Cuando decidí escribir una novela que se publicaría diariamente en WordPress me enfrenté a la duda de qué formato sería más adecuado.
Un diario es la forma más cómoda de actualizar un relato día a día. Podía comenzar usando la fecha real moderna, 20 de marzo, pero retrocediendo algo más de cien años. Así, escribiría el 20 de marzo de 2010 lo que estaría ocurriendo el 20 de marzo de 1891, estableciendo una romántica sincronicidad en la cual podríamos acompañar, como viajeros en el tiempo, a un expedicionario del siglo XIX.
La idea del paralelismo me seducía y me parecía que así sería fácil trasladar a mis lectores al siniestro universo que rodearía a nuestro Hirst.
Pero no solo esto, sino que, además, el siglo XIX es una época interesantísima en la que el Imperio Británico poseía tierras en prácticamente todos los continentes y, probablemente por ello, es la época de las grandes expediciones. David Livingstone descubrió las cataratas Victoria y partió en busca de las fuentes del Nilo. Joseph Conrad viajó al Congo y escribió, a partir de su experiencia, El Corazón de las Tinieblas; Herman Melville se inspiró en sus vivencias como marino para escribir sus primeras novelas. También es la época de Lawrence de Arabia y de Julio Verne, que nos hizo viajar al centro de la tierra, hasta la misma luna o a veinte mil leguas de profundidad en el océano.
Un viaje siempre es un hecho iniciático, un hito en la vida de un personaje que le hace abandonar la comodidad de su hogar para encontrarse con otras personas y otras experiencias que, indudablemente, operarán algún cambio importante en la vida del viajero. Es un momento en el que se producen cambios de paradigma importantes, momentos de madurez, de descubrimiento personal, de desarrollo.
Así pues, Edward Hirst, mi protagonista, debía tener una edad que le permitiera mantener algo del idealismo de la juventud, pero también que le ayudara a asimilar las experiencias que iba a vivir. En definitiva: no podía ser un adolescente, pero tampoco un cuarentón. Además, el hecho de ser un artista y no un científico, sin duda le daría un empaque romántico y un carácter resistente al daño moral que podría sufrir un científico o un hombre racional al enfrentarse con el horror que se esconde en el pantano. Y también tenía que ser capaz de experimentar el amor más apasionado.
Que Edward Hirst fuera un viajero me daba la oportunidad de usar el motivo del viaje como huída de los problemas y como escalón en el que debería apoyarse para encontrar su destino, el lugar en el que debería permanecer atado por su corazón. De esta forma, nuestro Edward se perfilaba como un personaje complejo: Racional por sus experiencias, fuerte por su necesidad de sobrevivir en sus expediciones, idealista por su carácter artístico y sus ansias de libertad…
Los viajeros del siglo XIX (ya desde el siglo XIV, de hecho), escribían diarios y cuadernos de campo llenos de ilustraciones, anotaciones, sensaciones, e incluso especímenes (hojas, flores…) por lo que no sería de extrañar que nuestro artista, además de pintar, escribiera un diario que le permitiera evocar sus experiencias. ¡En esa época había tanto por descubrir!
Ahora bien, una obra de estas características resulta extremadamente compleja, ya que debía documentarme acerca de cuestiones tan mundanas como el menú de un trasatlántico o de una mansión de Luisiana pues, a falta de anécdotas tan interesantes como un asesinato, Hirst sin duda escribiría acerca de sus aconteceres diarios.
Así que me puse en marcha. Investigué acerca de la Inglaterra de la década final del siglo XIX (1891) y acerca de Luisiana, busqué el paraje adecuado, y recabé información acerca de la London & North Western Railway, la White Star Line, la Anchor Line, donde en algunos casos me facilitaron menús de a bordo, inventarios de provisiones y fotos de la época. Las oficinas de inmigración en Nueva York, la St. Louis Railroad y la Nickel Plate Road, San Luis en 1890 y las ciudades del Misisipi me ocuparon cerca de un mes. Continué con la flora y la fauna, la medicina, las tradiciones y supersticiones y, por supuesto, la moda y la historia de la Guerra Civil americana.
Todo ello me hizo llenar mi propio cuaderno de viaje sin apenas moverme de casa.
Toda esta información me proporcionó lo que nuestro personaje llamaría mood. El tono. El estado de ánimo.
Ya estaba preparada para comenzar a escribir. Ahora bien, llegaba la parte complicada de la tarea.
Escribir el diario de Hirst exigía que cada día me pusiera en la piel del personaje. De esta forma, tenía que olvidarme de cuanto sabía (todo) del misterio de White Creek y relatar tan solo lo que Hirst podía saber (nada al principio).
La novela tiene, a mi forma de ver, tres tonos diferentes.
El diario comienza con el viaje en sí mismo. Se nos presenta al personaje como un joven idealista, con ansias de libertad, que decide salir de su ciudad precipitadamente cuando la fuerza del compromiso cae sobre él.
El viaje es relativamente placentero, sin sobresaltos. Por lo tanto, debía contar lo que acontece en un viaje de estas características: los espacios, el pasaje, las comidas y pasatiempos… La vida a bordo puede ser demasiado tranquila si tienes un pasaje en primera clase. Es el momento de las frases descriptivas, de hablar acerca de lo que está fuera de uno mismo, y la joven señora Doyle es la excusa perfecta.
Menú del Teutonic para pasajeros de segunda clase, en 1907
Sala de fumadores del Teutonic, el barco que llevó a Edward Hirst a los Estados Unidos
El segundo tono empieza cuando Hirst comienza a intuir que algo terrible les acecha, pero aún no comprende el alcance del horror del pantano. Así, debía ir sumergiendo al lector en el misterio a pinceladas, sin contar demasiado, pero manteniendo la expectación. Es el momento de las frases emocionales y de pensamiento.
Aserradero. Así sería el aserradero de los Hawkins. ¡Esas grandes sierras provocaron más de un accidente!
Finalmente, llega la resolución. Hirst cree comprender lo que ocurre en el bayou y debe tomar una decisión al respecto. Es el momento de los verbos de acción, y de las primeras revelaciones.
Imagen del pantano. Parece fácil perderse en él en una noche de tormenta, ¿verdad?
Mantener el interés del lector en una novela de estas características puede hacerse de dos formas: usando lo que he dado en llamar momentos chanchan, que son esos en los que sucede algo inesperado que queda interrumpido hasta la entrada siguiente (muy típico de las series norteamericanas y determinadas novelas). Estos momentos deben usarse con prudencia, pues un exceso de ellos produce los llamados “golpes de mano”, que son giros poco lógicos para reconducir una narración que empieza a escaparse de nuestro control, en la que suceden cosas “porque lo digo yo”, deus ex machina y que son ilógicas a la coherencia interna de la historia.
La otra forma consiste en combinar estos momentos con otros en los que hacemos pensar al propio lector. Compincharnos con su inteligencia es una de las mejores formas de motivación, pues les hacemos partícipes de la historia, les hacemos no solo leer desde la distancia, sino identificarse con los personajes. Por desgracia, esto es realmente complicado, ya que debemos crear personajes coherentes y reales que reaccionarán no como súper héroes, sino como cualquier persona de las que nos rodean, con sus fortalezas y sus debilidades. Y esto significa que pueden fracasar. Y morir. Pero desde luego, resulta la lectura más gratificante e intensa.
Así pues, desde el 20 de marzo y hasta el dos de julio, cada día me metía un ratito en la piel de Hirst, sintiendo sus emociones, viviendo sus experiencias y poniéndolas por escrito para todo aquel que quisiera leerlas.
Mi relación , por lo tanto, con la historia y sus personajes, es extremadamente emocional. Soy parte de ellos y ellos son parte de mí. Cada día me enfrentaba al reto de comprender qué pensaría Hirst, qué haría, qué sabría y cómo saldría de sus atolladeros. Con él amé profundamente, sufrí y temí, conocí la lealtad inquebrantable y el misterio más insondable.
Esta es mi primera novela, y ha sido una experiencia inolvidable. Tan solo me queda esperar que para vosotros sea tan especial leerla como para mí ha sido escribirla.
Por supuesto, como digo al final de mis entradas: sois libres de hacerme llegar vuestros comentarios. Me gustaría conocer vuestras opiniones y experiencias, así que os invito a exponerlas aquí. ¿Quereis saber algo más acerca de la novela? ¿Os intriga alguno de sus misterios? ¿Quereis saber más acerca de alguno de los personajes? ¡Preguntadme! Prometo leeros y responderos.
Un beso inspirador para cada uno de mis visitantes


