La familia crece

Todo comenzó hace apenas un par de meses.

Me encontraba en el paro desde diciembre. Cada día entregaba varios curriculum, infructuosamente. Comencé a dejar de ser selectiva, desesperada, pues la prestación pronto llegaría a su fin y, aunque no percibía una gran suma, al menos daba, mal que bien, para pagar las facturas. Pero, si se agotaba y no conseguía un sueldo pronto, no podría ni siquiera costear el alquiler de la casa en la que vivimos mi chico y yo. En suma, que nos veía en la calle si en menos de un mes no encontraba trabajo.

Entonces él tuvo una idea: “¿Por qué no hacemos una promesa?”, me propuso. “Si consigues un buen trabajo en el plazo necesario, adoptaremos otro gatito. Lo sacaremos de una perrera y le daremos un buen hogar”

Durante todo ese tiempo, cada día, me hablaba de ese gatito que vendría a vivir con nosotros. Me hizo escogerle un nombre y visualizarlo en mi mente.

Quizás la magia exista, o quizás es que Dios aprieta pero no ahoga. El caso es que, finalmente, al límite del plazo, conseguí un trabajo acorde con mis conocimientos y habilidades.

Tras llevar en mi nueva empresa un mes, llegó el momento de cumplir la promesa.

Me puse en contacto con una asociación que recoge y cuida animales abandonados, los rescata de las perreras, de situaciones terribles… Tenían historias tremendas de crueldad humana, de sufrimiento animal y de indignación y realmente parecían una luz en la tormenta. Me emplazaron en su página, donde muestran fotos de los gatitos que tienen disponibles y me dijeron que eligiera el que me gustara.

Finalmente, este miércoles por la mañana, recibí una llamada al móvil. Era Azahara (espero haberlo escrito bien), una de las personas responsables de la asociación G.A.T.A., que me indicaba un gatito blanco cuya foto estaba en la web.

En cuanto lo vi, supe que era él. Cuando lo recogieron lo tomaron por una hembra, por lo que le llamaron Nexia, pero yo ya tenía un nombre para él: Raspas, Raspitas para los amigos.

Esta tarde lo hemos recogido. Estaba tumbado en el transportín, completamente callado, olisqueándolo todo con el botoncito rosa que tiene por naricilla, y observando el mundo con ese par de ojos del color de las aguamarinas que hacen que te derritas cuando te mira con ellos. Ya en casa, haciendo un alarde de carácter, se enfrentó a mis otros dos gatos. Luego, en su nueva habitación, se dedicó a ronronear como si no hubiera un mañana, mientras se frotaba contra mis manos y mis pies y decidía que mi regazo era una cama de lo más interesante.

Esta noche la pasará solito, lejos del alcance de mis otros dos gatos, y mañana comenzaremos el adiestramiento para que se acepten los unos a los otros.

Mirad la foto del precioso Raspitas y decidme, ¿quién podría hacerle daño a un bebé tan maravilloso?

Raspitas, en su habitación de transición

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Peonia dice:

    Vickyyy, me alegro un montonazo. Deseando verle es como estoy y hablando como Yoda tambien. Bessos!!

    Para vosotros dos
    Mimoooooos para tres gatunos por igual

    1. Jajaja
      ¿Pero qué te pasa en la boca, mujer? ¿Te has vuelto verde y te han salido orejillas picudas? Demasiado alta para ser Yoda eres tú, diría el maestro jedi…
      Pues ya te contaré. Este fin de semana tendremos que juntarles en sesiones intensivas para que se vayan haciendo, porque aunque el canijillo es cariñoso como él solo, se defiende como una mini-fiera.
      Al menos, ya ha comido (he tenido que triturarle las croquetillas un poco, eso sí) y, lo más importante, ha bebido y ha ido al baño. Ahora mismo duerme como un ceporro en miniatura. ¡A ver qué tal mañana!

      Besotes mil

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