O segundo capítulo de Las aventuras de Albert en Onyria
Ayer prometí que si mi blog lograba superar las 24 000 visitas, os regalaría el segundo capítulo del que será mi segundo libro: Las aventuras de Albert en Onyria.
Como sabéis, hace más o menos un mes, os dejé un PDF con el primer capítulopara que pudierais descargarlo y leerlo y prometí que si erais buenos, os dejaría leer el segundo. Y lo habéis sido.
A falta de una hora para la medianoche, pedí ayuda en las redes sociales (Facebook, Twitter…) para alcanzar la redonda cifra antes de que acabara el día… faltaban 16 visitas para lograrlo y me preguntaba si responderíais al reto.
¡Y lo hicísteis! A las doce de la noche el blog superaba de largo la mágica cifra.
Y como bien dice el título de este post, los escritores serios cumplen sus deudas.
Os prometí un nuevo capítulo de Albert y aquí lo tenéis. ¡Espero que os guste!
Para descargar el PDF solo tenéis que hacer clic en la imagen.
Obsequio para mis lectores con motivo del Día mundial del libro
La niebla cubría Magwitch House cuando Albert bajó del carruaje…
Hoy es el Día mundial del libro y como escritora no podía dejar de celebrarlo con mis lectores.
Esta entrada va a ser muy breve. Simplemente, quería aprovechar esta fecha tan especial para haceros un obsequio a todos: el primer capítulo de mi libro infantil-juvenil Las aventuras de Albert en Onyria. El fin de los sueños.
Se trata de un archivo PDF que podéis imprimir, leer y descargar en tablets. Lo único que no está permitido es modificarlo.
Si queréis participar en el sorteo de un ejemplar dedicado de mi novela, White Creek Manor (el secreto de los Hawkins) ed. Neverland, sólo tenéis que entrar en la página deConocer al autor. Allí encontraréis las bases. ¡El ganador será anunciado el próximo lunes 11 de julio!
Hace unos días mi editor se puso en contacto conmigo para anunciarme que la Universidad de Sofía, en Bulgaria, planeaba publicar una antología de cuentos de autores españoles en noviembre. La temática sería libre y solo se imponían restricciones formales, es decir, caracteres por página, nº máximo de páginas… Y yo debía entregar uno el pasado lunes 27, un cuento que, si satisfacía los debidos criterios de calidad formaría parte de esa antología.
A falta de uno, escribí dos. Estos son los cuentos que he entregado. Uno de ellos será publicado en noviembre. ¿Cuál? Lo ignoro, eso queda al criterio de mi exigente editor. Al pie del post figura una encuesta, así que podéis leer los cuentos y dar vuestra opinión (se puede votar por los dos). Como siempre, ¡estaré encantada de leer vuestros comentarios!
Finalmente, mi editor ha coincidido con la votación general y ha seleccionado El Cáliz de Sangre para la antología que se publicará en noviembre, en Sofía (Bulgaria). ¡Gracias por vuestro apoyo, vuestras opiniones y vuestros votos!
El violinista del cementerio
“Érase una vez un joven de extremada belleza llamado Iván. Vivía en un noble castillo en lo alto de un monte y dado que su familia era de abolengo, el muchacho podía vivir despreocupadamente, pues sus manos jamás tendrían que sufrir el duro trabajo del campo. Y así, nuestro Iván, hijo del barón Raschenko y su amada esposa, descubrió a muy temprana edad que poseía un raro talento para la música. A los ocho años era capaz de deleitar a los espíritus más exigentes con las notas arrancadas de su clavicémbalo, pues era en verdad un maravilloso espectáculo admirar su extraordinaria belleza acompañada de tan soberbia melodía. El día de su vigésimo cumpleaños su madre, que adoraba escuchar su música, le regaló un violín. Mas no era un violín cualquiera. Construido con la madera oscura de los cipreses del cementerio, era capaz de alcanzar notas desconocidas y su música era como un lamento, dulce y melancólico, que hablaba de cuanto se pierde y olvida a lo largo de nuestra breve existencia.
Y así el joven se convirtió en un virtuoso del instrumento. Y eran tan magníficas las melodías que creaba con él que incluso su belleza parecía aumentar día a día y llegó a decirse en el pueblo que el violín era un objeto mágico e Iván un poderoso hechicero capaz de derrotar a la mismísima muerte con tan solo el influjo de su melodía.
Y ocurrió que la propia muerte escuchó la historia y decidió acercarse un día al castillo. Para poner a prueba al supuesto mago ejerció su funesta influencia, enfermando a la baronesa y aguardó, oculta en las sombras de su alcoba, a que Iván se acercara al lecho de la moribunda.
No hubo de esperar mucho tiempo, ya que el joven, al saber de la súbita indisposición de su madre, corrió a su lado y, colocando amorosamente el violín bajo su mentón, comenzó a tocar una triste melodía, sabiendo que sin duda la música aliviaría el padecimiento de la enferma.
Escuchó atentamente la muerte desde su oscuro rincón y vio que en verdad aquella composición poseía una extraña habilidad. Sin saber cuál era el origen del sortilegio, advirtió que la melodía disminuía su influencia sobre la moribunda y la belleza del joven le hacía olvidarse casi de su propia misión, y por ello decidió eliminar aquella amenaza, pues consideró que resultaba antinatural que existiera un poder como aquel en la naturaleza, ya que todo cuanto nace ha de morir alguna vez. Y así, ofendida por aquella anomalía, maldijo al joven Iván y su maravilloso violín revirtiendo su don de tal forma que, cada vez que sonara una sola de sus notas, la muerte acudiría a su lado y arrebataría la vida de aquel que estuviera escuchando, empezando por la baronesa, que al oír la última nota, exhaló su último aliento y expiró en paz.
Al conocer la maldición de la que había sido objeto, el propio Iván abandonó el castillo sin llevarse consigo más que las vestiduras que lucía en ese momento y su mágico violín, y nadie más volvió a verlo. Aún así, se dice que de vez en cuando suena en los alrededores del viejo cementerio una dulce melodía y que aquel que la escucha sabe que está en realidad escuchando el anuncio de su propia muerte.”
Así le habló aquella aciaga noche la anciana Jordanka a su joven nieto, que la escuchaba con el corazón encogido, pues su propia madre, Elisabeta, agonizaba en la pequeña habitación junto a la cocina. Pero la breve narración no confortó su alma, pues no era capaz de comprender porqué la muerte habría de querer llevarse a un ser tan bueno y amable como era su madre.
Y sin embargo, una mañana de invierno, al ver que el fuego de la chimenea se había extinguido y que de los troncos calcinados sólo surgía un humo blanquecino, el pequeño Valko supo que Elisabeta había muerto.
Largo tiempo lloró el niño a su dulce madre, y durante los años que transcurrieron hasta su madurez, desarrolló la insana costumbre de vagar al atardecer por el viejo cementerio, atento siempre a escuchar una leve nota de un mágico violín. La suerte, sin embargo, veleidosa y errante, tuvo a bien sonreírle y así Valko no solo se convirtió en un joven de admirable belleza, sino que además logró entrar al servicio de un importante notario que se ocupó de enseñarle a leer y a escribir, así como todas las leyes que regían la ciudad, y pronto el muchacho destacó también por su brillante inteligencia. Seguía empero habitando su vieja casa, aquella en la que su madre había fallecido, en la cual su anciana abuela le aguardaba cada día con un plato de abundante comida que el muchacho disfrutaba mientras la mujer desgranaba alguna de sus historias.
Tenía el notario Pavel abundantes riquezas, además de una amable y dulce esposa y una hija bellísima de la que su joven ayudante no tardó en enamorarse. Ekaterina era su nombre y desde el mismo momento en que Valko la viera, no había podido olvidarla. Poseía la muchacha unos cabellos dorados como el trigo y unos ojos azules y brillantes como el cielo de verano. Su piel era blanca y sedosa como la primera nieve del invierno y su voz dulce y afinada como la de un pajarillo cantor. Todo en ella era dulzura y serenidad y parecía haber sido creada para él, así como el joven, todo fuerza carácter, parecía haber sido creado para ella.
Deseando ofrecerle únicamente lo mejor, Valko se dedicó a los casos legales más complejos, aquellos que su protector y maestro rechazaba, y así aumentaron su fama y su dinero de tal forma que la idea de casarse con su amada dejó de ser un mero sueño para convertirse en una realidad.
Y durante todo ese tiempo en el que se mantuvo ocupado labrándose un porvenir, Valko abandonó su costumbre de vagar por el cementerio en busca del violinista maldito, y la abuela, conocedora de ello, se abstuvo de recordarle el cuento que tanto le impresionara en su infancia, pues consideraba que una obsesión tan insana solo le traería desdicha y aflicción.
Los esponsales entre Valko y Ekaterina fueron fastuosos. Toda la ciudad celebró el enlace, pues ambos eran queridos entre las sencillas gentes, y pronto la pareja se vio bendecida con la llegada de un hijo.
Y aunque Valko debería haber sido feliz, la noticia de su futura paternidad despertó en él un temor que hacía tiempo había sido desterrado. Y es que Ekaterina, de naturaleza delicada, parecía aún más pálida y frágil a los ojos de su atribulado esposo. Y por ello el joven, temiendo un fatal desenlace llegado el día del alumbramiento, retomó su costumbre de deambular por el cementerio al atardecer, en busca del aciago violinista.
Y así, el día en que Ekaterina sintió la llegada de su pequeño, Valko se dirigió nuevamente al camposanto y deambuló entre las viejas lápidas. Y sus pies le llevaron, sin que se apercibiera de ello, hasta la tumba en la cual reposaba su madre. Sentóse con la espalda apoyada en la fría y mohosa piedra sin saber muy bien qué debía esperar cuando, de pronto, le pareció escuchar una leve melodía. Era lánguida, triste como la propia muerte, y parecía brotar de la tierra misma. Un buen rato sonó la música, y todo el tiempo Valko buscó infructuosamente por entre las tumbas al misterioso violinista.
Al salir la luna, la música cesó y el joven corrió a su casa, donde la bella Ekaterina le aguardaba, cansada pero radiante de felicidad con el pequeño Illya entre los brazos. Mas su alegría se vio empañada por el anuncio de la muerte del notario, acontecida esa misma tarde, al caerse del caballo en el que galopaba rumbo a la casa del joven matrimonio. Y al preguntar, Valko supo que su maestro había muerto en el mismo momento en que escuchara el funesto violín y aquello reforzó aún más su antigua obsesión.
Mucho le suplicó su abuela por que se mantuviera junto a su esposa, mas el joven reemprendió sus paseos nocturnos en busca del violinista, en su convencimiento de que podría atraparle, quizás arrebatarle el violín y detener así las muertes en la ciudad, pues el fallecimiento del notario le había afectado profundamente.
La abuela Jordanka mantuvo en secreto aquellas excursiones, pues temía preocupar a la joven esposa, mas Ekaterina, que le escuchaba salir de la casa a hurtadillas noche tras noche, temiendo alguna infidelidad, le siguió un día, oculta entre las sombras, y le vio adentrarse entre las grisáceas lápidas, a la luz de la luna, para detenerse un instante bajo las ramas de un viejo ciprés.
Escuchó de pronto Valko una música dulce y melancólica, como un lamento que surgiera de un corazón roto y, asustado aunque decidido, se encaminó hacia el origen de la triste melodía.
Se encontró entonces frente a un antiguo mausoleo sobre cuyo tejado inclinado y cubierto de maleza, se erguía una oscura silueta que se cimbreaba al ritmo de la tonada de un quejumbroso violín. Parecía el músico mirar desde su rostro hecho de sombras con unos ojos que brillaban como ascuas, y Valko sintió que con cada nota que brotaba de entre las prodigiosas cuerdas se le arrancaba un latido de su propio corazón. Un aliento frío se apoderó de sus miembros y el vacío más absoluto llenó su alma, como si algo le arrebatara lentamente la vida.
Y de pronto escuchó un leve grito a su espalda y se volvió a tiempo de ver a su amada Ekaterina, con sus dorados cabellos agitados por una leve brisa, el camisón níveo brillando como un rayo de luna y las mejillas desprovistas de todo color, cayendo sobre la hierba del cementerio, pues el violinista le había robado la vida.
Sin duda esta nueva muerte de aquella a quien más amaba, trastornó profundamente su alma, pues Valko decidió al punto emplear toda su fortuna en hallar a alguien que pudiera hablarle del mágico violín.
Consultó a magos, hechiceras y sabios, pero fue al fin la abuela Jordanka la que, con el corazón destrozado por la pena y el remordimiento, le desveló el resto de la historia.
“Era apenas una niña cuando un sacerdote me contó que el hermoso Iván no es sino un pobre esclavo del embrujado violín. Es el instrumento el que, usando los diestros dedos del músico, arrebata las vidas de aquellos que le escuchan. Mas si la melodía fuera tocada al revés, el violín se vería obligado a liberar las almas que atesora en el interior de su caja. Quizás, hijo mío, si logras hallar una vez más al violinista, éste pueda devolverte a tu amada Ekaterina. Sin embargo, esto te digo: he vivido mucho tiempo y he visto tanta felicidad como amargura. Este camino que deseas emprender no ha de conducirte a un buen fin. Tienes aún una larga vida por delante. Vívela junto a tu hijo y aquellos que te queremos, pues podrías perderlo todo y no recuperar nada en esta aciaga aventura tuya.”
Debió escucharla, sin duda, el joven Valko, pues si algo había adquirido la abuela Jordanka, era la sabiduría profunda que otorga una vida de penalidades. Sin embargo, era tal el dolor que atenazaba su corazón, que ese mismo día tomó cuanto le era imprescindible y partió en busca de cualquier pista que le condujera hasta el malhadado violinista.
Pasaron los años y el joven Valko se convirtió en un anciano cuya única obsesión era el desdichado Iván y su infausto violín mas, cada vez que creía estar en el buen camino, cada vez que creía seguir una buena pista, volvía a hallarse en un punto muerto. En alguna ocasión, en viejos cementerios y templos olvidados, creyó escuchar la triste melodía, pero siempre que llegaba a la zona en la que hallar debía al oscuro Iván, éste parecía haberse esfumado entre las sombras, dejando una muerte más en el pueblo vecino.
Y llegó el día en el que el anciano Valko sintió que ya no podría continuar viajando. Su riqueza se había esfumado tiempo atrás y vagaba por los caminos viviendo de la caridad de los extraños. La energía de su juventud había también desaparecido y cada nuevo paso le producía un profundo dolor en cada uno de sus huesos.
Y así, un nuevo anhelo nació en su corazón: volver a su casa, conocer al hijo al que hubiera abandonado en su cuna, reencontrarse con la abuela Jordanka y cuantos amigos había dejado atrás, y por ello emprendió el que deseaba que fuera su último viaje, el viaje a su antiguo hogar.
Llegó meses después y corrió a la casa que hubiera compartido con su madre y su abuela. Al llegar, contempló con asombro su propio reflejo en el cristal de una ventana y vio en él a un anciano con la piel pegada a los huesos, larga barba descuidada y cabellos blancos como la nieve. Nada quedaba ya de su juventud y fuerza antañas.
Su casa estaba cubierta de maleza seca, la chimenea hacía tiempo que no se encendía y el polvo y las telarañas cubrían el desolado interior.
Se encaminó hacia la ciudad y allí descubrió que la abuela Jordanka había muerto poco después de su partida y reposaba en el viejo cementerio, junto a Elisabeta y Ekaterina. Su hijo, Illya, se había criado en el convencimiento de que su padre le había abandonado y varios años atrás había abandonado la ciudad. Sus amigos habían muerto o habían emigrado, y no quedaba nadie en el lugar que pudiera reconocerle.
Sabiendo pues que no le quedaba ya nada por lo que permanecer allí, acudió al único lugar en el que podría sentir familiaridad.
Anduvo con paso cansado hasta el cementerio y, sentándose bajo el ciprés que custodiaba las tumbas de sus seres amados, aguardó a la puesta de sol.
Debió quedarse dormido en algún momento, pues despertó al cabo de un buen rato con la espalda dolorida y los miembros entumecidos. A sus oídos llegó una dulce melodía y, al volver los ojos hacia lo alto, vio sobre el tejado del mausoleo una silueta que ya conocía. El esbelto violinista se cimbreaba al compás de su música, observándole con sus ojos fulgurantes desde el rostro hecho de sombras.
Se incorporó Valko con dificultad y se acercó a él sin que sus miradas se desviaran un instante.
—Una vez más me encuentro ante ti, viejo amigo. Largo tiempo te he seguido y largo tiempo me has esquivado. Dime, nefasto Iván, ¿Podrás devolverme, aunque solo sea por un instante a aquellas a quien un día amé? ¿Harías esto por aquel que ha pasado la vida entera buscándote?
Detuvo su melodía el violinista y bajando el instrumento le observó con la cabeza levemente inclinada. Fueron disipándose de su figura las sombras y Valko se encontró ante un joven de insólita belleza que le contemplaba con compasión. Y Valko comprendió al fin lo absurda que había sido su larga expedición.
—Qué estúpido he sido, amigo mío. He malgastado mi vida en pos de un imposible, ¿no es cierto? ¿A qué buscar a aquel que vendría a mí llegado el momento? Sin duda debería haber permanecido entre los míos, viendo crecer a mi hijo bienamado y compartiendo los últimos momentos de mi anciana abuela, pues al querer evitar aquello que es ineludible, hace tiempo que me he perdido a mí mismo.
Tampoco esta vez obtuvo más que silencio, pero en el rostro del bello Iván las cejas se arquearon en un gesto de asentimiento y una leve sonrisa curvó sus perfectos labios.
—Toca para mí una vez más tu melodía, buen violinista, pues estoy cansado de mi propia vida. Toca y súmeme en tu profundo sueño. A eso he venido hoy—. Le rogó Valko con las lágrimas surcando sus ajadas mejillas.
Y el bello Iván colocó su mágico violín bajo su mentón y comenzó a tocar la más bella de las tonadas, pues esta hablaba no de la pérdida y el olvido, sino del reencuentro largo tiempo anhelado, del amor y de la entrega. Y con cada nota que brotaba del maravilloso instrumento, el corazón de Valko se veía más y más colmado y el amor más profundo y el agradecimiento arraigaron en él. Y a su espalda escuchó una vez más la voz de aquella a la que más había amado, su bella Ekaterina, que le llamaba con su blanco camisón brillando como un rayo de luna y sus finos cabellos ondeando en la brisa como una cascada de oro. Y en ese preciso momento, mientras la vida se le escapaba, entre los brazos de su esposa Valko volvió a ser joven una vez más y supo que su largo viaje al fin había concluído.
El cáliz de sangre
La noche en que Dragomir nació la luna teñía de plata la nevada cumbre del monte Vitosha, sendas estrellas surcaron veloces la negra bóveda celeste y una pequeña roca incandescente se desprendió de un cometa en su camino hacia el sol, cayendo cerca de la fachada este de la vieja iglesia de San Jorge.