mamá Régine y la niña Anita, que personalmente me encanta de una forma malvada y retorcida. Si eres impresionable, es posible que te dé un poquillo de yuyu, pero creo que vale la pena si a cambio puedes estudiar el carácter complejo de Anita, basado en alguien muy cercano a mí que hace unos años que dejó nuestro mundo.

      Así que… de momento gana El Umbral, que empezará a aparecer a partir de septiembre y, cuando finalice, supongo que colgaré Los Niños, así que tendréis lectura para rato.

      Espero que te lo hayas pasado estupendamente de tus vacaciones con tu niña y que hayas vuelto con fuerzas y ánimos para afrontar el resto del año hasta las próximas vacaciones.

      Besotes mil y espero seguir viéndote por aquí.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s