El Robo de las Sombras

El Robo de las Sombras

Dicen que las sombras son un pedacito de oscuridad que se aferra a nuestros talones, un leve recipiente en el que depositar nuestras debilidades tan humanas que, de otro modo, deformarían nuestros rostros haciendo que siquiera pudiéramos reconocer nuestra monstruosa imagen en un espejo.

También dicen que las sombras no pueden desvanecerse aunque la luz rivalice con ellas; que cuanto más se aproximen ambos opuestos, más oscura se hará la sombra que, en su huida, hallará siempre huecos y salientes a los que aferrarse.

Y, quizás por ello, tres malvadas mujeres decidieron hace tiempo robar las sombras del mundo para juntarlas todas en un gigantesco atanor.

Era una noche clara en las que las estrellas derramaban su luz mientras la luna, redonda y radiante, se admiraba en el pantano. Ocurrió en esa hora de silencio en la que no es día ni noche. Pasaron entonces las tres horribles mujeres, volando raudas sobre sus escobas retorcidas cual sarmientos, recogiendo en un gran saco las sombras de los habitantes de un pequeño pueblo que dormía en las faldas de las montañas, antaño tenidas por sagradas.

Mas he aquí que no todos dormían. Una niña pequeña de cabellos del color del fuego y ojos verdes como esmeraldas admiraba despierta la coqueta belleza de la luna, cuando sintió un leve cosquilleo en sus diminutos pies.

Y sorprendida contempló cómo su sombra se desprendía de su cuerpo y reptaba rauda hacia la chimenea, tratando de huir.

Corrió entonces hacia la fugitiva, queriendo atraparla. La sujetó y tiró hacia ella, pero aquel retazo de oscuridad era más fuerte que ella y con un sonido como si algo se rasgara, la negra silueta atravesó la chimenea, precipitándose hacia el cielo nocturno para luego caer en el saco de las brujas.

Llorando, la niña se sentó en el frío suelo de su dormitorio. ¡Había perdido su sombra! Y, aunque no entendía del todo qué consecuencias tendría, sí que sabía muy bien que no conocía nada ni a nadie que careciera de ella.

Y entonces sintió que algo se removía en su pequeño puño.

Entreabrió los dedos y espió a través. Allí, en el hueco de su mano, revoloteaba un pedazo de su sombra.

Sin soltarla, la niña tomó una cajita de azabache donde guardaba hilos y botones, la vació e introdujo en ella el inquieto retazo. Y, sin perder de vista la caja, aguardó a que se hiciera de día.

Con los primeros rayos del sol, la niña corrió escaleras abajo, hacia la cocina, pero no escuchó el familiar sonido de los platos y los vasos, y tampoco aspiró el aroma del hojaldre recién hecho o la leche calentándose.

Tras buscar por la casa, halló a su madre sentada en la terraza, arrebujada en su chal y tiritando de frío con la vista perdida en la lejanía.

Su rostro estaba mortalmente pálido, su cabello descolorido y sus rasgos parecían estar fundiéndose con la piel cada vez más lechosa.

– Madre… ¿estás bien?- preguntó, asustada.

– Tengo mucho frío- respondió. Y hasta su voz había perdido el color.

Halló a su padre en medio de un campo, sentado sobre una piedra y temblando bajo su grueso abrigo.

– Padre… ¿estás bien?- preguntó.

– Tengo mucho frío- respondió. Y su voz sonaba pálida y descolorida, como su figura entera.

La niña corrió por el pueblo y en todas las casas, en todas las tiendas, por las calles y junto al pozo, vio lo mismo.

Todos los vecinos temblaban bajo sus pesadas ropas de invierno, todos observaban ensimismados un punto cualquiera frente a ellos, como si no comprendieran qué había ocurrido y el polvo de los caminos pudiera darles alguna explicación. Y, por más que preguntaba, tan sólo obtenía la misma respuesta:

– Tengo frío.

Y aquellas personas pálidas, casi sin rasgos, deambulaban lentamente, arrastrando los pies, carentes de fuerzas, como si hubieran olvidado quiénes eran ni porqué estaban allí.

Y por más que la niña buscó, no pudo hallar ninguna sombra.

Desesperada, se sentó en un rincón y observó su fragmento de sombra y, de pronto, inspirada por una idea, corrió a su casa y, al llegar junto a su madre, sacó de su cajita un minúsculo pedacito de su sombra y la depositó en la palma abierta de la silenciosa mujer.

Al punto, con un suspiro, ella sonrió levemente y dejó de tiritar.

Creyendo haber encontrado la solución, la niña pasó todo el día repartiendo minúsculos trocitos de oscuridad. Y a todos los vecinos les ocurría lo mismo: Dejaban de tiritar y sonreían, como si hubieran recibido algo de consuelo, pero el color no volvía a sus rostros.

Y, con cada trocito que entregaba, la niña se sentía cada vez más cansada, el frío se alojaba más profundamente en su ser y olvidaba un poquito más porqué hacía lo que hacía.

– No puedo seguir así- se dijo, contemplando el ahora minúsculo pedacito de sombra que latía en el fondo de la cajita de azabache- Si no, acabaré como los demás y nadie podrá salvarnos.

Pero, ¿qué podía hacer ella, si tan sólo era una niña?

– Tiene que haber alguien, alguien lo suficientemente sabio como para saber qué hacer.

Y entonces recordó que su abuela le contaba historias acerca de unas hermosas hechiceras que vivían en las ruinas más allá del pueblo. Y hacia allí se encaminó.

Llegó casi de noche, cuando la niebla descendía sobre los campos, con su capa silenciosa y blanquecina. Sus pequeños pies y el borde de su vestido estaban empapados, y la pobre niña se abrazaba, mientras intentaba dejar de tiritar.

Continuó caminando hasta un círculo de piedras. Sentada sobre una de ellas, la observaba una bellísima mujer. Sus cabellos eran negros como la noche y su piel blanca como la misma luna. Sus ojos chispeaban con una extraña luz, y se coronaba con amapolas y espigas de trigo.

– Tú debes de ser una hechicera…- se recogió los bordes húmedos del vestido e hizo una graciosa reverencia. La mujer no se movió, sino que se limitó a observarla con aquellos ojos brillantes y una leve sonrisa en los labios.- Mi abuela decía que las hechiceras sois muy sabias… Quizás puedas ayudarme.

De nuevo, obtuvo el silencio por respuesta.

– La gente de mi pueblo ha perdido su sombra y lentamente languidece. Han perdido su color y sus rostros se van borrando poco a poco. No sé qué puedo hacer, pero temo que, si no les ayudo, acabarán muriendo. ¿Puedes ayudarme?

La hermosa mujer flotó delicadamente hacia ella y la observó.

– Pero tú no has perdido tu color. Tus cabellos siguen siendo del color de las llamas y tus ojos brillan con la luz de las más puras esmeraldas…

– Eso es porque yo no perdí mi sombra entera- de entre sus ropas tomó la cajita de azabache y se la mostró.- Logré retener un trozo y lo guardé aquí. Luego repartí pedacitos de ella entre las gentes del pueblo y dejaron de temblar. Pero no recuperaron su color.

– Es que es un trocito muy pequeño

– ¿Y qué puedo hacer?

– Las tres hermanas son las que han robado las sombras. Las han llevado a su castillo bajo la tierra y arrojado a su gran atanor. Durante siete días y siete noches arderán y se consumirán en su interior para crear la Gran Sombra, aquella que cubrirá incluso la brillante luz del sol, y el día será siempre noche, y los males cabalgarán sin freno por la faz del mundo. Debes hallar ese castillo y, en él, el gran atanor.- con gesto elegante, extrajo de entre las espigas de trigo que adornaban sus cabellos un cristal transparente como una gota de rocío.- Este cristal es muy especial, pues no puede producir sombra alguna.- Lo colocó con cuidado en el interior de la caja negra.- Cuando halles el gran recipiente en el que se consumen las sombras, arroja dentro lo que contenga tu cajita. Pero has de darte prisa, el tiempo se acaba, y las sombras son cada vez más largas.

– Pero sólo soy una niña pequeña…- protestó la chiquilla, sumamente asustada.

– Pero eres también la única que conserva un retazo de su sombra, y eso te hace poderosa. ¿Crees acaso que es fácil retener un pedacito de oscuridad con las manos? Eres una niña muy especial, pequeña mía. Tu corazón y tu valor son grandes. Por lo tanto, sólo tú puedes salvar al mundo de la Gran Oscuridad.

La hechicera le acarició delicadamente la mejilla, suave como el satén, y le sonrió.

Y la niña dejó de tiritar y el frío se retiró de su pequeño cuerpo.

Corrió entonces en pos de las malvadas hermanas, recorriendo pueblos llenos de personas lánguidas y ateridas. Cuando se sentía cansada, caminaba; cuando se reponía, corría. Y el césped crecía a su paso para que sus delicados pies no golpearan el frío suelo, los arroyuelos corrían a su paso cuando tenía sed y los árboles y las zarzas se cuajaban de dulces y jugosos frutos cuando tenía hambre. Durante todo su camino, una fresca brisa, que olía a tomillo y a hierbabuena, le acariciaba la frente enjugando su sudor.

Y en la madrugada del séptimo día, vio en lontananza una negra columna de humo que se elevaba, lánguida, hacia el cielo de color lavanda.

Corrió todo el día, sin descanso, hacia aquel lugar que el humo marcaba como una siniestra flecha. Y aunque la sed laceraba su garganta, no se detuvo a beber, y aunque el hambre atenazaba su vientre, no se detuvo a comer. Y la brisa, soplando con más fuerza, la empujó hacia su destino.

Llegó cuando el sol se ocultaba, tiñendo la bóveda celeste de rojo.

El humo era ahora más negro y espeso, y la niña vio que brotaba de una gruesa chimenea sobre la entrada de una pequeña cueva.

Sabiendo que había dado con el lugar que buscaba, se adentró en la oquedad, que la aguardaba como las fauces abiertas de un monstruo dispuesto a devorarla.

Caminó a tientas en las tinieblas, descendiendo más y más hacia las profundidades. Perdió la noción del tiempo y no supo cuánto había caminado cuando, frente a ella, brilló una extraña luz.

El robo de las sombras forma parte de un nuevo proyecto editorial, por lo que os dejo aquí una parte del cuento. El resto estará en breve disponible en formato electrónico.

¡Gracias!

13-julio-2008

Cuento Los Tres Sabios
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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. La curiosa dice:

    Como lo advertí pasé por acá a mirar un poco y la verdad este primer cuentito me encantó..!Muy bello…
    Cariños..!
    Larita…

    1. Pues me alegra mucho ver que sigues por aquí, Larita, y que te gustan mis cuentecitos. Este lo escribí hace ya un par de años y los personajes, salvo la nioña, están basados en personajes mitológicos de mi tierra, Santander, al norte de España.
      Espero que sigas visitándome y, sobre todo, que te sigan gustando mis historias.
      En cuanto acabe todo este lío de la presentación de la novela y se sposente un poco más mi agenda, prometo volver a subir alguna historia más.

      Un beso muy grande

  2. pipermenta dice:

    Que sorpresa más bonita Victoria. Al principio me quedé desconcertada. ¿Qué había pasado con tu novela? Por un momento pensé que me había despistado…Pero no, no me despisté. Encuentro tus dos cuentos llenos de una ternura increíble. Me han fascinado.
    Deberías de hacer más entradas de este tipo. Supongo que como ya llega el final de nuestro Eduard, nos vas preparando.
    Ánimo, Victoria y continua escribiendo.
    Un besote gordo

    1. Hola, Pipermenta
      Me alegro de que te gusten los cuentecillos. Las fechas que figuran al pie corresponden al momento en que los escribí, así que imagínate.
      Pero no te preocupes, que la novelilla seguirá hasta el 30 de junio y después… ya veremos a ver qué os sigo contando. hmmm ¿Una nueva novela? ¿una serie de cuentos? ¿Las dos cosas?

      Un besuco

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