Esta noche celebraremos la Nochebuena rodeados de nuestros familiares. Será un banquete en el que probablemente todos vestiremos nuestras mejores galas, escucharemos villancicos, degustaremos platos que no acostumbramos comer el resto del año y, finalmente, recogeremos nuestros regalos al pie del árbol de Navidad, donde los habrá dejado Santa Claus.
Pero… ¿Sabemos por qué celebramos esta festividad?
Muchos diréis que celebramos el nacimiento de Jesucristo. Para los cristianos es así. Pero para descubrir el origen de esta festividad debemos remontarnos un poquito más en la historia.
En realidad por estas fechas antes de la llegada del cristianismo en muchos países se celebraba el solsticio de invierno. ¿Que por qué era tan importante como para celebrarlo? Imagináos una época en la que la rutina de los hombres viene marcada por las horas del sol, en las que no existe alumbrado en las calles ni en las casas, salvo por las velas y el fuego del hogar, una época en la que de noche no hay nada que hacer salvo dormir.
Pues bien, el solsticio de invierno marca el fin de la tendencia de los días a acortarse. A partir de entonces hay cada día más minutos de sol, hasta la llegada del verano, durante el cual los días son más largos y las noches, lógicamente, más cortas.
Por ello esta fecha es una celebración dedicada al dios sol, que representa también la regeneración, la vuelta a la vida.
El Natalis Solis Invictis en Roma se celebraba en honor al dios Mitra justo después de las festividades de la Saturnalia, el 25 de diciembre. Al finalizar las Saturnalia, los niños recibían regalos de sus mayores. ¿Os suena?
El primer banquete para celebrar la Navidad cristiana aparece en el siglo IV d. C aunque no es hasta el siglo siguiente que queda oficialmente ordenada en el calendario cristiano.
Por otro lado, en los países nórdicos se celebraba la festividad de Yule. Era esta una fiesta familiar en la que se celebraba un banquete y se recordaba a los que ya no estaban presentes. Se decoraban las casas con muérdago, se encendía el leño de Yule, del año anterior, que era prendido durante 12 horas y cuyas cenizas eran después esparcidas por el campo para fertilizarlo, se mantenía la vigilia hasta el amanecer, el momento del nacimiento del sol…
En otros países se celebraban otras fiestas, como el inti Raymi o el Wexipantu, en Perú, Bolivia y Chile, el Maruaroa en Nueva Zelanda, la fiesta en honor a la diosa Amateratsu en Japón…
¿Y qué hay de los regalos?
Muchas de estas fiestas presentan como parte del rito una entrega de obsequios. En Escocia, por ejemplo, tras la medianoche del fin de año una persona amiga cruzaba el umbral de la casa y entregaba unos regalos simbólicos, como sal, una especie de pastel tradicional, carbón, una bebida espirituosa… Los primeros alemanes, por su parte, celebraban a una diosa del hogar que dejaría regalos en los zapatos de los habitantes. En las Saturnalia, como hemos mencionado, los niños recibían regalos de sus mayores. Como veis, aún no se habla de Papá Noel, o de Santa Claus, que no aparece con ese nombre hasta el siglo XIX, en un poema de Washington Irving (el mismo que escribió la Leyenda de Sleepy Hollow). Años después, en 1823, Clarke Moore escribió otro poema recobrando a Santa Claus. Sin embargo, este Santa es enano y delgado, aunque ya entrega regalos a los niños y viaja en un trineo tirado por 9 renos. A lo largo de este siglo se fue construyendo el resto del mito, su origen se estableció en el Polo Norte o zonas cercanas (Finlandia, Laponia…) y se convirtió en un anciano bonachón, orondo y con largas barbas blancas, aunque vistía de blanco y oro. A principios del siglo XX (1902) se explicó cómo logró conquistar su título de santo y cómo consiguió la inmortalidad. Sus vestimentas en ese momento eran verdes y finalmente se convirtieron en rojas y blancas, las que conocemos hoy, aunque no fue por encargo de Coca-Cola, pese a la leyenda popular, ya que estos colores aparecían de vez en cuando en la figura original del santo en el que se basó nuestro popular gordinflón, San Nicolás de Bari (280 d. C.). El famoso refresco popularizó la imagen de Santa Claus actual, pero no fue quien le dio origen.
Otra historia acerca de los regalos navideños tiene que ver con una mujer muy interesante: Leonor de Aquitania.
Leonor de Aquitania nació en Poitiers en 1122 y se desposó a los 15 años con el rey de Francia, Luis VII. Mujer de gran belleza y carácter, acudió a la segunda cruzada pese a la oposición de su esposo. Las peleas matrimoniales comenzaron pronto, y debieron de llegar a tal punto que el papa intervino tratando de reconciliar a la pareja. Por aquel entonces Leonor conoció a Enrique II de Inglaterra. El enamoramiento de ambos fue tan apasionado que lograron disolver el matrimonio de Leonor alegando razones de consanguineidad y el monarca inglés la tomó como esposa ese mismo año, dando lugar al imperio angevino al unir las tierras de Inglaterra, Gales, Anjou, Maine y Normandía con Aquitania y Gascuña (o Guyena).
Durante sus años de matrimonio Leonor dio a luz a ocho vástagos (con el rey francés había tenido dos hijas, María de Champaña que reuniría en su corte grandes trovadores como Chrétien de Troyes, el primero en escribir acerca del Rey Arturo en sus “Cuentos del Grial”, y Alix): Guillermo, Enrique, Matilde, Ricardo (Corazón de León), Godofredo, Leonor, Juana y Juan (Sin Tierra, el malvado tirano de la leyenda de Robin Hood), pero según se dice una presunta infidelidad de Ricardo marcó el fin de la felicidad conyugal. Leonor se retiró a sus tierras en Francia, concretamente a Poitiers, donde se convirtió en mecenas de numerosos trovadores e inspiró la rebelión de sus hijos contra su esposo Enrique.
Parece, sin embargo, que la familia se reunía en Navidad y Leonor entonces hacía entrega de presentes a sus hijos, por lo que algunos historiadores consideran que este es el inicio de la tradición de hacer regalos por Navidad. Cierto o no, la historia es interesante y nos retrotrae a una época inundada por las nieblas de la magia y el misterio.
Existen dos versiones cinematográficas basadas en una obra de teatro, El León en Invierno de James Goldman, que recogen lo que podría haber ocurrido durante una de estas Cortes de Navidad entre Enrique y Leonor (estando ella presa ya en el castillo de Chinon por su traición al conspirar contra el rey).
La primera de ellas, de 1968 está protagonizada por unos magníficos Katherine Hepburn (Leonor), Peter O´Toole (Ricardo) y Anthony Hopkins (Ricardo corazón de León).
En la segunda, de 2003, encabeza el reparto una soberbia Glenn Close (Leonor), Patrick Stewart como Enrique y Jonathan Rhys Meyers como el rey francés Felipe II.
Este año, en lugar de ver las típicas películas, podríais ver el León en Invierno, al fin y al cabo, su acción transcurre en Navidad. ¡Os la recomiendo!
Y si queréis, podéis contarnos cómo celebráis vosotros la Navidad.
Para todos mis fieles lectores y también para los ocasionales:
¡Feliz Navidad!
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