Más allá del séptimo mar

De tanto trabajar a la orilla del mar, sus manos se habían endurecido por el salitre.
Sus pies, acostumbrados a andar entre las rocas, eran fuertes y ágiles.
La fría brisa había curtido su piel, oscureciéndola, y sus ojos, de tanto vigilar las olas, eran de un tono a medio camino entre el verdiazul del mar y el turquesa del cielo.

La llamaban Carmencita la Bella. Bella porque en verdad sus facciones eran hermosas. Carmencita porque, de tanto tiempo que había pasado con las piernas bañadas por el mar, el cuerpo se le había quedado pequeño como el de una niña.

Pertenecía a una de las familias más pobres del pueblo. Pero no siempre había sido así.

Su padre había perdido su embarcación y parte de su tripulación años atrás. Y quizás podría haber superado aquel trance, de no ser por que había decidido encontrar consuelo a su desgracia no en el fondo de una botella, sino en el fondo de todas las botellas de la taberna del lugar.

Las familias de sus hombres le culparon entonces de la desgracia, y el resto de las gentes del pueblo comentaron que el patrón infortunado sólo sabía navegar en un vaso de ron.

A partir de aquel momento, Carmencita y su madre comenzaron a trabajar en la playa y los acantilados.

Cuando bajaba la marea, se juntaban con otras pobres gentes y, con la espalda doblada y las faldas arremangadas hasta las rodillas, recogían todos los frutos que el mar había tenido a bien depositar en la arena.

Por su parte, Carmencita, armada con una pequeña navaja y una bolsita que colgaba de su costado, corría con los hombres hacia las rocas para arrancar mejillones, percebes y lapas, que luego vendían a la fábrica del pueblo.

Las más pequeñas, aquellas que no podían vender, las hervía la amargada María en un requemado puchero.

Juan, un día de lucidez, compró una pequeña barca con la que realizaba pequeñas excursiones en solitario para pescar con su caña pero, como siempre llevaba con él a su compañera de cristal, la mayor parte de las veces se dormía, mecido amorosamente por la mar, y volvía a su casa con las manos y el estómago vacíos.

María odiaba su vida, y no dudaba en pregonarlo con duras palabras dirigidas como puñales hacia Juan.

No obstante, Carmencita disfrutaba con entusiasta alegría de su trabajo.

De vez en cuando, se detenía en su labor, enderezaba la espalda y escuchaba el viento, que le traía voces como de mujeres y niños alegres, que parecían llamarla.

-Es la mar, que te llama, Carmencita- Solía decirle el anciano Esteban, el mariscador más viejo del pueblo.- Pero tú no escuches, no vayas hacia ella, porque se te llevará allí donde la luz del sol nunca llega y morirás helada en su inmensidad.

Pero Carmencita no tenía miedo.

Cada mañana, cuando el sol comenzaba a teñir de dorado las arenas, corría hacia el acantilado, se subía a la roca más baja y avanzaba hasta que las olas le lamían los pies, mirando hacia la lejanía con los ojos brillantes de una salvaje alegría.

Cuando las olas se replegaban, cogiendo carrerilla para volver a lanzarse contra las rocas, el fragor parecía decir: “Caaaaaaaaaaarmeeeeeeeeeennnnnnnnnn…”
Y cuando el mar se arrojaba con fuerza hacia ella, parecía exclamar “… ciiiiiitaaaaaaaa”

Y Carmencita, sintiéndose bendecida por aquella fuerza primigenia, saltaba alegre y gritaba “¡Hola, Mar!” con todas sus fuerzas, levantando los brazos como si quisiera tocar el cielo.

– De tanto estar con los pies en el agua, ésta se te ha metido en el cerebro y te lo ha podrido.

Solía decir su madre con su acostumbrado tono de amargura.

Pero Carmencita no le hacía caso.

– Algún día, madre, la mar nos ayudará. Lo sé. Algún día, fíjate bien lo que te digo, las olas nos traerán la dicha y la prosperidad.

– No te engañes como una tonta. La mar sólo ha traído desgracia a esta familia. Le arrebató a tu padre su barco y a más de la mitad de sus hombres. ¿Has visto que Juan traiga alguna vez pescado a casa? No, claro que no. Se va todas las mañanas con los ojos rojos y una botella llena bajo el brazo y regresa con los ojos aún más rojos y la botella y la cesta vacías. Eso es lo que le ha hecho la mar a tu padre.

– ¡Eso se lo ha hecho él solo!- contestó la muchacha, desafiante.

La bofetada sonó como un estallido, y Carmencita sintió que la mejilla le ardía.

Esa fue la última vez que madre e hija hablaron.

Desde entonces, María se quedaba en la playa, con la falda arremangada y los pies hundidos en la arena, mientras Carmencita corría hacia las afiladas rocas, con su cuchillo, su cesta y su fiera alegría.

Los hombres la miraban con algo de temor. Esteban, sin embargo, le sonreía siempre con su boca casi desdentada.

– Es hija de las olas, hermana de la espuma, y su marido, sin duda, llegará de la mar, pues su madre de zafiro se lo traerá. Creedme- decía, moviendo el cuchillo frente a su cuarteado rostro.- Ya lo he visto antes.

Y cada mañana, Carmencita seguía subiéndose a su negra roca a darle los buenos días a las olas.

Pero, un día, algo cambió.

Carmencita se levantó corriendo, como siempre, se bebió su tazón de leche aguada y devoró su rebanada de pan duro antes de salir, rauda como el viento, hacia su roca.

Cuando llegó, alzó los brazos, separó las piernas para afirmarse sobre la resbaladiza superficie y gritó: “¡Hoooooooooolaaaaaaaaaaaaaaa, Maaaaaaaaaaar!”

Y entonces, en lugar del fragor de las olas, escuchó una especie de bocina, profunda, que le reverberó en el pecho.

Frente a ella, el navío más hermoso que jamás hubiera visto, avanzaba hacia puerto, haciendo vibrar el aire, con la tela blanca de las velas agitándose, hinchándose con la brisa, como si también ellas la estuvieran saludando. El casco negro rompía la superficie del mar, apartando la espuma ante sí y las gaviotas parecían guiarles, riendo, hacia el puerto.

– Son los nuevos soldados, Carmencita- le dijo Esteban con su boca desdentada. – Van al fuerte. ¿Por qué no te acercas a verlos?

– ¿Por qué iba a tener interés en ver a unos soldados?- dijo, encogiéndose de hombros.

– Porque desfilarán hasta las puertas de su fuerte. No hay nada más impresionante que un desfile de soldados, con sus magníficos uniformes, sus armas relucientes, todos marcando el mismo paso, haciendo sonar sus botas contra el suelo como un enorme tambor…

– Tengo mucho trabajo que hacer…

– Bueno, tú ve y me lo cuentas. Y yo compartiré contigo mi pesca, ¿de acuerdo?

– ¿En serio?

– Claro. Iría yo mismo a verlos, pero estará todo el pueblo, y no lograré abrirme paso entre ellos para acercarme a la primera fila… y, francamente, Carmencita, mi vista ya no es lo que era… Sé tú mis ojos. Ve y luego me lo cuentas. Pero fíjate bien, porque quiero que me des todos los detalles, ¿de acuerdo?

Carmencita asintió y corrió hacia el puerto, intentando ser de las primeras en llegar.

Pero claro, cuando logró acercarse al maravilloso velero, todo el pueblo estaba congregado a su alrededor. No obstante, como Carmencita era pequeña como un niño y ágil como un ratoncillo, logró abrirse paso entre los cuerpos hasta colocarse en primera línea.
Y cuando los soldados desfilaron justo delante de Carmencita, algo se quebró dentro de su alma. El hombre que marchaba en cabeza, el que ella supuso que era el capitán, era el hombre más hermoso que jamás hubiera visto.

Se quedó boquiabierta, las manos se le helaron y el corazón galopó en su pecho hasta que pareció que se le iba a salir.

Lejos de quedarse quieta, avanzó con ellos todo el trayecto, hasta la puerta misma del fuerte, sin apartar su mirada del joven capitán.
Y aún cuando las puertas del fuerte se cerraron tras el último soldado, Carmencita permaneció de pie, con la vista clavada en las hojas de madera de roble y la imagen de aquel rostro prendido en su corazón.

Reaccionó un rato después y, lejos de correr hasta las rocas, caminó, ensimismada y cabizbaja, sin rumbo.

No tenía esperanza alguna. Aquel capitán le había robado el corazón sin saberlo y ella no tenía ninguna oportunidad siquiera de acercarse a él. Y, aunque pudiera ¿Por qué habría de fijarse siquiera en una muchacha vulgar como ella? No. Debía desistir. Intentó ordenarle a su corazón que se calmara, pero fue en vano.

Y así, sin casi darse cuenta, llegó al malecón y, con un suspiro, se sentó y contempló el hipnótico devenir de las olas.

– ¿Qué voy a hacer?- se dijo.

Y cogiendo una diminuta piedra, la arrojó al mar. La piedrecilla se hundió con un chapoteo.

“Caaaaaaarmeeeeeeeen… ciiiiiiitaaaaaaaaaa”

Le pareció decir la dulce voz del mar.

– ¿Qué quieres? Déjame. No quiero hablar con nadie.

“Seeeeeeeeeeeeeeeráaaaaaaaaaaa paaaaaaaaaaara tiiiiiiiiiiiiiiiii”

– ¿Cómo va a ser eso, si soy pobre y pequeña?

Y por una vez sintió lo mismo que sentía su amargada madre al despertarse cada mañana. Se sintió atrapada en su cuerpo y en su vida. Sintió que no podía hacer nada por cambiar aquello que la inmovilizaba en una vida anodina, sin posibilidad de aspirar a algo mejor. Se sintió, más que pequeña, ínfima, vulgar, mediocre y, sobre todo, estúpida, por haber albergado alguna vez esperanza, por haberse creído feliz y, por encima de todo, por haber pensado una sola vez que era fuerte como el mar.

“hiiiiiiiiiiiijaaaaaaaaaaaaaaaaa míííííííííííaaaaaaaaaaaaaaa”

Una ola se alzó súbitamente, acariciándole los pies.

Y entonces Carmencita corrió y corrió hasta llegar a las rocas, donde se tumbó boca abajo y se echó a llorar.

Lloró y lloró, derramando tantas lágrimas que podrían inundar la misma mar.

Lloró y lloró hasta que sintió una mano áspera sobre su hombro.

Y al volverse vio a Esteban, que la contemplaba con sus ojos casi ciegos, y una gran lástima.

– ¿Qué te pasa, niña? ¿Es que no te han gustado los soldados? ¿No ha estado bien el desfile?

– El desfile fue precioso, Esteban. Y los soldados son impresionantes…

– ¿Entonces? ¿Qué le puede ocurrir a la Bella Carmencita?

– Pues que ni soy bella ni soy…- se interrumpió

– ¿Carmencita?- sonrió- Pues claro que sí, tonta- sonrió el anciano, sentándose con un suspiro de esfuerzo junto a ella- Eres Carmencita, mi Carmencita. Carmencita la Bella. ¿Cómo puedes dudarlo?

Ella le miró, con los ojos aún llorosos, y el anciano asintió, comprendiendo.

– Bien, ¿quién es él? ¿Un soldado? ¿Un teniente?

Ella movió la cabeza de un lado a otro, enjugándose las lágrimas.

– No. Es el capitán.

– Oh. Ya veo.

– Pero es imposible…

– Bueno, no hay nada imposible… Yo creo que puede que ese capitán tuyo, tenga que ser tu capitán, de alguna forma.

– Eso me han dicho las olas…

– ¿En serio?- Ella asintió, con la mirada fija en las rocas a sus pies.- Bueno, pues si ellas lo han dicho…

– ¡Eso es una tontería.! Mi madre dice que la mar no trae nada bueno. Que ella nos lo arrebató todo, que arruinó a mi padre…

– Bueno, bueno, calma, niña- le tranquilizó el anciano.- La mar hace cosas que están bien. ¿De dónde crees que salen los percebes, las lapas y las almejas? ¿eh? Ella te refresca cuando llega el verano, ¿no?

– Pero hundió el barco de mi padre…

– Eso fue un accidente, querida niña. Y además, aunque le hubiera arrebatado el barco, ahora te ha entregado a ese capitán tuyo, porque, que yo sepa, es la mar la que ha traido ese barco.

Ella continuó mirando al suelo, aunque algo más serena.

– No desesperes. Yo creo que, algún día, algo ocurrirá. Algo que hará que ese muchacho tuyo se fije en ti. ¿Y sabes lo que verá?- ella volvió a mover la cabeza de un lado a otro- Pues verá a la mujer más hermosa del mundo: a ti. Y ahora… abre esa bolsa tuya, que voy a darte la parte de la pesca que te corresponde.

– Pero si no te he contado nada del desfile…

– Ni falta que hace. Ya sé todo lo que quería saber.

Los días pasaron y Carmencita continuó mariscando cada mañana. Esteban le habló de Pilar, una mujer del pueblo que entraba y salía del fuerte con la ropa sucia de los soldados y Carmencita se dirigió a ella para que le contara cosas del capitán.

Así que, todas las tardes, después de vender el contenido de su pequeña bolsa, la muchacha aguardaba cerca de la puerta de madera hasta que Pilar salía, cargada de fardos. Carmencita entonces le ayudaba a portear los sacos de ropa y la mujer, de mientras, le contaba cosas de su adorado capitán.

– Se llama Alberto, y tiene sólo tres años más que tú.

Le contó una vez.

– Su padre es general, pero al capitán le gusta el mar y por eso se enroló en la marina.

Le contó otro día.

Y así, Carmencita fue sabiendo todos los detalles de la vida del joven: Que bebía con mesura, sólo una copa de buen vino con cada comida, que era de talante alegre y amable, que era muy inteligente, que le encantaba dibujar las aves del mar, que cuando estaba contento solía silbar sin darse cuenta, que sus hombres le admiraban y, lo más importante, que no estaba casado, ni comprometido ni tenía intereses, aún, en ninguna señorita.

Y cada vez se iba enamorando más de él.

Una mañana, la muchacha observó en el fuerte más actividad que de costumbre. Con el corazón encogido, Carmencita interrogó a Pilar.

– Es tu capitán. Está enfermo.

– ¿Qué tiene?

– Nadie parece saberlo. La fiebre le atenaza, delira y tiembla, su piel está blanca como la cal, no puede comer ni beber, pues su cuerpo no acepta nada de lo que le dan. Por las mañanas amanece bien, pero en cuanto el sol está en lo alto, vuelve a enfermar.

– Pero el médico tiene que saber…

– Pues no, no sabe qué tiene. Y por eso su padre, el general, le ha enviado al mejor médico, un hombre que incluso atiende al rey.

– Él podrá curarle.

– Eso espero, Carmencita, eso espero.

Pero pasaron los días y las noticias fueron cada vez más angustiosas.

No sólo no podían curar su enfermedad, sino que los médicos estaban atónitos, pues desconocían las causas y la esencia misma del veneno que, cada mañana, contaminaba su joven cuerpo.

El capitán se consumía, y nadie parecía poder ayudarle.

Y Carmencita sentía que ella también se consumía. Era todo nervios, no lograba concentrarse y una vez, distraída, incluso estuvo a punto de caer a la mar.

– Es una lástima lo de ese capitán tuyo- le dijo Esteban.

– Nadie sabe lo que tiene. No le pueden curar… ¿y si muere?

– Dicen que más allá del séptimo mar, en un lugar llamado Xián, hay médicos que pueden curar cualquier enfermedad.

– ¿De verdad? ¿Y por qué no han mandado a buscar a uno de esos médicos?

– El viaje es largo y peligroso. Quizás han mandado a alguien, pero no ha logrado arribar las costas de Asia… No sé, niña. Pero de una cosa estoy seguro: si alguien trajera a uno de esos sabios, sin duda el capitán se salvaría.

El capitán se salvaría… su capitán viviría.

Algo en Carmencita pareció cobrar fuerzas.

Clavó los ojos a los lejos, en la fina línea en la que el mar se fundía con el eterno cielo. Allí, en algún punto de la distancia, estaba el país que Esteban había llamado Xián. Y, en él, un sabio aguardaba que fuera a buscarle para curar a su amado Alberto.

– Yo iré a Xián – se dijo- Iré y salvaré al capitán. Y, si aún así no puede amarme, que no lo haga. Saber que sigue vivo será suficiente para mí.

Pero sólo las olas parecieron escucharla y, entre el viento, Carmencita escuchó una vocecilla que le dijo “Síííííííííííííííí… veeeeeeeeeeeeeeeeee”

Aquella noche, amparada por las sombras, Carmencita se escabulló hacia el embarcadero, saltó a la barca de su padre, soltó amarras y remó con brío hasta llegar a alta mar.

Cuando los brazos le dolieron tanto que no pudo siquiera sostener los remos, decidió descansar.

Se inclinó sobre el borde de su pequeña barca y acarició la fría superficie del agua con la punta de los dedos.

– Hola, mar, soy yo, Carmencita. No me lleves a la costa de nuevo, porque tengo que llegar a Xián.

Las negras aguas parecieron responder agitando suavemente la barca y, con tan dulce balanceo, la muchacha se durmió.

El calor del sol sobre la piel la despertó. Se incorporó, asustada, para descubrir que la corriente la había arrastrado mar adentro. Por más que buscó con la vista, no vio ni rastro de tierra a su alrededor.

– ¡Eh, tú, la de la barca!

Una voz masculina la sorprendió. A su espalda se acercaba un barco pesquero.

– ¿Necesitas ayuda?

Carmencita se puso en pie. El barco se aproximó todo lo que pudo a ella. Unos cuantos hombres la observaban con curiosidad desde la cubierta.

– ¿Dónde estoy?

– Estás cerca de las costas gallegas…

La muchacha se sorprendió. ¿Cómo había podido alejarse tanto remando? Y la única explicación que pudo hallar fue que la mar la había empujado mientras dormía, ayudándola a avanzar.

– ¿A dónde ibas con esa barquita tan pequeña?

– A Xián …

Los hombres la miraron, perplejos.

– ¡A Xián! ¡Ni más ni menos…! Pues con esa barca no vas a llegar tan lejos… Anda, sube a bordo y cuéntame por qué una niña como tú quiere ir tan lejos en una embarcación tan poco apropiada.

Carmencita subió al pesquero y le contó al capitán por qué quería viajar hasta el reino de Xián. El hombre, conmovido por la decisión de la joven, decidió ayudarla. Así que se ofreció a llevarla hasta las costas de Cádiz, desde donde habría de tomar un barco que la llevara hasta un país llamado Turquía. Allí, viajaría hasta Irán, después hasta Pakistán y, finalmente, hasta el reino de Xián.

La joven memorizó bien los nombres y continuó resuelta, a pesar de que el capitán le dijo que tardaría cerca de un año en hacer todo el recorrido, y eso si tenía suerte, claro.

Al cabo de unos días llegaron a la costa y allí el patrón, que se había encariñado con la intrépida muchacha, le presentó a un capitán que comerciaba en la ruta de la seda.

Conmovido por la historia de la muchacha, el hombre se ofreció a llevarla hasta Turquía.

Partieron al día siguiente y la joven pasó todo el viaje sentada en la proa, con la vista fija en lontananza, como la sirena de un mascarón.

Los hombres movían la cabeza al mirarla, asombrados.

– Debe de amarle mucho, -se decían-, si está dispuesta a irse hasta Xián a buscar a un médico para ese soldado…

Y así, todos empezaron a admirarse de su ánimo y su determinación, que no flaqueaban, sino que se inflamaban cada día que pasaba, pues era un día que estaba más cerca de hallar el remedio para su amado.

Al cabo de unos días, avistaron la costa turca.

– Carmencita…- dijo el capitán acercándose a ella antes de desembarcar.- ¿Seguro que no quieres pensártelo? Mira que es un viaje muy peligroso para una muchacha sola. A lo mejor tu capitán ya ha sanado… o quizás…

– No diga nada más, patrón, no acabe esa frase. Sea como sea llegaré a Xián y hallaré un remedio para mi amado.

– Como desees. Pero deja que te ayude un poco más.- se quitó una crucecita de oro que llevaba al cuello y la depositó en la palma extendida de la hermosa joven.- Ten. Busca a algún comerciante que hable español y enséñale esta cruz. Dile que te envía el capitán Fernando de Santiago, y que te ayude a llegar hasta Irán sana y salva.

Con una sonrisa y un beso en la hirsuta mejilla, Carmencita corrió, apretando el crucifijo contra su agitado pecho, en busca de algún español.

– ¡Maldita sea!- oyó gritar a su espalda. Se volvió rauda y se encontró frente a frente con un hombre vestido con una especie de túnica corta y unos amplios pantalones ceñidos a los tobillos. Lo miró con sorpresa. ¿Acaso aquel hombre era español?

– ¿Qué pasa, niña? ¿Por qué me miras así?

– ¿Es usted español?

– Pues sí, claro, ¿acaso hablo en chino?

El corazón le dio un vuelco. ¿Chino? ¿Acaso conocía aquel hombre la forma de llegar hasta Xián?

– No, no… ¿Es usted comerciante?

– Pues claro.

– Pues el capitán Fernando de Santiago me ha dicho que le enseñe esto y que me ayude usted a llegar hasta el reino de Xián.

– ¿Xián? ¿Y para qué habría de querer una niñita como tú ir hasta Xián?

Así que Carmencita le contó la historia de su viaje. El hombre la escuchó con atención y, al finalizar, la observaba con los ojos muy abiertos.

– ¡Que me aspen si no es la historia más extraña que me han contado nunca…! Bueno, no seré yo quien acabe con tu esperanza. Te conduciré hasta una caravana que parte de inmediato hacia Irán. Parece que tienes suerte, jovencita.

El hombre la llevó hasta un edificio en cuyo patio aguardaban unos camellos tranquilos y allí habló con el dueño que, aunque era extranjero, parecía entenderle a la perfección. Cuando el comerciante acabó su discurso, el otro miraba a la pequeña joven con asombro.

– Entonces… ¿Esta niña quiere ir hasta la China por amor?

– Eso es.

– Bueno, no seré yo quien le impida hacer su voluntad… Sube, pequeña, que nos vamos.

Y le indicó un camello, que parecía rumiar algo, tranquilamente sentado. Sobre su lomo había una especie de caja, cerrada por una sedas rojas, como una lujosa estancia en miniatura.

La muchacha entró y se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas.

Viajaron durante muchos días con el ritmo bamboleante de los camellos. Y cada día, Carmencita le rezaba a la mar lejana, pidiéndole que mantuviera con vida a su amado hasta que ella regresara con el remedio para su enfermedad.

Cuando llegaron a Irán, el capitán de la caravana le pidió a un primo suyo, Hassim, que era el que se encargaba de hacer la segunda parte del viaje, que llevara consigo a Carmencita hasta Pakistán y allí la dejara con alguien de confianza que la llevara hasta Xián.
Cuando Hassim supo la historia de la muchacha, accedió de inmediato.

– No seré yo quien impida que la mujer encuentre el remedio para su amado.- dijo.

Y así, de nuevo Carmencita se puso en camino.

Pasaron muchos días en los que durmió a la intemperie, comió carne seca y queso y bebió agua fresca de los ríos y manantiales.

Finalmente, cuando llegó a Pakistán, Hassim se despidió de ella con una especie de reverencia, pues durante el viaje había demostrado ser valiente y decidida como cualquier hombre, y la dejó en manos de un tal Liang, un hombrecillo de pequeña estatura y ojos almendrados negros como la noche que siempre parecía sonreir.

En un extraño idioma, Hassim le contó la historia de Carmencita a Liang y éste la miró con auténtica admiración.

– No seré yo quien impida que la joven dama llegue a alcanzar su destino- dijo. Y la invitó a unirse a su caravana.

Unos hombres armados les rodearon y comenzaron la marcha.

– Es por los bandidos, los mongoles- le explicó Liang- Roban las caravanas y matan a los viajeros.

Continuaron viajando durante muchos días. Atravesaron montañas y estepas, e incluso un desierto cuyo impronunciable nombre significaba “Lugar en donde entras pero del que no sales”.

Sin embargo, ningún bandido les atacó, aunque vieron jinetes en la distancia, que seguían de lejos la comitiva, y siempre hallaron agua cuando así lo necesitaron.

Finalmente, llegaron a una ciudad.

Allí, todos los habitantes tenían los mismo ojos que Liang, mujeres ataviadas como Carmencita nunca había visto deambulaban por el mercado seguidas por sirvientes que cargaban y pagaban lo que las enjoyadas manos de sus señoras señalaban. El aire olía a especias y un sinfín de sonidos extraños llenaron sus sentidos.

– Hay un templo en la montaña que ves a lo lejos. Allí dicen que vive el hombre más sabio del mundo. Él sabrá cómo curar a tu amado. -Le indicó Liang con amabilidad.

Sin esperar ni un segundo más, impaciente por llegar hasta el templo, Carmencita corrió, más que caminó, hasta la falda de la montaña.
Allí se encontró con un grupo de personas que parecían aguardar algo.

Con el escaso chino que había aprendido de Liang, la joven se acercó a una mujer de aspecto humilde que comía una fruta sentada en el suelo.

– ¿A qué esperáis todos?

– Al sabio Huang X´i

– ¿Esperáis a que baje?

– No, no, el sabio nunca baja de la montaña. Si queremos hablar con él, somos nosotros quienes debemos subir los diez mil peldaños que llevan al templo.

– ¿Y por qué no subís?

– Esperamos una señal.

– ¿Qué señal?

– No lo sabemos. Pero esperamos.

– Pues yo no puedo esperar.

– ¡No puedes subir sin que el sabio te llame!

– Pero el sabio no va a bajar la montaña, y aunque gritara, no le oiría. Voy a subir, porque tiene que recibirme.

La mujer le soltó el brazo, pues la había sujetado con fuerza, tratando de retenerla.

– ¿Por qué? ¿Qué necesitas del sabio Huang X´i?

Carmencita le contó la historia de su viaje, desde el momento en que conoció a Alberto hasta que llegó a la falda de la montaña.
Para cuando hubo concluido su relato, el grupo de personas se había acercado a ella, rodeándola. Un par de ancianas parecían asentir con las cabezas y se había hecho un gran silencio.

– Sube pues- dijo la mujer- no seré yo quien te impida alcanzar tu meta.

Le dio una fruta de color rojo, diciéndole que la comiera cuando tuviera sed, pues el ascenso era muy duro, y la despidió con una leve reverencia.

Armándose de valor, Carmencita miró los peldaños, cuyo final se perdía entre las nubes.

– No mires hacia arriba- le dijo un anciano- mira sólo el siguiente peldaño. Así llegarás a tu destino.

Haciendo caso del consejo, la muchacha comenzó a subir los peldaños. Al principio subió deprisa, dando zancadas enérgicas, pero al cabo de un rato comenzó a notar que desfallecía. Las piernas le dolían y le temblaba todo el cuerpo, así que se detuvo y se comió la mitad de la fruta que le había dado la mujer. Su pulpa era suave, dulce aunque ligeramente ácida, y refrescó su reseca garganta. Cogiendo aire, decidió continuar el ascenso.

Con la vista clavada en los peldaños que tenía ante sí, pronto sintió que el aire se volvía fresco y fragante. Pero, en lugar de mirar hacia los lados o hacia arriba, prosiguió con la vista clavada en el suelo.

Las sombras se fueron alargando mientras el brillo del sol perdía fuerza. De nuevo se sintió al borde del desaliento, exhausta, así que tomó la otra mitad de la fruta, y se la comió, deteniéndose un instante.

De nuevo recuperó el aliento y continuó su ascenso.

La luz se fue extinguiendo lentamente y el aire, antes fresco, se volvió gélido. Aún así, la muchacha continuó subiendo, un peldaño tras otro, tras otro, y tras otro… hasta que, de pronto, cuando ya casi no podía ver el suelo que pisaba, descubrió que ya no quedaban peldaños que ascender.

Miró ante ella y vio una curiosa construcción iluminada por la luz de las antorchas.

Un muchacho vestido con una túnica de color naranja la miraba atónito.

– Huang X´i- logró decir ella, recuperándose de la sorpresa- Necesito ver a Huang X´i

El muchacho, con el rostro desencajado por el horror, corrió hacia el edificio.

– ¡Espera!- gritó ella con las pocas fuerzas que le quedaban – ¡Huang X´i! debe… recibirme…

Y entonces la vista se le nubló y cayó al suelo, como muerta.

Cuando despertó, hacía tiempo que el sol se había alzado, pues brillaba en lo alto del cielo. El joven que hubiera huído de ella el día anterior, estaba sentado a su lado, observándola.

– Huang X´i…- le dijo.

El muchacho movió la cabeza de un lado a otro.

– El anciano no te recibirá.

– ¿Y mañana?

– Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Sabe quién eres, Hija de las olas, Hermana de la espuma, y no puede ayudarte. No tiene nada para ti.

– Pero… ¡He recorrido el mundo buscándole! ¡Mi amor podría morir! ¡He subido hasta aquí! ¡No puede darme la espalda! ¡Ahora no!

– Lo siento.

– No me moveré de aquí. No hasta que pueda hablar con el anciano.

El muchacho se alejó, no sin antes dedicarle una mirada de lástima.

Carmencita permaneció siete días y siete noches, sin moverse apenas del sitio. Cuando tenía hambre, comía de los frutos de un árbol que había cerca. Cuando tenía sed, bebía del cristalino arroyo que corría junto al templo.

Una noche, sintió una fresca y suave mano sobre su hombro. Se volvió y se encontró con un niño pequeño, que la miraba sonriendo.

– Aún sigues aquí, Hija de las Olas…- le dijo con una voz dulce que pareció reconfortar el alma de Carmencita.

– Aún sigo aquí.

El niño le tendió un frasquito de cristal bellamente tallado.

– El maestro Huang X´i quiere darte esto.

– ¿Es el remedio para mi amor?- dijo ella, tomando la delicada ampolla con manos temblorosas.

– Ya puedes volver a casa.

Con pies ligeros, Carmencita abandonó la montaña y llegó a la ciudad. Allí, encontró a Liang, que la condujo de regreso a Pakistán, en donde la recogió Hassim que la llevó de vuelta a Irán, donde su primo la devolvió a Turquía, desde donde regresó a Cádiz, en donde tomó un barco que la condujo a su pueblo.

Y allá adonde iba, todos parecían conocer su historia y se ofrecían a ayudarla al momento.

Cuando por fin avistó la costa de su pequeña ciudad, vio una multitud arremolinada en el puerto, que gritaba y vitoreaba su llegada.

Al bajar del barco, sus padres corrieron a abrazarla, ambos derramando lágrimas de contento. Su padre tenía los ojos rojos, sí, pero esta vez era porque estaba llorando de felicidad.

– He salido cada mañana a buscarte, desde que mi barca regresó sola al puerto. Prometí que no volvería a beber si volvías a casa sana y salva, y aquí estás, mi preciosa hijita…

– Cada mañana le pedía al mar que te trajera de vuelta a mis brazos, mi niñita…- dijo María, su madre, llorando.

También Esteban se acercó a ella.

– Tu historia es tan famosa, que ha llegado a oídos de la mismísima reina. Ella le dio permiso al capitán Alberto para que saliera a buscarte cada amanecer con su velero… Mira, por ahí llega.

– ¿Alberto? Pero, entonces… está bien…

– Se repuso tres días después de que te fueras. Y desde entonces, no han hecho más que llegarnos noticias de la Hija de las Olas, la Hermana de la Espuma, aquella que, por amor, se fue hasta el reino de Xián a buscar un remedio para un hombre que ni siquiera la conocía… ¿Lo encontraste?

Carmencita sacó el pequeño frasco y se lo enseñó.

– Lo encontré, aunque ya no sirve para nada…

La multitud entonces se abrió y la muchacha se encontró mirando a los ojos al joven capitán de sus sueños, que la contemplaba con adoración, de rodillas frente a ella.

– Por fin te he hallado, Bella Carmencita.

– Me fui para buscar…

– Lo sé. Y sé los peligros y dificultades que has tenido que afrontar sola, por mí… y lo único que deseo ahora mismo es poder cuidarte tal y como mereces y pasar el resto de mis días junto a aquella que arriesgó tanto por salvar mi propia vida.

Y tomándola en sus brazos, la besó tiernamente y la condujo al interior del fuerte, seguido por todo el pueblo.

En el muelle se quedó el anciano Esteban, contemplando el pequeño frasquito. Con un gesto pícaro, abrió el tapón y olió el contenido.

Luego, con una carcajada, siguió a los demás hacia el fuerte.

En el pequeño frasquito, lo único que había, era un poco de agua de mar.

Escrito en Madrid, el 15 de junio de 2009

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Tres sabios que han dedicado su vida buscando a Dios se enfrentan a la muerte, que les concede tres días para encontrarlo antes de regresar y rendirles cuentas. El que demuestre una mayor sabiduría conseguirá una prórroga de tres años. ¿Lo conseguirá el sabio del bosque, el de la montaña o el de la caverna?
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Cuento El Robo de las Sombras
En una pequeña aldea todos los habitantes despiertan un día y descubren que alguien ha robado sus sombras. Una niña se lanzará a la aventura para recuperarlas. ¿Lo logrará?
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Cuento El Pirata y la sirena
El pirata Morgan, tras muchos años de pillaje y correrías, se enamora de una bella sirena. ¿Logrará conquistar su corazón, frío como las aguas del inmenso océano?
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Cuento La Perla Más Grande del Mundo
Dos hermanos se enfrentan a una extraña búsqueda por conseguir la herencia de su padre. ¿Cuán de los dos logrará su objetivo?
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Cuento El Abrazo del Mar
Mi cuento favorito, no os cuento más.
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Cuento Noche de San Juan
Primera parte del cuento infantil Noche de San Juan.
Las brujas han robado un cabello de la bondadosa Anjana y la han sumido en un mágico sueño del que ya no podrá despertar. ¿Lograrán salvarla los seres mágicos del bosque y la pequeña Laurita?
Cuento dividido en ocho capítulos.
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Cuento La Anjana Enamorada
Laro, un joven y bondadoso pastor, se enamora de Noibe, la Anjana más bella del bosque. Corroída por la envidia, la bruja Messorina la convertirá en agua. ¿Podrá Laro descubrir la forma de romper el malvado embrujo y salvar así a su amada?
Cuento dividido en 8 capítulos

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