La Perla Más Grande Del Mundo

La Perla Más Grande Del Mundo

Tras años de arduo trabajo, la brisa salobre del mar le había curtido la piel, secándola, cuarteándola y oscureciéndola. El reflejo del sol sobre las profundas aguas le había quemado la vista, volviendo sus ojos blancos, y la dura trama de las redes había curvado e insensibilizado sus fuertes dedos.

Había llegado la hora de retirarse.

Así que, aquella noche, reunió a sus dos jóvenes hijos en torno a la mesa familiar y les dijo:

– Muchachos, de un tiempo a esta parte noto que me hago viejo. Mis fuerzas ya no son lo que antaño eran, la vista me falla y los huesos me duelen. Así que creo que llegado ha la hora en que abandone la mar. Mas tengo tan sólo un barco que repartir entre dos hijos. Así que, tras mucho consultarlo con las estrellas, he llegado a la siguiente conclusión: para gobernar un pesquero hace falta un carácter firme como las rocas, un ingenio rápido como las mareas y la constancia de las olas que se baten contra los acantilados. Pero, por desgracia, también necesitaréis dinero, pues habréis de pagar a vuestra tripulación incluso en los malos tiempos. Por ello, aquel de vosotros dos que encuentre la perla más grande en el plazo de tres lunas, será el nuevo patrón, pues habrá demostrado que tiene la firmeza de emprender una búsqueda sin desaliento, la inteligencia para hallar el mejor arrecife, y la constancia para encontrar la perla que busca entre todas las ostras que hallare. Con la venta de la perla, podréis pagar a vuestros compañeros aun cuando la pesca no sea abundante, podréis arreglar el barco de vuestro anciano padre y, quién sabe, quizás incluso comprar una embarcación mayor.

Los hijos miraron a su padre con gran estupor. ¿Acaso la mente de su padre se había nublado?

El primero en salir de su asombro fue el hijo menor que, levantándose con una sonrisa, dijo:

– Está bien, padre. Si es así como has de probarnos, te traeré la perla más grande que se haya visto nunca y así ganaré un barco.

El hijo mayor, sin embargo, permaneció cabizbajo y en silencio.

¿De dónde sacaría él una perla de gran tamaño en tan sólo tres lunas?

Pasaron los días.

El hijo menor cerró un trato con el patrón de un pequeño pesquero y se echó a la mar cada día.

Mientras, el hijo mayor se hizo con todas las cartas de navegación que encontró, se las hizo leer por el maestro de la escuela, memorizando los nombres en ellas escritos, y las estudió ávidamente, hasta que la vista se le nubló.

Y así, trazó cuidadosamente un plan.

Cada vez que su hermano se acercaba a él, ocultaba todos sus cálculos, los mapas y cualquier cosa que pudiera ofrecerle una pista sobre los arrecifes perlíferos que estudiaba.

Por su parte, el hijo menor acudía cada noche a la casa, se sentaba a la mesa y cenaba charlando alegremente con sus padres. Y cuando su hermano ocultaba sus cosas, se limitaba a sonreír y a encogerse de hombros.

Y así, una mañana, hizo un petate y partió al muelle.

Buscó al capitán cuyo barco más se adentraba en las aguas del océano y lo encontró en la taberna.

– Tengo un trato que ofrecerle- le dijo, muy seguro de sí mismo.

– ¿Y qué trato es ese, y por qué habría de interesarme, hijo?

– Me llamo Francisco, y soy hijo del patrón del Stella Maris.

– Qué suerte tienes- se burló el anciano lobo de mar.

– No lo sabe usted bien, patrón.

El hombre se rascó la hirsuta mejilla, observando al muchacho con astutos ojos de rapaz.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué puede querer de mí el hijo de un patrón?

– Necesito su embarcación y su tripulación al completo.

El capitán, al principio, le miró, asombrado. Luego, lanzó una enorme carcajada.

– ¡Muchacho, casi me lo creo!- se dio una palmada en la rodilla mientras se limpiaba una lágrima jocosa de la comisura de los ojos.

– Hablo en serio… Mi padre me ha prometido su barco y a todos sus hombres si cumplo una tarea que me ha impuesto en el plazo de tres lunas.

– ¿Y qué tarea es esa?

– Traer la perla más grande a su casa.

– ¿Más grande?

– Exacto.

– ¿Más grande que qué? ¿Que un huevo de paloma? ¿Que un puño?

– Más grande que la de mi hermano.

– Ya veo.

– He estado días estudiando los vientos, las corrientes, la deriva de las estrellas… todo con tal de encontrar el arrecife más fecundo, aquel con las ostras que den las perlas más grandes y perfectas.

– Ajá.

– Y creo que ya lo tengo.

– Pues enhorabuena, pero… ¿Qué obtendría yo a cambio? Porque supongo que el viaje no lo puedes costear, muchacho…

– No, claro. Pero usted también podría conseguir unas cuantas perlas. Las suficientes para pagar el viaje y más aún…

El hombre le observó, poco convencido.

– ¿Perlas? Yo no sé nada de eso. No sabría qué hacer con un puñado de perlas. Ni siquiera sé a quién podría vendérselas… yo comercio con tabaco, con maíz y patatas… cosas de las que entiendo. Y no puedo embarcarme sólo con una promesa de riquezas.

– Comprendo… ¿Y qué podría hacerle embarcar?

– Bueno, está claro que no tienes nada con qué pagarme…

– Supongo que no.

– Pero una promesa de pago, hay que avalarla de alguna forma…

– Usted dirá.

– Quiero estar seguro de que, a pesar de que pierdas la apuesta, podrás pagarme.

– Me parece justo. ¿Qué quiere que ponga como aval?

– Tu vida.

– ¿Mi vida?

– Es justo, ¿no? Me pides mi embarcación y mis hombres, pero no me ofreces más que palabras y sueños. Mientras, te alimentaré, te daré un camastro en el que pasar las noches, una manta con qué cubrirte… así pues, debo asegurarme de que todos mis esfuerzos, todo lo que te esté dando, tendrá un fruto al final del viaje.

– ¿Y para qué quiere usted mi vida? No se puede hacer nada con una vida ajena…

– Si hacemos el viaje en balde, mis hombres te despellejarán vivo. Así aliviaré su ira. Además, saber que tu vida depende de que halles la perla más grande te hará no más inteligente, pero sí más esforzado.

El muchacho guardó silencio, contemplando la desgastada madera de la mesa.

– Está bien- dijo al cabo de un rato, con un suspiro de resignación- Me parece justo. Yo tendré mi perla… o usted tendrá mi vida.

– Bien, hijo. Zarparemos dentro de tres días, con la marea propicia. Te aguardaré aquí mismo de buena mañana. Haré redactar un documento de pago y, en cuanto lo hayas firmado, podrás embarcar.

El hombre se incorporó trabajosamente y salió del local, dejando al muchacho abatido, mirándose las manos, con los hombros encogidos.

Por la noche se sentó en la mesa familiar, frente a su padre y apenas tomó bocado. Sin embargo, su hermano ocupó su sitio frente a su madre con su habitual sonrisa en los labios. Ninguno de ellos pronunció palabra, pero para Francisco la situación estaba clara: la alegría de su hermano desde el principio de aquella misión loca se debía a que había encontrado ya la perla, pues de lo contrario no andaría por el muelle despreocupadamente.

Aquello le hizo sentirse aún peor, pues ¿Acaso no debía de superar a su propio hermano? Así que, tumbado en su lecho, contemplando las maderas del techo, se dedicó a imaginar el tamaño de la perla que Joaquín debía haber hallado.

Lo más posible era que tuviera el tamaño de una avellana. Y aquél era un buen tamaño para una perla. Francisco no había visto ninguna así.

O quizás era tan grande como una almendra…

Finalmente, se quedó dormido pensando que, probablemente, su hermano había encontrado una perla del tamaño de una nuez.

A la mañana siguiente, partió rayando el alba.

El cielo aún tenía un suave tono lavanda, la mar parecía en calma y una suave brisa le acarició los cabellos. Era un buen momento para partir.

En silencio, procurando no despertar a nadie, tomó su petate y se encaminó al muelle. Apenas había descansado y el ánimo le pesaba como una losa, pero nada en el mundo le haría desistir. Encontraría la perla adecuada y regresaría triunfal para hacerse cargo de la nave de su padre.

El patrón aguardaba ya en el muelle, sentado sobre el noray al que estaba amarrada su embarcación y dando caladas a una preciosa pipa tallada en una curiosa madera de un marrón profundo, casi negro. Una hilera de hombres cargaba pesados fardos desde un almacén, con la espalda doblada y la vista baja. Pocos de ellos llevaban camisa y su piel era oscura y estaba brillante de sudor.

– Vaya, muchacho, te has atrevido a venir…-le saludó sonriendo.

– Soy un hombre de palabra, capitán. Con el tiempo se dará cuenta.

El patrón hizo un gesto con la mano y tras él apareció un hombrecillo vestido con un sobrio traje de paño negro. Portaba una especie de carpeta de cuero de la que extrajo un documento.

– Este es el contrato del que te hablé. Léelo y fírmalo si estás conforme, hijo.

– Yo no sé leer.

El hombre del traje oscuro se colocó unas pequeñas gafas redondas sobre el puente de la nariz y leyó, con voz clara:

– “Yo, Francisco Mares, hijo de Juan Mares, patrón del Stella Maris, por la presente me comprometo a hallar, en el plazo de tres lunas, una perla más grande que la de mi hermano Joaquín Mares o, de lo contrario, a pagar a Pedro Hernández, patrón del Aureus, con mi vida. Durante el trayecto, además, trabajaré como cualquier marinero a las órdenes del capitán y habré de pagar con una perla cada día que hayamos de permanecer alejados del rumbo habitual de la nave.” ¿Estás de acuerdo, joven?

– Sí. Eso fue lo que hablamos.

– Pues firma aquí, entonces.

El hombre le tendió la carpeta con los documentos y sacó una pluma y un tintero de una bolsa que colgaba en su costado.

Con un sudor frío y el corazón acelerado, Francisco trazó una larga X en la parte final del legajo.

– Bueno, deja tu petate aquí mismo y empieza a subir fardos como los demás.

– ¿Va a hacerme cargar como un vulgar porteador?- se sorprendió Francisco.

– ¿Quieres ser capitán? Pues sé antes un marinero. No vas a viajar gratis, chico. Nadie lo hace. No en mi barco.

Francisco dudó pero, al cabo de unos segundos, se dirigió al almacén y cogió el primer saco que encontró. Lo sujetó con fuerzas y trató de echárselo a la espalda, pero el contenido se desplazó y el peso le venció, casi derribándole.

Un hombrecillo pequeño, seco y enjuto como una rama, se acercó a él y le observó impasible.

– Debes hacer que te lo carguen a la espalda- comentó, después de verle intentarlo un par de veces más en vano.

– ¿Puedes ayudarme tú?

– Claro.

El hombrecillo levantó el fardo como si estuviera lleno de plumas y se lo dejó en la espalda. Luego le cogió las manos y se las colocó, una sujetando la parte superior del saco, la otra sirviendo de apoyo para la carga.

Francisco sintió que las piernas se le doblaban, pero avanzó con gesto orgulloso.

Al pasar por delante del patrón, no pudo evitar ver que el hombre se reía entre dientes, mordisqueando su extraña pipa, como si todo aquello fuera una broma. A pesar de ello, el muchacho dominó su rabia y continuó avanzando.

Pasaron lo que él creyó que eran horas y subió una incierta cantidad de sacos a la embarcación cuya bodega fue llenándose poco a poco.

Cuando hubo acabado, su camisa estaba oscura como la piel de los demás porteadores, y empapada como si se hubiera arrojado de cabeza a la mar. Le temblaban las piernas y los brazos y tenía la garganta seca y áspera.

Y aún así, cuando el patrón dio la orden de soltar amarras, se sintió embargado por una alegría rabiosa.

Observó la línea del embarcadero alejándose de ellos. En la orilla, algunas personas agitaban sus manos, despidiéndose de los tripulantes.

Entre ellos, le pareció ver el rostro serio de su hermano Joaquín, así que irguió la barbilla y enderezó la postura.

“Que me vea bien” pensó “porque cuando vuelva, lo haré con la mayor perla del mundo”.

Tardaron casi una luna completa en alcanzar su destino, en los mares del sur, pues el capitán se detuvo en todos los puertos en los que acostumbraba comerciar.

Cada día, Francisco trabajaba en cubierta, limpiando el suelo, amarrando aparejos, cargando y descargando mercancías, como un marinero cualquiera.

Cuando por fin llegaron a la costa, Francisco contempló las azules y cristalinas aguas e imaginó que allí, en el fondo, oculta a la vista de todos, estaba la gran perla que buscaba.

Y así, buscó en el poblado de la playa unos cuantos muchachos a los que contrató para que se sumergieran una y otra vez en busca de su tesoro.

Cada amanecer, los jóvenes, delgados como serpientes marinas, se lanzaban de cabeza al mar y avanzaban, ondulantes como delfines, hacia el fondo, sujetando un pequeño cuchillo entre los dientes. Cuando subían, lo hacían con gritos de júbilo, mostrando en sus oscuras manos perlas redondas, blancas y brillantes.

Y, aunque eran unas perlas muy hermosas, su tamaño nunca era suficiente para Francisco, que las rechazaba moviendo la cabeza de un lado a otro.

Un día, el mismo hombre que le hubiera ayudado a cargar los fardos, se le acercó y le dijo, clavando sus negros ojos en las profundas aguas.

– ¿Por qué no lo deja ya, hombre? Ha conseguido unas cuantas perlas, de todos los tamaños y de todas las formas.

– Pero ninguna es suficientemente grande.

– ¿Y cómo va a saber cuándo parar? ¿Sabe ya acaso el tamaño de la perla de su hermano? ¿Sabe siquiera si su hermano ha encontrado algo?

Pero Francisco no contestó, sino que siguió contemplando las inmersiones de los muchachos con una mirada fiera, los puños apretados, la mandíbula rechinándole y los ojos enrojecidos.

Poco a poco, la barba le creció, poblada, y la piel, renegrida por el sol y el salitre, se le fue pegando a los huesos, pues pasaba el día entero en la orilla, dando vueltas como un animal enjaulado, inquieto, observando el jubiloso buceo de los jóvenes salvajes.

El capitán le observaba, mascando su pipa, con el ceño fruncido.

Y Francisco pareció envejecer veinte años en un mes. Los ojos se le hincharon y casi se le secaron y sus manos se convirtieron en unas garras resecas, como de madera, con las que se arrancaba mechones de cabello, ya gris y quebradizo, entre maldiciones y rechinar de dientes.

Porque en su mente, la perla de su hermano tenía ya el tamaño de un huevo de paloma, y nada podía superar su belleza.

Finalmente, decidió sumergirse él mismo, una y otra vez y otra, cada vez más profundamente, en busca de las ostras más grandes, de los arrecifes más alejados de la costa, los más profundos.

Los jóvenes dejaron de trabajar para él y cada mañana las gentes del poblado se acercaban a la playa para ver a aquel extranjero loco que cada día expoliaba sus arrecifes para arrojar cada perla de nuevo al mar, pues ninguna era suficientemente hermosa, suficientemente grande.

Una noche, el capitán se acercó a Francisco, que tenía en su mano lo que parecía una perla negra del tamaño de una cereza.

– ¿Esa también vas a arrojarla al mar, muchacho?- le preguntó, prendiendo su pipa.

– No es suficientemente grande.

– ¿No es acaso la más grande que has encontrado hasta ahora?

– No es suficiente.

El capitán observó su barba descuidada, sus cabellos grises, y su mirada perdida y supo que el pobre Francisco había descendido a unas profundidades que nada tenían que ver con las que él conocía. Su mente se había perdido en un pozo de aguas negras de las que, probablemente, nunca más emergería.

– He encontrado a alguien que podría comprar esa perla tuya. Dámela y salda así tu deuda. Volveremos a casa.

– ¡No!- gritó Francisco- No la he hallado aún… ¡No puedo regresar! Joaquín habrá vuelto con una perla enorme… ¡y yo debo superarle!

– Recuerda que me debes tu vida. Y mañana finaliza el plazo. Si no has encontrado la perla más grande, habrás de pagar. Abandona esta noche, regresemos… Mis hombres están inquietos y murmuran a escondidas. ¿Acaso una empresa como esta vale el precio que has ofrecido?

Pero Francisco permaneció con la mirada clavada en las aguas oscuras, sus pensamientos perdidos en algún lugar de aquel extenso arrecife.

– Mañana- susurró, como si hablara para sí- Mañana la encontraré.

Con un suspiro, el capitán tomó la perla, igual que hubiera tomado muchas otras, y se alejó.

La mañana siguiente amaneció oscura. Fuertes vientos golpeaban la playa, levantando nubes de arena que azotaban la piel, castigándola como pequeños dientecillos de crueles demonios que se incrustaran en ella. Las gentes del pueblo corrieron hacia el interior de la isla y los marineros temieron que se desencadenara una de las mayores tormentas que jamás hubieran sufrido mientras las olas agitaban el casco del barco como manos infantiles que jugaran con la cáscara de una nuez.

Francisco se acercó a la orilla y, sujetando el puñal entre los dientes, se sumergió una vez y otra, y otra y otra más, haciendo caso omiso del color gris acero de las aguas y del tamaño creciente de las olas.

Desde la orilla, el capitán le llamaba con una voz que se llevaba el viento, haciendo enérgicos gestos con los brazos.

La fría luz de los rayos rasgó el cielo y las nubes se volvieron negras. El viento encrespó aún más el mar, hasta levantar olas que saltaban sobre la proa del barco.

Mas en las profundidades todo permanecía en calma.

Cuando Francisco notó que ya apenas le quedaba aire en los pulmones, ascendió hacia la superficie, pero todo estaba oscuro y, por más que le pareció que subía, no lograba salir. El aire se le agotaba y el corazón le latía con fuerza.

Agitó los brazos, se impulsó con las piernas, y aún, por más que nadaba, a su alrededor sólo había agua.

Y cuando creyó que ya estaba todo perdido, sintió alrededor de su pecho unos fuertes brazos que tiraban de él hacia arriba.

Aturdido, se dejó llevar fuera del agua y después corrió, todavía sujeto por su salvador, hacia el interior de la playa, hasta una cueva.

En la oscuridad, escuchó dos pedernales entrechocando y una cálida llama calentó sus empapados y ateridos huesos.

Buscó con la mirada perdida a su salvador.

– Francisco, eh, Francisco, soy yo, Joaquín.

El rostro de su hermano le observaba, iluminado por la roja luz de la hoguera, preocupado.

– Has ganado, ¿verdad?- le preguntó el mayor, abatido.

Joaquín movió la cabeza de un lado a otro con tristeza.

– Sabía que pasaría esto. Por eso vine a buscarte. Llevo casi un mes en la isla. Cuando el notario me enseñó el contrato que habías firmado con el patrón, intenté detenerte y corrí al puerto, pero ya habías zarpado. Te seguí en el barco de padre…

– ¿Has encontrado la perla?

– He encontrado una perla, sí.

– Lo sabía. Así que has ganado.

– He encontrado una perla. Es negra y tiene el tamaño de una cereza…

Francisco le observó, sin acertar a comprender, pues su mente aún estaba nublada por la sensación de derrota. ¿Acaso su hermano había encontrado una perla como la suya?

– Pero no la he encontrado exactamente, hermano, se la he comprado a un capitán de un barco mercante. En esta misma isla.

– ¡Mi perla!

– Sí. Nuestro padre nos envió a una misión absurda. ¿Cómo podría yo saber que la perla que encontrara sería más grande que la tuya? ¿Cómo saber cuándo detenerme? Así que me conformé con perlas más pequeñas. Muchas perlas, Francisco, que vendí en el mercado. Logré mucho dinero. El suficiente al menos para comprar todas las demás perlas que regalaste al capitán. Y aún más dinero para comprar tu perla y, con ella, tu vida.

El llanto atenazó la garganta de Francisco.

– Pero… ¿por qué?

– ¿Por qué? ¿Por qué conformarme con perlas menores? ¿Por qué seguir al loco de mi hermano? ¿Por qué querer ayudarle y salvar su vida y su razón?

– Hermano…

– Tengo dinero suficiente, Francisco, para comprar el barco de padre y seis barcos más, si fuera necesario. Y tú tienes la experiencia y la constancia. Juntos, hermano, juntos es como debemos enfrentarnos al futuro.

– ¿Juntos?

– Sí. Juntos nos haremos cargo del negocio. ¿Por qué enemistarnos? ¿Por qué luchar entre nosotros…? ¿Acaso este viaje no te ha enseñado nada, hermano?

Francisco clavó los ojos en las llamas danzarinas, con un nudo en el pecho.

Se había embarcado en una loca empresa sin pensar en las consecuencias, había desconfiado de su hermano, de aquel que le había seguido para protegerle y ayudarle, abandonando la comodidad de su pequeño hogar, y casi había perdido la cabeza y la vida por su empeño en ganar en aquella descabellada carrera contra sí mismo.

Joaquín y él siempre habían sido uña y carne. Se habían criado juntos, habían superado todas las dificultades juntos. Cuando uno de ellos tenía un problema acudía al otro, sabiendo que podía confiar a ciegas en aquella otra mitad. Francisco siempre había sentido a Joaquín como una extensión de sí mismo, su parte serena y racional.

Y, sin embargo, durante aquel viaje no había hecho más que pensar en él de las más horribles formas, odiándole, incluso, por considerar que había encontrado una perla mayor que la suya.

Y odiándole, se había odiado a sí mismo, llegando casi hasta el punto de matarse por sumergirse una vez más, más profundamente, durante más tiempo, para hallar una perla que, sin duda, no existía.

Francisco sonrió, alzó el rostro hacia el techo de piedra y lanzó una carcajada que liberó su corazón del peso que le había oprimido todo aquel tiempo.

Sintió el alma ligera y tuvo ganas de reír, de llorar y de bailar bajo las estrellas, todo al mismo tiempo.

Así que se dijo que algo sí que había aprendido de aquel viaje:

La perla más grande del mundo, la más valiosa, estaba en aquella cueva.

Y le contemplaba desde el otro lado de la hoguera.

Madrid, 18 de junio de 2009

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. angela dice:

    ups… qué lapsus, la verdad es que como lo hago todo corriendo, en cuanto vi el retrato lo asocié con Mery Beth. Buena idea la de hacernos conocer a los protagonistas de la historia de esta manera…. y también a la bestia, porfi, aunque sea un retrato de Edward, sin transformarse.
    Estoy encantada con los retratos sobre la Mar, espero tu favorito.
    Estaré más atenta la próxima vez, las prisas no son buenas para nada
    Un saludo y buenas noches

    1. Jajajaja
      No pasa nada. Si es que, en estos tiempos, andamos todos de un apresurado…
      Bueno, el siguiente retrato que Pearson logró restaurar es el de la tía de Margaret, Ellen Wilcox. Con ésta no hay pérdida, ya verás como la reconoces en cuanto la veas.
      Y paciencia, ángela. Tus deseos se verán cumplidos, ya lo verás.

      Besotes y dulces sueños

  2. angela dice:

    Felicidades, querida Victoria!

    Veo que Pequeñitos, que no diminutos, sigue creciendo. Me encantó Más allá del séptimo mar, aunque no tuve el tiempo suficiente para comentártelo, su lectura me fascinó tras el cúmulo de emociones que me embargaban cuando leí El pirata y la sirena. Pero éste último, La Perla más grande del mundo, me ha dejado un buen sabor de boca, cierto es que no apreciamos lo suficiente a quien tenemos junto a nosotros, cada día, con quienes superamos todas las dificultades del camino.
    Por cierto: ¡vaya fuerza tiene el retrato de la amada de Hirst!, me la imaginaba una belleza más volátil, o mucho más frágil, pero ¡menuda expresión y menuda mirada!, no me extraña que nuestro artista luchara hasta el final por ella.

    Un abrazo.

    1. Hola, Ángela
      Ya te echaba de menos y me prguntaba dónde estarías
      Me alegro de que los cuentos te vayan gustando. Como ves, los escribí bastante antes de lanzarme a la aventura del mundo novelesco con White Creek Manor. Tanto la perla como el séptimo mar pertenecen a la pequeña recopilación Cuentos de la Mar, formada por tres cuentos que envié durante un par de años al concurso “Santoña…La Mar”. Aún falta mi favorito, El Abrazo del Mar, que subiré en breve.
      En cuanto al retrato, cuidado, no es Mary Beth, sino la malograda Margaret Wilcox. Hoy o mañana os mostraré a su tía, Ellen. Poco a poco intentaré que vayáis conociendo a los protegonistas de la historia, aunque no es fácil, ya que algunos de los bocetos, como recordarás, resultaron seriamente dañados en algún lugar entre White Creek y el hotel Calcasieu.😉
      También seguiré explicándoos cositas acerca de la creación de una narración y, cómo no, seguiré contándoos cuentos.

      Un beso enorme

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