Hace unos días me encontraba hablando con unos compañeros acerca de nuestras vidas. Les comenté que iba a empezar a trabajar en una editorial dedicada a la enseñanza y su comentario fue que tenía una gran suerte (en realidad no fueron tan educados, ya que mencionaron mi cualidad de poseer una flor en cierta delicada parte de mi anatomía que nace donde la espalda pierde su casto nombre, lo cual, en España, es sinónimo de tener suerte). La verdad es que me sentí muy ofendida. Muy ofendida porque cuando alguien dice que has logrado algo por un golpe de suerte, lo que en realidad manifiesta es que no considera que tengas valía ni talento suficiente para lograrlo. Y en este caso, conseguir el trabajo, me ha supuesto crear un buen curriculum (con una experiencia de seis años), aportar referencias de anteriores trabajos (desde hace seis años), realizar dos entrevistas (y demostrar que soy la candidata perfecta) y una prueba de aptitud (para demostrar seis años de experiencia y diez de aprendizajes). Vamos, que no es un súbito golpe de suerte, sino un esfuerzo continuado desde hace años.
También se me llegó a decir hace un tiempo que tenía suerte por haber logrado que una editorial confiara en mí y publicara mi novela, White Creek Manor. Lo que no querían ver era que antes de todo eso, yo había pasado meses documentándome y escribiendo sin parar, cumpliendo con una cuota diaria de entre tres y cinco páginas, de lunes a domingo, que revisé y corregí, dibujé, diseñé y preparé el manuscrito, que lo moví en blogs, lidié con mis miedos e inseguridades y que, con mi libro debajo del brazo (o el pen-drive en el bolso, que viene a ser lo mismo), me planté en la oficina del que hoy es mi editor dispuesta a venderle las bondades de mi novela.
Y es que alcanzar un sueño no es fácil, pero desde fuera solo se ven los logros cuando ya han sido conquistados, y no hay testigos de nuestro sudor, nuestras lágrimas y nuestras frustraciones.
El caso es que ahora mismo me encuentro embarcada en la creación de mi segunda novela, pero también tengo que trabajar. Y además también estoy estudiando. Y tengo mis obligaciones sociales y familiares, por supuesto. Y soy humana y me canso.
En el último taller de creatividad para escritores que impartí en el Instituto Hune, alguien me dijo que no escribía porque no tenía tiempo. Seamos sinceros: hay tiempo, pero lo aprovechamos mal. A diario lo malgastamos y lo perdemos y, sin embargo, si nos organizáramos, podríamos hacer tantas cosas…
Rompamos algún mito:
Mi jornada laboral comienza a las 7:30 de la madrugada, momento en que me pongo en marcha hacia mi trabajo. Tengo por delante una hora de viaje, y la aprovecho bien, ya que es entonces cuando escribo mi libro (primer mito roto: la falta de tiempo). Me coloco mis auriculares para aislarme de las conversaciones y los ruidos (segundo mito: hace falta un estudio y aislarse del mundo para poder escribir) y me dedico a teclear como loca (mi cuento El cáliz de sangre, recogido en la antología El hilo de Sofía, lo escribí en un cuaderno en el metro… por lo tanto tampoco me vale la excusa de la carencia de un ordenador portátil en el que escribir. Un mito menos.). En esta semana he escrito casi cinco hojas. No es una mala ratio. Y es que, si de verdad tenemos un sueño, no podemos esperar a que venga a buscarnos a casa, debemos luchar por él, porque sin duda no será fácil, el camino será largo y duro, con momentos terribles y mucho cansancio, aunque también habrá momentos buenos, momentos en los que de verdad veremos que podremos lograrlo. Sea como fuere, nunca debemos dejar de pelear. La recompensa es hermosa, pero el camino estará lleno de espinas, de piedras afiladas y hoyos traicioneros, de sombras terroríficas y fieras al acecho, pero con un poco de tesón, sin duda lo lograremos.
¿Nos atrevemos a soñar?
