El Pirata y la Sirena

El Pirata y la Sirena

Erase una vez, un pirata que surcaba los mares siempre en busca de nuevos y enormes botines. Siempre había sido pirata, como su padre, y su abuelo, y su bisabuelo… y así desde que había llegado al mundo el primer pirata Morgan. Y éste había llamado también Morgan a su hijo, y él al suyo, y así sucesivamente. A nuestro joven corsario le gustaba decir que había habido un pirata Morgan desde que los hombres habían construido el primer barco del mundo. Y como todos se llamaban Morgan y heredaban el barco, la tripulación y el tesoro del padre al morir éste, todos pensaban que se trataba del mismo pirata, que era inmortal; por lo que todos le temían como al mismísimo diablo. Y por esa razón, Morgan se sentía como un miembro de la realeza: el rey de los piratas.

Cada vez que abordaba un barco, tras reducir a la tripulación y apoderarse del botín, seguían la misma rutina: Morgan repartía el tesoro entre los suyos según su antigüedad y méritos. Esto es, que cuanto más tiempo llevara el marinero a su servicio, más botín conseguía. Y si además había sido arrojado en el combate, pues aún le correspondían más riquezas. Y así, toda su tripulación estaba contenta y quería seguir a su lado, pues era toda una garantía de que acabarían siendo los hombres más ricos del mundo.

Una vez concluido el reparto, ponían rumbo a su secreta isla pirata, donde cada uno tenía una cueva en la que guardar su parte, y después bebían y bebían hasta que se les acababa el ron. Y entonces seguían con el whisky, y luego con la cerveza, hasta que tan sólo les quedaba el agua del mar por beber. Después dormían días y noches enteros, hasta que Morgan decidía que debían volver a hacerse a la mar. Y todos hacían siempre lo que su capitán decía, y eran la tripulación más obediente del mundo, pues el rey de los piratas salía victorioso de todos los abordajes, y cada luna llena, cuando el mar se inundaba de esa radiante luz de plata, regresaban a su isla con el barco lleno a rebosar de riquezas. Y a todos les parecía que esa era una buena vida

Pero esta vez era distinta. Morgan no había bebido con ellos. Claro que, al abrir el tercer barril de ron, ya ningún pirata pensaba en ello.

El joven capitán se había quedado en su cueva, admirando su gran tesoro a la luz de las antorchas. El oro brillaba por doquier, las piedras preciosas relucían y las perlas le devolvían un arcoiris nacarado. Sedas, terciopelos y oropeles cubrían las paredes, y alfombras persas, mullidas y tejidas con todos los colores del mundo, sembraban el suelo como un jardín en primavera.

Pero Morgan no era feliz.

Hasta ahora había creído que tenía una buena vida: se divertía cazando barcos mercantes, se rodeaba de comodidades y no tenía que deslomarse trabajando como los demás. Nadie le decía lo que tenía que hacer ni cuándo hacerlo, y sus hombres acataban todas y cada una de sus órdenes como hijos obedientes.

Y, sin embargo, hoy no veía la belleza de su tesoro. El oro y las gemas habían perdido su esplendor, las perlas se habían empañado, los damascos parecían grises, puras baratijas, bellezas frías y vacías.

Y como ya no era capaz de admirar cuanto le rodeaba, su vida perdió sentido y sintió un gran vacío en el pecho.

Pasó toda la noche en el acantilado, escuchando las olas romper contra las duras rocas, hasta que su sonido le sumió en un sopor que no tardó en convertirse en profundo sueño.

El sol de la mañana bañó con sus cálidos rayos su rostro y, con la brisa cargada de olor a mar, le llegó una bellísima voz. El muchacho se incorporó, buscando de dónde provenía tan maravilloso sonido.

Y entonces la vio.

Estaba de espaldas a él, su larga cabellera caía por su espalda desnuda en sedosos rizos del color del cielo cuando tan sólo ha recibido el primer rayo de sol. En sus manos llevaba un pequeño peine de coral que desñizaba por un sedoso mechón, y cantaba ajena al mundo que la rodeaba. Su voz era como el tintinear de campanitas de cristal, y, sin embargo, su canción era tan triste que golpeó con fuerza el rudo corazón del pirata. Él se acercó lentamente a la mujer, sin hacer ruido, pues temía asustarla y que huyera. Sin embargo, ella pareció advertir su presencia y se volvió. Sus ojos eran del color de las aguas más profundas, y su piel nacarada como las más perfectas perlas.

Morgan pensó que ninguna de sus joyas eran tan hermosas como la muchacha que le observaba desde la roca.

Y entonces, allí, dentro de su pecho, donde sólo hubiera vacío, sintió algo que no había sentido nunca. Era como un aleteo, una presión y un calor tan fuerte, que le dejaba el resto del cuerpo frío como el hielo que flotaba en los mares del norte.

Y supo que era amor.

 

El pirata y la sirena forma parte de un nuevo proyecto editorial, por lo que os dejo aquí una parte del cuento. El resto estará en breve disponible en formato electrónico.

¡Gracias!

Santander, 17 de junio de 2006

La cabecera fue creada por Victoria Vázquez en julio de 2009

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. angela dice:

    Querida Victoria,
    por fin me he puesto al día de todo aquello que has ido colgando tras finalizar tu historia. Ha sido providencial haber leido el pirata y la sirena precisamente hoy, pues no encontraba la manera de comentar nada sobre la manera magnífica en la que te has documentado, ya que ando con el corazón roto, es una liberación pero también una desdicha que supongo que pasará. Encuentro consuelo y alivio mental en la lectura, y de eso siempre salen cosas positivas.
    Las fases del relato son ciertas: lo primero que me hizo disfrutar de él fue el viaje, y puesto que realicé largos y apasionantes viajes en el pasado me enganché desde el principio precisamente porque me reconocía en Hirst cuando éste describía y se detenía en todo aquello que resulta vital a la hora de emprender viajes de ese tipo (hasta el menú, los comensales que le acompañaban, donde se hospedaba, etc…)
    También identifiqué plenamente la fase en la que, sobre todo en las últimas líneas, dejaba traslucir sus emociones y la distancia que iba cobrando con respecto a su vida anterior y cómo ésta había ido moldeándole, sacando lo mejor de sí mismo, como si fuera un diamante.
    Y la acción…ha sido perfecta, incluso el final, diluido en la leyenda. Tal vez, ahora que lo has comentado….es un capricho, pero… ahí va: ¿no podrías incluir algún tipo de grabado, o un boceto a través del cual Hirst diera forma a ese peligro que intuía, o que dejara traslucir a la bestia? Perdona si no lo ves necesario, pero sería tan interesante, al igual que has incluido la carta manuscrita, el árbol genealógico…. En fin, que tal vez creas que no procede, pero ya te digo, es un capricho de lectora.
    Un abrazo
    María

    1. Ya te echaba de menos! Lamento que estés un poco tristoncilla. Date tiempo. Al final, la vida triunfa y todas las penas pasan a menos que las dejemos estancarse… como la aguas de un pantano.
      Poco a poco iré incluyendo más material del que Hirst fue recopilando en su diario, no te preocupes, habrá más cartas, quizás incluso recortes de periódico y sí, por qué no, alguna pequeña iñustración. Pero poco a poco. Las cosas, a pequeños mordiscos, se disfrutan más.
      Además, si ese es tu capricho… ¿cómo no iba a concedértelo? Mereces eso y mucho más por haberme brindado un apoyo tan importante.

      Y ahora… ¡Arriba ese ánimo! Eres merecedora de una gran felicidad como la luchadora que sé que eres, así que no temas: eso también llegará.

      Un besote enorme y muchísimo ánimo

  2. Claudia Ibañez dice:

    Precioso cuento que renueva a Morgan! Un abrazo!

    1. Gracias, Claudia.
      El cuento lo escribí como una metáfora de todos aquellos que, habiéndolo perdido todo en una aventura amorosa sin esperanza, se ven recompensados de la forma menos esperada. Va por todos aquellos que, habiendo entregado todo en su vida, sin esperar nada a cambio, encuentran lo que en verdad estaban buscando. Conozco casos, por desgracia, de hombres que han pensado que la mujer a su lado estaba con ellos tan solo por una estabilidad económica y sólo cuando han perdido a esa mujer se han dado cuenta de que el amor de ella era sincero. Quizás por eso quise que Morgan, al final, siguiera viviendo en el fondo del mar con su amor eterno… o no

      Un besote enorme

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