Los tres sabios

Los tres sabios

Había una vez, tres hombres sabios que vivían en tres países distantes entre sí. Uno de ellos había elegido como morada un espeso bosque al norte del mundo. Otro, una profunda caverna al sur y el tercero, la cumbre de la montaña más alta que había podido encontrar.

Un buen día la Muerte, que estaba muy intrigada con ellos, los reunió para anunciarles que había llegado su hora.
Y como los tres hombres eran sabios, ya habían supuesto que ese momento llegaría pronto, pues los tres habían alcanzado y sobrepasado una edad madura, así que recibieron la noticia con serenidad, aunque algo apenados.

—Vivís solos por vuestra propia voluntad, los tres os habéis aislado del mundo y habéis rehusado tanto a los placeres como a las comodidades en favor de una vida de contemplación y búsqueda… Francamente, ancianos, no entiendo por qué os entristecéis.

—Quedan tantas cosas por observar… —se lamentó el sabio de la montaña.

—Y tantas por meditar —añadió el de la cueva.

—Y tantísimas por aprender… —suspiró el del bosque.

Y la Muerte, que ya se sentía intrigada por su manera de vivir, se sorprendió por la manera que tenían de enfrentarse al final de sus vidas. Así que caviló un rato y, después, tomó una curiosa decisión.

—Muy bien, sabios. Os concedo tres días más a cada uno de vosotros. Al término de esta prórroga, volveré y me contaréis vuestras experiencias. Y al que más haya aprendido, le permitiré vivir tres años más. Decidme: ¿Qué os parece el trato?

—Eres muy sabia, Muerte —admitió el sabio de la montaña

—Y muy generosa —añadió el de la cueva.

—Caramba, tan sólo tres días… —murmuró, ensimismado, el sabio del bosque. Y se alejó sin más.

—La Muerte nos ha pedido que mostremos nuestros conocimientos —reflexionó el primer sabio—. Sin embargo, no parece justo partir sin decidir el objeto de nuestra demostración. Así pues, ¿en qué campo habremos de medir nuestros aprendizajes?

Nuevamente los sabios cavilaron unos instantes.

—Creo que el conocimiento de Dios es sin duda el más adecuado. Empleemos estos tres días en buscarlo y veamos si alguno de nosotros logra dar con él… —sugirió el sabio de la cueva.

Y todos se mostraron de acuerdo.

Durante los tres días que siguieron, el sabio de la montaña bajó a la orilla del mar y se sentó a meditar.

—Si no he encontrado a Dios estando tan cerca de las nubes, quizás lo halle aquí, en la fina línea de arena que besan las olas, en esa mutable frontera que no pertenece al mar ni tampoco a la tierra.

Y allí permaneció, contemplando la blanca espuma y la húmeda arena, sin moverse.

Por su parte, el sabio de la cueva pensó que, si no había encontrado a Dios en su oscura y lóbrega cueva, quizás era porque no había explorado su interior, sino que se había limitado a vivir en su vestíbulo.

—Seguro que Dios vive en el centro de la Tierra, pues es el que hace que las cosas crezcan. Y para eso hace falta que esté en contacto con la creación misma.

Y así, tomó una tea y se adentró en la galería más profunda de su caverna. Caminó y caminó hasta que el aire se volvió casi irrespirable del calor. Al fondo, donde el pasadizo se estrechaba hasta hacerle arrodillarse, vio una fuerte luz que parecía moverse al compás de alguna música frenética.

Al acercarse, la galería se interrumpió en un corte vertical que daba a un mar embravecido de lava incandescente.

—Seguro que aquí es donde vive Dios —pensó, ya que para él, Dios era perpetuo movimiento, y el movimiento es vida, y, además, en esa parte de la cueva debía permanecer de rodillas, reverente, como en una capilla de fuego.

Y allí se quedo, ensimismado, con las pupilas clavadas en el magma en ebullición.

Por su parte, el sabio del bosque regresó a su pueblo, tomó posesión de aquello que, siendo suyo, hubiera abandonado hacía años y consumió su primer día visitando todas las tabernas, comiendo y bebiendo sin parar y probando todos los placeres que las mujeres le ofrecían.

Al anochecer, perdió el sentido.

El segundo día, se aseó, se puso sus mejores ropas que aun siendo las mejores estaban raídas, pues las había dejado en su cofre durante años, y salió a buscar una esposa.

Al tercer día, la Muerte vino a su casa con los otros dos sabios y les reunió en el asilvestrado jardín.

—Bien, mis sabios amigos. Los tres días de plazo han expirado. ¿Qué habéis aprendido en este tiempo? —les preguntó.

—Pues yo —comenzó el anciano de la montaña—, me di cuenta de que no iba a encontrar a Dios en la cumbre de mi alta montaña, así que descendí hasta la playa y le busqué en la brisa fresca, en las olas que siempre vuelven y en las gaviotas que pescan en las aguas.

—Y… ¿Hallaste a Dios en el mar, anciano?

—No. He aprendido que Dios no está en lo alto de mi cumbre ni en las inmensidades del océano.

—Bien —admitió la Muerte, meditabunda—. Eso ya es algo.

—Pues yo… —El anciano de la caverna avanzó un par de pasos indeciso, ya que le dolían las rodillas tremendamente y sus ojos se habían vuelto blancos—, yo pensé que no había buscado a Dios tan profundamente como creía, así que avancé por una galería de mi cueva ansiando llegar hasta el centro de la Tierra, seguro de que allí estaría.

—Y… ¿lo lograste? —Tanto la Muerte como los otros dos sabios se acercaron con mucha curiosidad.

—Bueno, llegué a una zona en la que bullía un mar de fuego. Me arrodillé, porque la galería era muy estrecha, y me dediqué a observar el magma incandescente durante tres días sin pestañear, creyendo que Dios se me manifestaría en el resplandor de las llamas de alguna manera.

—¿Y se manifestó?

—Pues no lo sé. Al cabo de unas horas dejé de sentir las piernas, así que ya no pude moverme. Y el segundo día, se me secaron los ojos por el calor y dejé de ver, así que, si se manifestó, no pude verle.

Los cuatro permanecieron en silencio unos segundos.

—¿Y tú, sabio del bosque? ¿Qué has aprendido? —le preguntó la Muerte.

—¿Yo? Bueno, supongo que no demasiado —reconoció con voz serena—. Al saber que tan sólo me quedaban tres días de vida, decidí que, si en todos estos años no había encontrado a Dios, ya no lo haría, así que me volví a mi casa, cogí el dinero de mis arcas y lo gasté todo en una monumental celebración que me hizo perder el conocimiento al alba.

»Cuando desperté, al mediodía de la segunda jornada, me di cuenta de que no había sido feliz ni cuando estaba en el bosque ni durante los excesos del día anterior. Y recordé la decisión que me había hecho huir al bosque: jamás me atreví a reconocer que estaba enamorado de una mujer del todo inalcanzable para mí. Entre los árboles la olvidé y dejé de sufrir por amor. Pero también me sentí solo y vacío. Así que corrí hasta la que recordaba que era su casa y allí descubrí no sólo que seguía viviendo en ese lugar, si no que, además, no se había casado nunca. Me había esperado día tras día, durmiendo cada noche en un lecho vacío. Así que corrí hacia ella y le abrí mi corazón. Nos desposamos esa misma tarde, y entonces sentí que mi pecho se había llenado por fin y que mi alma estaba en paz.

—¿Y hoy? ¿Qué has hecho hoy, sabio del bosque?

—¿Hoy? Hoy me he despertado junto a mi esposa, en nuestra casa; y al mirarla, ella me ha sonreído.Y en su sonrisa he visto a Dios.

Los otros dos sabios le miraron atónitos, el uno con la sorpresa pintada en sus ojos, el otro con sus glaucas pupilas llenas de estupor. La Muerte permanecía serena, callada, observando la escena con una leve sonrisa.

—¡No puede ser! —estalló el anciano de la cueva—. ¿Acaso dices que he perdido mis ojos y he torturado mis rodillas, que he lacerado mi cuerpo con ayunos y mi mente con meditaciones, y que todos esos sacrificios no han servido para nada? ¿Acaso me estás diciendo que esa no es la manera de encontrar a Dios?

—Claro que no —El sabio del bosque intentó apaciguarle—. Es sólo que esa no era MI manera.

La Muerte se acercó a él y, besándole ambos ojos, le dijo:

—Sabio del bosque, hoy eres en verdad sabio. Este es el don que te prometí: te concedo tres años más. Vivirás junto a tu mujer y cada mañana, al despertar junto a ella, seguirás viendo en su rostro a Dios.

Y dicho esto, se llevó a los otros dos ancianos, dejando al sabio del bosque riendo feliz en su jardín.

—Dime, Muerte —inquirió el sabio de la montaña, que había permanecido en silencio todo ese rato—, ¿acaso es que Dios reside en la sonrisa de una mujer?

La Muerte, en lugar de responder, le miró en silencio. Y en su rostro se curvó una leve sonrisa…

30-julio-2007

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